Capítulo 3

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—¿yo? Pf, estás loco, hijo, demasiada azúcar en tu cuerpo. —solté con claro nerviosismo, negando con la cabeza, suspirando cuidadosamente, pensando en aquel pequeño tan peculiar, sonriendo sin poder evitarlo.

La película terminó, pero no la diversión del pequeño, ya que ahora se encontraba ganando los corazones de los clientes a mi lado en la caja registradora, incluso ganándose golosinas y algún que otro dólar. Este niño era increíble, con una sonrisa y las palabras adecuadas, las personas estaban en la palma de su mano. Justo igual que su padre. Mordí mi labio al recordar a ese hombre, tan cliché y maldito, tan... tan desinteresado por las personas que no son él. No lo odiaba por lo sucedido, me odiaba a mi por saber sus movimientos tan obvios y caer de todos modos, odiaba eso y siempre lo odiaría.

La diversión de Jake se fue en cuanto el último cliente se fue, despidiéndose de él con un choque de puños y una sonrisa educada en mi dirección, la puerta se cerró y mi alivio salió a flote, logrando sentarme y relajarme con notoriedad, sintiendo los pasos sigilosos de mi hijo en dirección a la vitrina de galletas, no necesitaba mirarlo para saberlo. Lo hacía cada vez que tenía oportunidad.

—Ni siquiera lo pienses, Jacob. No comerás dulces, vamos a cenar dentro de muy poco. —solté con los ojos cerrados aún, sintiendo los pasos acercarse a mí, preparándome mentalmente para las réplicas y ruegos que iba a decir el pequeño para intentar persuadirme de tomar un poco de postre para comer en ese mismo instante, lo que siempre me sorprendía era su iniciativa y su indestructible esperanza por siempre intentar conseguir lo que quería, incluso, voy a confesar que por esa razón a veces terminaba dándole el bendito postre, pero hoy no iba a ser parte de esos días. —no es no, Jake, fin. Ahora ve a ponerte tu abrigo, nos vamos a casa, hay mucho que hacer aún, cielo. —

No rechistó, no se quejó, no hizo ningún afán ni siquiera para convencerme o persuadirme, no hizo nada más que obedecerme, lo que me hizo entrecerrar los ojos, sospechando de los planes de aquel pequeño genio, pero decidí dejarlo pasar, sintiéndome un poco mal por pensar mal de él.

—Gran trabajo a ambos, chicos. Harry, cariño, ¿puedo hablar contigo un momento? —mi jefa se hizo presente, con una sonrisa dulce, como siempre, adornaba su rostro, era casi como una segunda madre para mí, la conozco desde que soy un pequeño niño, siempre compré aquí y luego, cuando más necesité ayuda, esta mujer me ayudó sin chistar, dándome empleo y ayudándome a encontrar lugar donde vivir. Me acerqué a ella rápidamente, esperando que Jake se quedara en donde estaba. Me dio la paga, más unos cuantos dólares más para así poder hacerle un regalo a Jake de su parte, le di un fuerte abrazo, para después abrigarme a mi y a Jake, despidiéndome con una sonrisa.

Al salir, alcé al pequeño en mis brazos, y cuando estuve a punto de comenzar a caminar hacia la parada del autobús, un pequeño bocinazo me hizo parar de un momento a otro, mis ojos se abrieron y yo gruñí de un momento a otro, totalmente frustrado. El dueño se bajó del auto y yo me quedé estático, con mis ojos más y más brillantes con cada paso que daba, notando que cerca se encontraba de mí. Mis labios se entreabrieron para decir algo, pero aquel chico sonrió, con sus mejillas sonrosadas por el frío.

—Bebé, es tarde para que tomes el autobús, vamos, puedo llevarte si quieres, de todos modos, iba a tu casa a cenar, ¿recuerdas? —Zack sonrió y acarició mi mejilla, sintiendo su cálido aliento chocar contra mis labios a causa de la cercanía, sentí mis piernas flaquear ligeramente, sabiendo que Zack lo ignoró porque sabe que, además de idiota, era friolento.

Mis mejillas se encontraban rojísimas, mis ojos totalmente brillantes, mis labios entreabiertos y mi mirada clavada en los labios de aquel chico, moviéndose con gracia, sintiendo como las mariposas crecían, al igual que mis ilusiones sin fundamento alguno. Entreabrí los ojos para decir algo, llevando mi mano libre a los labios de Zack, para así callarlo. Sabía que si no lo hacía, terminaría besándolo como desesperado.

