CAPÍTULO 3

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Alice Longbottom siempre había sentido debilidad por las cosas viejas o rotas. Sin embargo, aquella tarde, mientras terminaba el café, un latigazo sacudió su mente, y la taza se le escapó de entre las manos. El suelo se llenó de pequeñas y uniformes porciones de cerámica. No sintió amor por ella, sino miedo y oscuridad.

Alice se apoyó en el respaldo de la silla, y se llevó la mano libre al pecho. El latigazo había recorrido su torso y asfixiado su corazón.

—¡Frank! —exclamó, asustada.

La visión era demasiado nítida para no ser verdad. Alice apenas podía respirar. La oscuridad había capturado a Frank. Las lágrimas se escaparon de sus ojos. Corrió hasta la habitación de Neville. Como solía ser habitual, el bebé dormía ajeno a todo lo que sucedía en el Mundo Mágico. Fue entonces cuando la opresión del pecho de Alice menguó levemente.

Algo interrumpió el intento de Alice Longbottom de conectar con la mente de su marido. Agarró su varita de madera de roble y pelo de unicornio, y observó a la ventana de la habitación de Neville. Un poder mágico extraordinario se acercaba hacia su hogar. Ella podía percibirlo. Con la varita en alto, Alice se interpuso entre Neville y la ventana. No permitiría que nada ni nadie dañara a su bebé.

Un haz de luz blanca y cegadora atravesó la ventana. La habitación brilló durante unos segundos. Cuando Alice recuperó la visión vio la silueta de un fénix que la miraba mientras permanecía sentado en mitad de la habitación. El fénix estaba compuesto por magia pura y bondadosa.

Sintiendo la seguridad de aquel hechizo, Alice bajó la varita y respiró aliviada. El Patronus de Albus Dumbledore esperaba. Solo tenía una misión, entregar un mensaje. Cuando Alice se acercó, la voz grave del director de Hogwarts salió del interior del fénix y llenó la habitación del pequeño Neville Longbottom.

—Alice... Frank no ha acudido a nuestra cita. Temo que no llegase al Traslador del bosque de Banstead —informó la voz del profesor Dumbledore—. Endurece la protección de tu hogar y permanece allí. Yo iré a buscar a Frank.

Cuando el mensaje terminó, el fénix abrió las alas y atravesó la ventana, dejando un rastro de magia blanca a su paso.

—¡Dumbledore! —llamó Alice, pero el encantamiento Patronus había desaparecido.

Su corazón latía a más pulsaciones por minuto de las que era capaz de contar. El encantamiento Patronus solo era la prueba de que todo era una pesadilla que sucedía en el mundo real.

Alice no se había percatado de que su bebé la observaba desde la cuna con ojos saltones. No decía nada, no hacía movimientos bruscos, simplemente miraba a su madre. Estiró sus dos bracitos con la intención de llegar a ella, pero no pudo. Fue entonces cuando comenzó a llorar.

—Neville... —murmuró ella, mientras cogía al bebé en brazos.

Alice comenzó a tararear una nana mientras balanceaba levemente al pequeño. Paseó por el pasillo de la casa mientras su cabeza daba vueltas. No podía obedecer las órdenes de Albus Dumbledore. Debía ir a buscar a Frank, aunque no podía dejar solo a Neville.

Cuando su hijo volvió a quedarse dormido en sus brazos, ella lo depositó suavemente en la cuna, agarró su varita y pronunció un hechizo.

¡Expecto Patronum!

De la varita emanó un fino velo azulado. La magia pronto tomó forma. Un pequeño tejón comenzó a dar vueltas por la estancia antes de comenzar a juguetear con la alfombra de algodón. Alice compartía Patronus con su marido, pero su animal era mucho más juguetón que el de Frank.

—Encuentra a Augusta —ordenó. El tejón cesó su juego, y escuchó a su creadora—. Frank ha sido capturado. Debe venir lo antes posible para quedarse con Neville. El tiempo se agota. No podemos demorarnos más.

Longbottom: La capturaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora