-¿Listo?, ¡vuelvo en un momento! -Se dirigió hacia el lavabo de señoras y Saúl sintió un escalofrío al observar esas piernas, ajustadas por aquellos leggins negros que parecían una segunda piel.

Una vez resueltos los asuntos urinarios, bajaron la gran escalinata de la estación.

-¿Dónde reservaste la pensión? -preguntó Saúl, mientras ella pulsaba sobre la pantalla de su móvil.

-Aquí, debe ser cerca, lo busqué cercano a la estación, de todos modos, ¿estamos en una zona céntrica verdad?

-¡Sí!, ¡sí!, el centro de Sevilla está todo junto.

-¡Mola!, ¡el centro queda céntrico!, -sonrió de nuevo Paula.

-Pues sí.

-LOL!!!, TROLOLOL!!!, -Lo zamarreó un poco-. ¡No lo flipes más chaval!, ¡que iba en coña!

-Sí, perdona, estoy un poco... mira, es en aquella calle, pero, ¡déjame la mochila!, yo te la llevo.

-Lo sigues flipando chaval, anda, que ya llegamos.

-Podrías haberte ahorrado la pensión, quedándote en casa de mis padres.

-Sí, claro, vengo tres días a conocerte y me meto en casa de tus padres, ¿tú lo...

-Lo flipo, lo flipo chavala. -Saúl volvió a sentir una erección creciendo balo sus pantalones vaqueros.

-Eso mismo... ya me vas pillando. Oye, ahora ya sin coña, ¿cómo anda el Dr. Raymond Taylor?

-Ramón, no lo flipes tú ahora. Ramón está mejor, fueron quince días de hospital y ahora está en una comunidad terapéutica en el campo, muy a su rollo.

-Pues si podemos, durante el finde, nos acercamos, ok?

-No es buena idea, todavía se está recuperando del tema alimenticio y de las alucinaciones, han desaconsejado, por el momento, visitas que le puedan causar una regresión.

-¿Regresión a qué?, él estaba bien: el mundo de posibilidades es infinito, las puertas de su percepción se abrieron, sólo ha de aprender a encajarlo, yo podría ayudarle a...

-Mejor no, de momento no. -Saúl la miró al fondo de aquellos ojos, grandes y azules, enmarcados en unas largas sombras de maquillaje, negras en los parpados inferiores y violáceas en los superiores. A punto estuvo de perder el hilo de la conversación-. Mira, de verdad, yo ni creo ni dejo de creer, y respeto cualquier creencia, siempre que no te haga daño ni afecte a la vida cotidiana. Ramón estuvo a punto de hacerse polvo, déjalo que se recupere y ya decidirá. -Suspiró un momento y señaló un cartel que sobresalía en la estrecha calleja "Pensión Hermanas Gilda". Empujaron la robusta puerta de madera y encontraron un pequeño mostrador, atendido por una mujer de mediana edad, con el cabello rubio recogido por un moño y dos largos pendientes de coral en las orejas. Paula le enseñó el móvil.

-Tengo hecha reserva por internet, este es el identificador.

La mujer arrugó el ceño al leer el número y buscó una llave.

-Aquí está. -Dejó caer sobre el mostrador una llave enganchada a un enorme óvalo metálico con el número siete resaltando en relieve-. La mejor habitación: toda exterior, de matrimonio y con baño incluido. Subiendo por la escalera.

-Anda, te dejo ayudarme -dijo Paula pasándole la mochila a Saúl-, por algo eres mi alfa.

-¿Tu qué?

-Etología... -susurró Paula mientras subía la escalera- eres mi macho alfa, ¿lo pillas?

-Sí, ahora sí.

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