—Sólo digo que sí porque tengo frío y porque tengo un niño que ya está en el quinto sueño, y porque te quiero, pero vas a cocinar tú, te lo aviso. —solté con rapidez, sintiendo mis dientes castañear a causa de la baja temperatura que había en las calles de Holmes Chapel a esas horas de la noche. Como respuesta lo único que tuve fue un beso en la palma de mi mano y una sonrisa que encandilaba belleza.

Zack abrió la puerta de atrás para que así acueste a Jake ahí, cubriéndolo con una manta que había ahí justamente de Jake, en casos como estos, para después abrir la de copiloto para mí, lo que agradecí con una sonrisa y un pequeño beso en la mejilla, pero, por causa de un movimiento suyo, acabó siendo en la comisura de sus labios. Me adentré al auto con un rubor increíble en mis mejillas, cerrando la puerta rápidamente, mirando mis rodillas con incredulidad, pero decidí apartar todos los pensamientos de mi cabeza en cuanto mi amigo entró al auto, comenzando a manejar en completo silencio, por lo que decidí romper el hielo mientras jugueteaba con mis dedos.

—Conocí a un chico hoy, pero antes de poder invitarlo a salir, se va. Deberías envidiar mi suerte, en serio. —oí su carcajada profunda, apoyando su mano en mi rodilla, apretando ésta ligeramente como él hacía cuando sabía de lo que se reía estaba mal, por lo que rodé los ojos. —oh, cállate, Zack. Tu estás peor, estás detrás de un chico que ni siquiera sabe que estás detrás de él, que por cierto deberías decirme quién es algún día de estos. —a lo que me respondió con una respuesta totalmente vaga, logrando robarme un suspiro.

El resto del viaje fue acompañado de grata charla, risas y mimos en mis manos y rodilla de parte de él.

Llegamos con una sonrisa en los rostros, todos excepto el pequeño niño en los asientos de atrás, porque había descubierto que no había postre, o al menos no el que él estaba esperando que fuera. Lo ayudé a bajar del auto con cuidado y tomé su mano, abriendo la puerta del gran e imponente edificio situado en el centro de la pequeña ciudad que era mi hogar, todos entramos y nos subimos a un ascensor, en donde Jake comenzó a llorar porque quería su postre, a lo que lloré ante su actitud de niño caprichoso. Odiaba que se pusiera así porque habían visitas, jamás lloraba por cosas tan tontas como aquella lo era, pero sabía perfectamente que lo hacía para llamar la atención de Zack y hacerse el pequeño para ser mimado.

Nos adentramos al apartamento, encendiendo las luces, dejando las llaves con cansancio en la pequeña mesita con un tazón, donde yo guardaba las llaves. Quité mi abrigo, el de Jake y tomé el tuyo, notando como mi bebé se iba perezoso a su habitación, sabiendo que se quedaría dormido en cualquier momento, por lo que decidí cocinar para nosotros tres, pero si él no se despertaba, lo dejaría dormir.

—A que no adivinas quién se acercó a pedirme una cita hoy, Harold. —

­—Supongo que ese chico que está detrás de ti hace semanas, o no sé, dime quién. —la verdad era que no me interesaba, que esperaba que él me dijera que tampoco le importaba, pero sabía que no sería así, porque ni siquiera notaba que me molestaba que me dijera a las personas que se ligaba, pero no lo culpaba, porque, vamos, éramos amigos, y él quería hablar conmigo de esas cosas porque, justamente, éramos amigos.

—Pues sí, fue ese tal Nathaniel, pero la verdad que le dije que no, no me interesa ese chico, mucha falsedad junta. De igual modo, tengo los ojos puestos en alguien más. —fruncí el ceño ante su mirada soñadora y encantada, la cual encandilaba con sólo mirarla de ligero reojo. Solté una carcajada y negué con la cabeza, soltando mi cabello de ese incómodo moño, dejando que los rizos rebeldes caigan desordenados por mis hombros.

—A ver, oh, casanova, dime que desafortunado tiene toda tu atención ganada. —

Él se acercó a mi sin siquiera soltar palabra, rodeando mi cintura con sus manos, apegando su cuerpo al mío con agilidad, haciendo rozar nuestros labios, acariciando mi piel por debajo de mi suéter, acariciando sus labios con los míos, dejándome con el corazón en la boca.

—Tú eres el desafortunado. —




16 y embarazado (Editando)¡Lee esta historia GRATIS!