12.- LA CARA OSCURA DE LOVETOPÍA

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Sagunto, 24 de mayo de 2033. Después de múltiples negociaciones, he observado de cerca los juegos de guerra rituales de Lovetopía, esa costumbre abominable que levanta tanto rechazo y horror en las naciones civilizadas. Soy el primer español que asiste a tan escalofriante espectáculo.

Nos levantamos antes del alba para acudir en tren al escenario de los rituales. El lugar elegido fue Sagunto, ciudad situada al norte de Valencia. El castillo romano y su reconstruido teatro son aún hoy las señas de identidad de este municipio. Caminamos hacia una colina. A uno de los lados, el vasto e inmenso Mediterráneo. En el otro, un cenagoso riachuelo que atravesaba un valle recogido y ondulado.

Cuando llegamos, el combate estaba a punto de empezar. Dos grupos de jóvenes esperaban. Cada grupo estaba reunido en torno a una gran hoguera. Quizás veinticinco hombres en cada bando. Unos calderos de apariencia realmente vieja calentaban un brebaje secreto. Todo indicaba que preparaban algún estimulante para superar el miedo. Los hombres tenían edades entre los 16 y 45 años. Iban provistos de una larga y peligrosa lanza. La punta era de una piedra negra muy afilada. Mostraban sus cuerpos y rostros pintados de colores, con motivos primitivos y violentos.

Un sonido largo y metálico se apropió del lugar. Alguien golpeó un gong. Este instrumento es un gran disco de bronce, con los lados curvados, que se percute con un mazo. Unos cuantos centenares de personas aguardábamos el inicio del ritual.

Los "guerreros" se dispersaron por las dos orillas del riachuelo. Entre ellos iban dejando una distancia similar a la longitud de una lanza. Uno de los grupos comenzó un canto de guerra. Aunque sonaba muy sanguinario, me recordó a los himnos que se entonan en los estadios de fútbol españoles. El otro grupo vaciló y se retiró unos metros. Los del bando más agresivo atravesaron el río y se lanzaron sobre el "enemigo" blandiendo sus lanzas.

El primer grupo de hombres organizó con rapidez la defensa. No asomó ningún comportamiento de pánico. Cada vez que algún hombre tenía que responder a un ataque especialmente duro, sus vecinos acudían en su ayuda. Las lanzas estaban siempre en alto. Los movimientos eran marcados por gritos salvajes, pero muy sincronizados. Esta táctica de combate fue la norma durante toda la reyerta. Era flexible y fluida como un baile. De cuando en cuando, un bando se reagrupaba y se lanzaba contra el otro. Pude apreciar diferentes formaciones de avance. Pero los ataques siempre eran rechazados rápidamente. La coreografía continuó durante una media hora. En diferentes ocasiones faltó bien poco para que alguno de los hombres se las viera con las puntas de obsidiana.

La excitación de la muchedumbre aumentaba por momentos. Los gritos brotaban de todas las gargantas. De repente, un alarido captó nuestra atención. Procedía de unos de los extremos del campo de combate. Al parecer, uno de los guerreros resbaló en la hierba durante un asalto. Un adversario saltó sobre el hombre caído y le asestó un golpe que bien pudo ser mortal. Le atravesó el hombro con su lanza al tiempo que lanzaba un grito terrorífico.

Como por encanto, el enfrentamiento cesó. Los dos grupos regresaron a su posición inicial. Los miembros de la parte "victoriosa" estaban eufóricos. Todo eran felicitaciones y abrazos de alegría. En la otra parte del río, los "perdedores" se mostraban abatidos.

Varios médicos surgieron de entre los espectadores y avanzaron hacia el herido para examinarle. Llevaban sobre sus cabezas esas curiosas gafas gorra de aspecto sumamente vanguardista. Aunque eran algo diferentes de aquellas gafas gorra que portaban los obreros de la fábrica de coches.

Los vencedores iniciaron una danza para celebrar su victoria. Sus partidarios descendían por la colina. Todos bebían de los calderos. La atmósfera era festiva, de intenso júbilo. Varias mujeres se abalanzaron sobre los guerreros y empezaron a danzar frente a ellos. Poseídas, movían cabeza, cuerpo, brazos y piernas a una velocidad endiablada. Algunos hombres respondieron a su danza y las auparon en brazos. Hubo momentos de absoluto caos. Los guerreros más valerosos desaparecían por entre los arbustos llevándose a alguna de las mujeres. Ellas forcejeaban y gritaban sin descanso. Mientras, en el lado de los vencidos, sólo se oían llantos y lamentos.

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