22.- LA MÚSICA, LA DANZA Y EL ARTE

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Valencia, 11 de junio de 2033. Es difícil encontrar en todo el país a un individuo que no toque un instrumento, baile, cante, escriba, pinte, actúe y participe en una película o documental, o intervenga en cualquier otra original actividad artística. Hombres y mujeres con diferentes niveles de habilidad y creatividad se mezclan sin inhibiciones. De la misma manera que los lovetopianos han borrado las diferencias entre ciencia profesional y amateur, casi no hay distinción entre los profesionales y los aficionados a las artes.

A pesar de lo anterior, la gente en general es muy crítica. El público recibe con dureza los fallos, silbando, gritando o pataleando. Sólo algunos artistas obtienen renombre y mercado para ganarse la vida con sus obras. El camino para financiar su arte pasa por el apoyo directo de empresas lovetopianas, algo habitual porque favorece su balance del bien común. Los artistas no pueden solicitar ayudas, subvenciones o becas al gobierno central o a los municipios como hacen nuestros artistas oficialmente reconocidos.

Es muy popular que los artistas acudan a campañas de financiación colectiva o crowd-funding. Los lovetopianos de la calle están muy familiarizados con este concepto y participan con frecuencia. Entre amigos comparten qué proyectos han elegido y con qué importe económico los apoyan. Las campañas más habituales son proyectos de artistas o universitarios, aunque también se ven solicitudes de financiación equivalentes de empresas establecidas. Las pocas oficinas de bancos en las calles están especializadas en dar a conocer estos proyectos que solicitan apoyo. Visité una y parecía una animada sala de exposiciones. Nada que ver con la tradicional oficina española, con sus colas de gente deprimida y tensa.

"Cuando no conseguimos apoyo y nuestras obras no generan lo suficiente para salir adelante, aún nos quedan dos caminos", me dijo un artista lovetopiano que presentaba su proyecto en una de estas oficinas bancarias. "Por un lado, podemos vivir de la renta básica universal, que es el mínimo que nos garantiza el gobierno, y continuar insistiendo hasta conseguir financiación o fama. Por otro lado, y eso es lo que hago yo, trabajo como instructor de buceo submarino. Mi labor artística es una actividad paralela. Le dedico casi todo mi tiempo libre, que es mucho, excepto cuando salgo a caminar, mi otra gran pasión".

El especial frenesí con el que se entregan a las artes es paralelo a la dificultad que encuentran los artistas para alcanzar el éxito. Pero cuando éste llega, el artista mantiene un atractivo popular limitado. Un buen ejemplo son los grupos de música. La gente sigue a los grupos que le gustan, pero no son fanáticos hasta el punto de acudir a un concierto de un grupo forastero consagrado si al mismo tiempo toca un grupo local. De manera análoga, los lovetopianos coleccionan cuadros y esculturas y mezclan las obras de colección con las regaladas por amigos o las realizadas por ellos mismos.

No parece que Lovetopía participe de "arquitectos estrella". La gente diseña y construye estructuras en las que vivir con una admirable competencia e imaginación. La costumbre del "hágaselo-usted-mismo" ha creado un movimiento que bien podríamos entender como arquitectura popular. Por supuesto, hay grandes arquitectos y disfrutan de un reconocimiento profesional elevado. Aunque su éxito proviene de su capacidad de compartir sus conocimientos y no del tamaño de los presupuestos que manejan.

La música es la más importante de las artes lovetopianas. Cada granja, fábrica o familia cuenta con un grupo musical. La única característica dominante es su fuerte tendencia al baile. Es difícil ver a una orquesta o un grupo musical interpretando algo sin alguien bailando. La música clásica también tiene una audiencia extensa. La moda, hoy por hoy, es mezclarla con otros estilos populares y ofrecerla en las calles.

"Uno de los grandes éxitos en Valencia es una joven violinista que conjuga su música con coreografías de danza contemporánea", me dijo un viandante que llevaba horas disfrutando de un espectáculo callejero. "Su estilo interpretativo invita a bailar y cientos de personas bailan a su alrededor. Pero yo prefiero una orquesta de cámara que interpreta viejos temas de un grupo español del siglo pasado junto a la iglesia de San Agustín. Su nombre era El Último de la Fila ¿Quizás lo conozca usted?".

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