09.- LA ECONOMÍA: EL FRUTO DE LA CRISIS

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Valencia, 12 de mayo de 2033. La creencia de que los lovetopianos son gente perezosa y sin ambición está muy extendida entre los españoles. Llegamos a esta conclusión después de la Independencia, quizás cuando adoptaron la semana laboral de 20 horas y decretaron una renta básica universal. O quizás cuando eligieron el índice de Felicidad Interior Bruta (FIB) como medidor del progreso social, en detrimento del universalmente aceptado Producto Interior Bruto (PIB).

Sin embargo, creo que nadie en España ha comprendido el alcance de la ruptura de Lovetopía con nuestro modo de vida. Incluso hoy resulta sorprendente pensar cómo pudo el gobierno lovetopiano llevar adelante unas medidas tan revolucionarias.

Los lovetopianos más informados insisten en que la raíz de los cambios fue cuestionar la ética protestante del trabajo sobre la que descansa la economía de la globalización. Quizás natural en las naciones anglosajonas del Norte, resulta ciertamente una imposición en los países católicos del Sur. Pero para Lovetopía (y para España) abrazar la ética protestante del trabajo era ciertamente una contradicción. Incluso la gente de la calle lo explica a su manera.

"El antiguo PIB crece cuando trabajas mucho, comes industrial y te atiborras a medicamentos. Sin embargo, ahora es el FIB el que crece cuando estoy de fiesta, como de la huerta y disfruto de una salud de hierro ¿Con cuál te quedarías tú?".

Las consecuencias inmediatas de la Independencia fueron graves. En lo económico, Lovetopía se vio forzada al aislamiento para protegerse de la competencia de los países con una concepción distinta del trabajo. Pero políticamente todo sucedió con rapidez. La expulsión de la Unión Europea y la obligación de abandonar el euro facilitó las cosas. El nuevo país entró en la senda del aislamiento internacional sin tener que pasar por un intenso debate interno.

La industria sufrió gravísimos reveses durante años. El PIB descendió en más de un tercio, generando un debate muy violento. La tensión interna sólo desapareció cuando el FIB, el nuevo índice de medición del progreso social, adoptó una senda ascendente.

Lo que siguió al aislamiento internacional y a la reducción del tiempo de trabajo fue una toma de conciencia filosófica. "El hombre", según los lovetopianos, "no está hecho para producir y consumir, como se pensaba en el siglo XX y principios del XXI. Ni hay que entender el trabajo como un camino de acercamiento a Dios. El hombre debe simplemente ocupar su lugar en ese continuum en perpetua renovación constituido por el conjunto de los organismos vivientes. Y debe hacerlo sin provocar destrozos, celebrando la vida, disfrutando de la herencia de conocimiento y tecnología recibida de las generaciones anteriores".

El hombre debe encontrar la felicidad no en el hecho de aprovecharse de la naturaleza y dominar a las demás criaturas terrestres, sino en vivir en armonía con ellas. El despilfarro consumista debía restringirse en beneficio de la supervivencia futura.

Este objetivo, casi religioso, nada tiene que ver con la noción cristiana de la "salvación". Este pilar del catolicismo, ampliamente aceptado en España, pregona la renuncia y el sacrificio en esta vida para alcanzar una mejora en la siguiente vida, la vida eterna. Sin embargo, el concepto lovetopiano aboga por disfrutar y celebrar la abundancia de esta vida desde la harmonía con la naturaleza y el resto de seres vivos, dejando espacio para las generaciones futuras.

Este cambio de actitud filosófica pudo parecer a simple vista muy teórico. Sin embargo, pronto se vieron sus implicaciones.

Los economistas lovetopianos, igual que sus colegas españoles, conocían el camino oficial para mantener la competitividad de las empresas y de la economía en un mundo globalizado. La única vía era reducir el nivel de vida de los ciudadanos mediante una incesante presión a la baja sobre los sueldos y al alza sobre las horas de trabajo. "Incrementar la productividad", decían los eslóganes oficiales. Pero cuando se pudo explicar esto abiertamente, de manera entendible, la política oficial de España y de la Unión Europea durante la época de la Independencia encontró un rechazo frontal. La gente entendió que lo que demagógicamente se llamaba "devaluación interna" no era otra cosa que "explotación y empeoramiento sin fin" del nivel de vida y "tercermundialización" de la sociedad. Y lo que resultaba peor. Cada vez que se conseguía un aumento lento pero constante de la productividad en el trabajo, desde el sacrificio de la población, se producía una fuga de capitales de signo contrario. Una situación que rápidamente evolucionaba hacia una siguiente crisis financiera y que ponía al ciudadano de nuevo en el punto de mira. Este efecto ha llegado a conocerse en Lovetopía como "el círculo terrorífico de la devaluación interna".

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