—Neville... —murmuró Alice Longbottom, mientras agitaba en brazos a su bebé, en mitad de aquella noche aciaga, intentando que su frío llanto cesara—. Neville, solo son truenos —explicó con suavidad.
Pero Neville Longbottom no dejó de llorar durante varias horas. Solo cuando la gran tormenta que bañaba Little Whinging amainó, el pequeño se quedó dormido.
Alice continuó tarareando una hermosa canción mientras su bebé descansaba entre las mantas de una pequeña cuna blanca. La melodía conseguía que Neville mantuviese una respiración calmada. Cuando sus fuerzas se agotaron, Alice abandonó la estancia y regresó a su habitación.
—¿Por fin duerme? —preguntó Frank Longbottom, cuando su mujer entró en la cama y se acercó a él, buscando su calor.
—Ni siquiera los cuentos de Beedle el Bardo conseguían calmarle —informó Alice, apoyando su rostro en el pecho desnudo de Frank.
—Esa tormenta asustaría a cualquiera —murmuró él.
Sintió la sonrisa de su mujer entre la oscuridad. Besó su frente y, tras un pequeño suspiro, cerró los ojos.
Frank se encontraba cansado. Había tenido un largo y duro día. Su puesto de Auror en el Ministerio Británico de Magia, le obligaba a perseguir y capturar a todo aquel adorador de la magia oscura. Llevaba varios días siguiendo un chivatazo relacionado con Rodolphus Lestrange, un mortífago que había sobrevivido a la guerra mágica. Si lograba atraparlo con vida, le haría hablar, y él les conduciría hasta el paradero de la Bruja Negra.
Alice, por el contrario, tenía el permiso absoluto del Ministerio para cuidar a su hijo recién nacido. Frank le había cedido sus días de permiso para no tener que depender de ningún cuidador externo a la familia. Todavía corrían tiempos peligrosos y ellos lo sabían.
Agotado, Frank Longbottom intentó conciliar el sueño, pero no le resultó sencillo. El calor de Alice le reconfortaba y relajaba sus músculos, pero el problema no era su cuerpo, sino su mente.
—¿Qué ocurre? —preguntó Alice, sintiendo la preocupación de su marido como si fuera suya.
—La guerra es demasiado reciente —dijo Frank.
Abrazó a su mujer, acariciando su espalda desnuda. Las yemas de sus dedos rozaban la piel de Alice, formando círculos discontinuos.
—El Señor Oscuro se ha ido —afirmó Alice—. Tan solo son resquicios lo que queda de su poder. Es cuestión de tiempo que sus seguidores, que quedan con vida, sean atrapados.
Aquellas palabras no consiguieron convencer a Frank. Tampoco le tranquilizaron. Él tenía una información valiosa que su mujer no conocía. Había jurado no difundirla, ni siquiera a ella, pero ya no podía sostener más aquella carga. Frank siempre había compartido sus secretos con Alice.
—Alice... —llamó con delicadeza. Ella no dijo nada, pero se incorporó levemente. A pesar de la oscuridad de la habitación, él podía ver cómo los ojos de su mujer le observaban con preocupación—. Hay algo que debo contarte. Hace tres noches, cuando estaba terminando mi trabajo en el Ministerio de Magia, un Patronus con aspecto de fénix atravesó la ventana de mi despacho.
—Dumbledore... —dedujo Alice a los pocos segundos.
—Sí —confirmó Frank. Cogió aire, volvió a cerrar los ojos, y continuó—. Los Potter cayeron. Somos los siguientes. Él nos necesita.
La simple mención de los Potter hizo que las yemas de los dedos de Alice comenzaran a vibrar de manera incontrolable. Lily y James Potter habían sido asesinados hacía escasamente un mes por el mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos. Lord Voldemort había encontrado la casa de los Potter en Godric's Hollow, y utilizado la maldición letal contra ellos. Tan solo su hijo, el pequeño Harry, había sobrevivido a aquel ataque.
—La Orden del Fénix se disolvió —dijo Alice, con voz nerviosa.
Ella también había luchado en la guerra contra la oscuridad. Las imágenes de sus amigos caídos aún se encontraban en su cabeza. Podía sentir el horror. Todo era muy reciente, apenas habían transcurrido unos meses. Todavía era difícil distinguir amigo de enemigo.
