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La chica miró en rededor, moviendo la cabeza de un lado a otro. Me extrañó la curiosidad de su mirada porque, siendo sincera, esta era solo una tienda pequeña, no demasiado vistosa.

—¿Vamos ya? —pregunté poniendo mi mejor sonrisa amable, cuando ella no se movió del sitio.

—¿Ah? —La chica parpadeó—. Ah, no. Primero quiero echar un vistazo por aquí. —Soltó una breve risa entre dientes y se adentró en un pasillo.

Con las manos entrelazadas tras la espalda, la seguí a una distancia prudente. No quería que se sintiera presionada o algo así. Se detuvo en cada sección de flores nuevas que encontraba, vocalizando sin sonido el nombre que indicara el pequeño y colorido letrero que anunciaba el tipo de flor. La curiosidad con que miró cada flor me gustó. Eso me dijo que las apreciaba como se debía.

Me entretuve chequeando las flores de las secciones por las que ella pasaba. Cada sección de flores tenía unas dedicadas a que los clientes las tomaran e inspeccionaran más de cerca. La chica —debería haberle preguntado su nombre antes, por cierto— tomó un tulipán y lo sostuvo frente a sí, ladeando la cabeza ligeramente. No pude dejar de notar sus ojos atigrados, que me recordaban a los de los gatos de Ryujin. El perfil de la chica sería afilado en otra persona, pero en ella la línea de la mandíbula era suave pero definida. Llevaba una camisa con cuello de tortuga, con pinta de ser esponjosa. Y...

La he estado mirando fijamente. Mi cabeza dio una sacudida leve e involuntaria al darme cuenta. Ah, esa margarita de allí se está doblando, mejor voy a enderezarla. Qué ganas de encogerme... Mirar fijamente es espeluznante, más si eres la vendedora y el objeto de tu mirada fija, una cliente.

Eché un vistazo disimulado. La chica seguía en lo suyo. Bien, no se dio cuenta.

No transcurrió mucho antes de que la chica se me acercara con aire indeciso.

—¿Lista? —pregunté, girándome hacia ella.

—Sí —contestó—. Tienen esto lleno de flores bonitas, eh...

—¡Ah! Soy Chaeryeong. —Le ofrecí la mano y ella la estrechó con suavidad. Así de suave como su palma.

—Yo Yeji —dijo ella, esbozando una sonrisa cordial.

—Bien, Yeji —dije con tono jovial—. Lo primero es que los ramos llevan una flor principal, ¿cuál quiere que sea? Puede ser cualquiera.

La mirada de Yeji vagó mientras ella pensaba.

—El tulipán —contestó—. Azul, tulipanes azules.

—¡Vamos allá! —exclamé. Esperé que el entusiasmo fuera el adecuado para hacerla sentir cómoda.

Una vez en los tulipanes, le indiqué a Yeji que agarrara cuantos quisiera.

—Claro que —señalé— si agarras muchas flores, le quedará un ramo gigantesco. Nunca ha hecho uno, ¿no? —Yeji negó con la cabeza—. Bien, entonces sugiero que empecemos con uno pequeño.

—Vale —murmuró Yeji, fijando la mirada en las azuladas flores. Se pasó el pulgar por la mandíbula, en lo que parecía un gesto pensativo—. Vale, este, este, este... —dijo como para sí mientras tomaba las flores con delicadeza.

Cinco tulipanes tomó en total. Yo asentí para mostrarle mi innecesaria aprobación.

—Ahora, necesitamos unas plantitas que hagan de adorno —expliqué—. Vendría siendo el «arroz» aquí.

Me sorprendió que eso le hiciera soltar una risita. La mayoría me miraba raro cuando usaba esa analogía. «Al fin, alguien que me entiende», pensé.

Sunflower love || ChaerJiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora