prólogo

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Picoteo la comida. Es el delicioso estofado de pollo de la señora Jones, pero no tengo hambre. Noto el

estómago hecho un nudo y convertido en una bola de nervios.

—¡Maldita sea, Ana! ¿Vas a decirme lo que te pasa? —Christian aparta su plato vacío, irritado. Yo solo le

miro—. Por favor. Me está volviendo loco verte así.

Trago saliva intentando reprimir el pánico que me atenaza la garganta. Inspiro hondo para calmarme. Es

ahora o nunca.

—Estoy embarazada.

Él se queda petrificado y lentamente el color va abandonando su cara.

—¿Qué? —susurra con la cara cenicienta.

—Estoy embarazada.

Arruga la frente por la incomprensión.

—¿Cómo?

¿Cómo que cómo? ¿Qué pregunta ridícula es esa? Me sonrojo y le dedico una mirada extrañada que dice:

«¿Y tú cómo crees?».

La expresión de su cara cambia inmediatamente y sus ojos se convierten en pedernal.

—¿Y la inyección? —gruñe.

Oh, mierda.

—¿Te has olvidado de ponerte la inyección?

Me quedo mirándole, incapaz de hablar. Joder, está furioso… muy furioso.

—¡Dios, Ana! —Golpea la mesa con el puño, lo que me sobresalta. Después se levanta de repente y está a

punto de tirar la silla—. Solo tenías que recordar una cosa, ¡una cosa! ¡Mierda! No me lo puedo creer, joder.

¿Cómo puedes ser tan estúpida?

¿Estúpida? Doy un respingo. Mierda. Quiero decirle que la inyección no ha funcionado, pero no encuentro

las palabras. Bajo la mirada a mi dedos.

—Lo siento —le susurro.

—¿Que lo sientes? ¡Joder!

—Sé que no es el mejor momento…

—¡El mejor momento! —grita—. Nos conocemos desde hace algo así como cinco putos minutos. Quería

enseñarte el mundo entero y ahora… ¡Joder! ¡Pañales, vómitos y mierda! —Cierra los ojos. Creo que está

intentando controlar su ira, pero obviamente pierde la batalla—. ¿Se te olvidó? Dímelo. ¿O lo has hecho a

propósito? —Sus ojos echan chispas y la furia emana de él como un campo de fuerza.

—No —susurro. No le puedo decir lo de Hannah porque la despediría.

—¡Pensaba que teníamos un acuerdo sobre eso! —grita.

—Lo sé. Lo teníamos. Lo siento.

Me ignora.

—Es precisamente por eso. Por esto me gusta el control. Para que la mierda no se cruce en mi camino y lo

joda todo.

No… mi pequeño Bip.

—Christian, por favor, no me grites. —Las lágrimas comienzan a caer por mi cara.

—No empieces con lágrimas ahora —me dice—. Joder. —Se pasa una mano por el pelo y se tira de él—.

¿Crees que estoy preparado para ser padre? —Se le quiebra la voz en una mezcla de rabia y pánico.

mi propia sombra¡Lee esta historia GRATIS!