—Dumbledore necesita algo que solo puede confiarnos a nosotros —insistió Frank, a pesar del temor que percibía en su mujer—. Voldemort...
—Voldemort fue destruido —interrumpió Alice con voz nerviosa.
No temía aquel nombre como muchos hacían. Temía la oscuridad que él había provocado en el mundo.
—Alice...
—El niño acabó con él —dijo Alice—. Ahora el Ministerio persigue a sus seguidores. No quedará ninguno en libertad. Azkaban será su tumba.
Frank acarició las mejillas de su mujer e intentó tranquilizarla. A. continuación, besó sus labios. La frescura y humedad de Alice inundó su boca. Su magia era poderosa cuando estaban juntos. Amaba a Alice por encima de todo. Daría toda su sangre por protegerla a ella y a Neville. Sin embargo, debía ser sincero, aunque para ello tuviera que infligir dolor en ella.
—El Patronus de Dumbledore me ha contado una verdad que permanece oculta para la mayor parte del mundo mágico. Lord Voldemort no cayó en Godric's Hollow. El niño que sobrevivió no consiguió destruirle.
El corazón de Alice pareció detenerse. Sus temores se revolvieron en su interior. Se hizo un ovillo junto a Frank. Su luz interior menguó. Se estremeció entre las sábanas. Frank la abrazó, la apretó contra él, y estabilizó sus miedos.
—Si no murió, ¿dónde está? —preguntó ella—. ¿Por qué no continuó su guerra?
—Albania, es la respuesta a la primera pregunta —informó Frank Longbottom—. Respecto a la segunda... su cuerpo pereció, pero su espíritu sobrevivió a la muerte.
—¿Estás seguro?
—Dumbledore lo está. Si él lo afirma, debemos confiar en sus palabras.
Alice pensó en ello durante un momento. Dumbledore siempre había confiado a los Potter las misiones más peligrosas. Ahora que ellos se habían ido, era lógico que acudiera a los Longbottom. El corazón de Alice lloraba por Lily y James. El pequeño Harry tenía la misma edad que Neville. Ella se había ofrecido a cuidarle, pero Dumbledore se había negado. Ahora volvía a requerir sus servicios. Fue entonces cuando Alice comprendió la misión que el gran mago les encomendaba.
—Quiere que busquemos a Voldemort en Albania... Quiere que terminemos lo que Harry Potter comenzó.
—Sí —confirmó Frank con un susurro casi inaudible.
—¿Le has dado ya una respuesta?
—Yo iré a buscar a Voldemort —dijo Frank con un tono autoritario. Sabía que su mujer le cuestionaría. Habría cedido ante ella en cualquier ocasión, pero no en aquella—. Tú debes permanecer aquí con Neville, vigilando sus pasos, otorgándole la suma protección. Solo el amor de una madre puede desencadenar el poder único.
—Cuando terminó la guerra, me prometiste que nada volvería a separarnos —sollozó Alice.
—Sabes que nada podrá alejarme de ti —dijo él, volviendo a besarla. Limpió las lágrimas de su mujer, que caían por sus mejillas, y continuó—. Debo acabar con el Señor Oscuro. Debo hacerlo por nuestros amigos, Alice. Por Lily, por James, y por todos aquellos que cayeron defendiendo la luz de la oscuridad.
Alice abrazó a su marido. Él tenía razón. Nadie estaría a salvo mientras Lord Voldemort continuara con vida. Pensó en Neville. Si no destruían a la oscuridad, él sufriría las consecuencias. El amor de una madre por un hijo es diferente a todos los demás. Cuando una madre ve abrir los ojos a su hijo por primera vez, jamás amará tan intensamente a ningún otro ser.
—¿Cuándo partirás? —preguntó.
—Con la luz del alba —dijo él.
—Es demasiado pronto.
—Lo sé.
ESTÁS LEYENDO
Longbottom: La captura
FanfictionSi bien la valentía trágica de la familia Potter es ampliamente conocida en todo el Mundo Mágico, hay otra historia del mismo coraje que sigue sin contarse... hasta ahora. Esta es la historia de la confrontación de la familia Longbottom con el sirv...
