Capítulo 2 - Calles heladas

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Las voces devoraban cada una de las calles de Luft. Recorrían las aceras, decididas, chocaban en esquinas y se manifestaban en forma de eco. Lo más interesante que podía pasar en un pueblo tan solitario eran las voces de los hombres del bar sonando por todas las calles. Si había algo de vida en aquel lugar, se encontraba en los bares y en la plaza central. Allí había todo tipo de comercios y puestos ambulantes, lo que hacía que el pueblo siguiese en pie. De hecho, lo más popular de Luft era el alquiler de bicicletas. Había montones de ellas en cada esquina, y es que en Luft apenas circulaban coches.

El caso es que Luca y yo vivíamos en los bloques de una serie de calles llamadas Abendorth. Junto al bosque de las afueras, era uno de los sitios más desiertos del país. Eran simples casas grises, con tejas mojadas normalmente. No existía vida fuera de todas esas casas, tan sólo en el triste bar de la esquina en la que, por alguna razón, nos encontrábamos Luca y yo.

El cristal congelado del local nos impedía ver qué eran aquellos cálidos tonos que salían por las ventanas. Además de ruido y gritos, aquel lugar desprendía colores que quemaban, tonos rojos y naranjas provenientes de las múltiples lámparas. Junto al olor del café, esa armoniosa combinación de colores, sonidos y olores hacían de aquel bar un pequeño lugar acogedor, que nos pedía a gritos que abriéramos la puerta para entrar y espantar el frío.

Y esa era otra de las cosas que nos diferenciaban a Luca y a mí. No me importaba pasar frío, de hecho, la sensación del baho y la de tener la nariz helada me fascinaban. Con sus dedos de papel, Luca no pudo evitar empujar la puerta de cristal del bar.

Las voces se hicieron aún más fuertes, hasta el punto de no poder oírnos entre nosotros. Un triste programa de radio sonaba, apenas, detrás de todos aquellos gritos. A medida que avanzábamos hasta la barra, ante nosotros se presentaban imágenes rápidas y confusas. Rostros ancianos, jóvenes, de empleados. En un segundo, pasaron rápidamente varios sombreros y bandejas con copas de cristal, las cuales se unían a la fiesta del ruido. Empezaba a agobiarme. No quería estar ahí.

-¿Café? -el camarero miraba a Luca.

-Por favor.

Mientras preparaban el café, yo fijaba la mirada en la barra sucia del bar, evitando el contacto visual con cada una de las personas del pequeño local. Aún con los dedos escondidos entre las mangas del abrigo, Luca sacó algunas monedas del bolsillo, las dejó en la mesa, extendió el brazo y cogió su café. De vuelta al exterior, él se ponía el vaso de cartón pegado a su cara. Desprendía calor.

-No me gusta este sitio.

-¡Ni siquiera hemos estado dos minutos, Denisse!

-Pero había demasiada gente. -contesté.

Por alguna razón, aquel día mi cámara no estaba conmigo, metida en su bolsa. Me hubiese encantado añadir la nariz roja de Luca y aquel vaso escarlata a mi pared, junto al resto de fotografías.

Cada vez que discutía conmigo sobre mi fobia a la multitud, un humo blanco salía de su boca, acompañado de sus palabras y de sus labios deseables. Se llamaba frío. En ese momento pensé en encontrarme con él, en la boca de Luca. Pero él no era más que mi amigo, y a mí no me gustaba el sabor del café caliente. Me gustaba el frío.

Luca no me gustaba.

-No me estás escuchando. -interrumpió él.

-Me gusta observarte, imbécil.

-Eres muy peculiar, Denisse. -me miró fijamente.

¿Era ese el momento en el que debería encontrarme con aquel hombre llamado frío? ¿Aquel que dormía en su boca, y quien se despertaría en la mía? ¿Querría Luca que pasase eso? Ni siquiera lo quería yo. No, ni hablar.

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