Capítulo 1.

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Subió el volumen a la música y aumentó la velocidad del auto. Los acordes de Don't speak de No doubt le producían más lágrimas, pero necesitaba eso, quería sacar todo el dolor que tenía aglomerado en el pecho.

Las decenas de «te lo dije» que su madre y Jimena, su socia y amiga, le apuntaron antes de marcharse, aún la atormentaban. Estaba cansada de que le recordaran lo ciega que había sido. Tal vez, nunca lo fue, quizás, siempre supo lo que sucedería de un momento a otro; pero ahora, no quería pensar en eso. Era urgente olvidar.

Estaba convencida de que su mayor error, fue ser una mujer confiada. El matrimonio no era un contrato indisoluble, no existía el «amor eterno», mucho menos, el «felices por siempre». Sin embargo, se aferró a esos conceptos para subsistir. La incertidumbre, le producía vértigo.

En el instante en que la cantante gritaba, en perfecto inglés, la frase: «No necesito tus razones. No me cuentes, porque me duele», salía de la ruta 61 y tomaba la Pedersen, para llegar a la costa de Lutsen, un lugar ubicado a escasos metros de la orilla norte del Lago Superior, en el condado de Cook en Minnesota.

La última acción condescendiente que su amiga hizo por ella, fue conseguirle un refugio apartado de la humanidad, para que pudiera expulsar toda su pena. Si quería seguir adelante, primero, debía cicatrizar las profundas heridas que la traición le dejó.

Comenzó a internarse por el camino de grava que daba acceso a la cabaña vacacional de los Kerrigan, mientras Alicia Keys interpretaba la melancólica Why Do I Feel So Sad; parecía repetirle: «Ya debería saber. Que con el tiempo, las cosas cambian». Apagó con un golpe el equipo de música, se enjugó las lágrimas con la manga de su jersey y estacionó el auto frente a una hermosa casa de madera, con techo a dos aguas, y rodeada de altos cedros y maleza.

Oscurecía, y las sombras ocultaban, a medias, el abandono al que había sido sometida la vivienda. Jimena le advirtió que los Kerrigan no visitaban la cabaña desde hacía dos años, después de la muerte de su único hijo. A ella no le importaba el estado de la casa, lo único que quería era un lugar solitario donde esconderse, para llorar en libertad, sin que nadie le reprochara su actitud.

Se quedó por un tiempo indeterminado allí, sentada en el vehículo, admirando la polvorienta vivienda. Cúmulos de hojas muertas cubrían la terraza y las ventanas habían sido tapadas con gruesas cortinas floridas.

Respiró hondo, muy hondo, y peinó con los dedos sus cabellos rubios, que le caían en cascada sobre los hombros. Se sintió idiota. ¿Qué importaba cómo estaba su apariencia? Las únicas que la verían serían las arañas. Finalmente, tomó su bolso y la pequeña maleta que había lanzado en la parte trasera del auto. Sacó la linterna y salió del vehículo.

Caminó abatida, con la mirada clavada en las baldosas de piedra del pasillo de entrada. A su derecha, el lago Gitchi Gummi reflejaba el brillo de una redonda luna y hacía romper sus diminutas olas en las rocas que bordeaban la orilla.

Con el juego de llaves que su amiga le entregó, abrió la puerta principal, que chirrió al ser utilizada después de tanto tiempo. Adentro, el olor a humedad y polvo le hizo picar la nariz, el sonido del viento hacía crujir las maderas y por las rendijas que dejaban las cortinas se colaban siniestras sombras, que simulaban garras o rostros deformados, producidas por las ramas de los árboles. Cualquier mortal estaría aterrado al entrar en ese lugar, pero el sufrimiento que sentía Debby, le impedía asimilar la desidia que la rodeaba.

Cerró la puerta y atravesó con lentitud, alumbrada por la luz de la linterna, la sala de estar, la cocina y el comedor, para sumergirse por el oscuro pasillo que la llevaba a las habitaciones. Halló tres puertas, una de ellas le fue imposible abrir, la otra, estaba abarrotada de objetos y suciedad; la tercera, en cambio, se notaba más limpia, tenía algunos lugares libre de polvo y telarañas, y la cama, contaba con sábanas limpias. Sobre la mesita de noche, una lámpara de aceite descansaba junto a una caja de cerillas. Dejó caer su bolso y la maleta en el suelo, encendió con dificultad la lámpara y se recostó en la cama, a llorar.

Lloró por horas. Con las imágenes de su desgracia girando como un carrusel en su mente.

Allí se quedó el resto de la noche, hasta que las lágrimas y el aceite se secaron, y la oscuridad la sumió en un profundo sueño.

Los secretos del corazón (Borrador completo)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora