Renacida

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Me despierto mareada, con un profundo dolor de cabeza y ardor en todo el cuerpo. En toda buena historia, la protagonista tiene que descubrir qué le ha pasado, quién ha sido el responsable y, preferiblemente, encontrar a un tipo cañón muy, muy caliente que la ayudará y le echará un par de polvos con el optativo final feliz o el «continuará...».

Si es una historia de vampiros como la mía, hay dos vías: la primera, que la chica se enamora del vampiro y él la acaba convirtiendo mientras juntos luchan contra el mal; o, la segunda, que la chica es convertida busca al culpable y, o bien es un desconocido que por cualquier motivo pasaba por allí y, en medio de un conflicto o por necesidad la transforma y acaban enamorándose o recibe la ayuda del tipo cañón en cuestión para dar una patada en el culo al gilipollas que la transformó.

El caso es que sé quién me transformó, sé que no es técnicamente de los malos, sé que yo no le pedí que me transformara y sé que, en cuanto deje de sentirme como si una manada de rinocerontes me hubieran pisoteado, quiero arrancarle los colmillos. Y otras partes más al sur. Lentamente...

―Te... voy a... matar... hijo de pe... perra...

Mi historia no es precisamente una historia de amor entre flores rositas y bailes de princesa. Me llamo Selena y vivo en Madrid, España. Una ciudad muy bonita, pero (estúpida de mí) quería viajar. Hice un viaje a Escocia, tierra de Highlanders (sí, me gusta leer) y conocí a Jack, el que viene a ser el tipo cañón. Moreno, ojos negros, piel pálida, un cuerpo por el que alargas tus vacaciones y te mudas a su casa, donde, entre sexo salvaje, te confiesa que es un vampiro. Yo, como toda tía racional con un buen calentón encima, le respondí «ok» y seguí a lo mío. Cuando descubrí que no tenía un novio psicópata, sino uno colmilludo, ya me daba igual. El sexo lo compensaba. Hasta ahora.

―Te re... retorceré... el pescuezo... as... asqueroso... hijo de... puta...

―Si hablas, perderás fuerzas y te sentirás peor, dulzura.

Siento rabia por el apelativo cariñoso y me levanto, furiosa, abriendo los ojos de golpe. Todo me da vueltas y la oscuridad me engulle de nuevo.

Lo siguiente que siento es la cama blanda de él. Sé que es de él por su olor, por su tacto, por todas las últimas semanas que he dormido en esta cama, pero ya no es más mi casa y él ya no es más mi novio así que, conteniendo las náuseas y el rugir de mis tripas, me encamino a la cocina.

Sí, sé que lo que tendría que hacer es salir corriendo, como toda heroína que se precie en una novela, pero no soy tan fuerte, no soy una heroína, soy una recién convertida vampiresa y tengo hambre.

Dos bolsas de Cheetos, un helado de Chocolate Fudge Brownie y un sándwich de Nocilla más tarde tengo serios problemas de culpabilidad por mi línea y un hambre aún voraz.

―No es esa comida la que necesitas para saciarte, Selena...

―¡Tú!

No necesito ni un incentivo, me tiro encima de él y Jack no se resiste, sino que deja que lo tire al suelo, yo a horcajadas sobre él, con mis manos rodeando su cuello, apretando fuerte en un intento de ahogar a alguien que no sé con certeza si se puede matar así.

―Necesitas mi sangre. Me matas y mueres.

―¡Eres un cerdo! ―Le grito a todo pulmón, aún teniéndolo a dos palmos de distancia. ―¡Asqueroso! ¡Arrogante! ¡Imbécil! ¡Capullo! ¡Bastardo! ¡Hijo...!

¿Los vampiros pueden llorar? Aparto una mano de su cuello y me limpio la mejilla, que, para mi gran alivio, está empapada por lo que son lágrimas normales y no de sangre. Odio a Jack. Me ha hecho llorar a la vez que me tiene excitada y con ganas de matarle. Tanta emoción no puede ser buena.

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