9. Juguemos

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Los hematomas y golpes se habían curado, ya no tenía ese consistente dolor en mi costado. Bastaron ocho días para que ya pudiera caminar sin quejarme o sin hacer muecas de dolor. Estar en un manicomio u hospital para enfermos mentales era otro nivel de terror. Algunas noches no dormía escuchando los gritos de alguno de los enfermos o a veces solía escuchar crujidos y risas.

Otras veces se me helaba la sangre cuando escuchaba las risas de un niño y pasitos que iban y venían por los pasillos, porque en éste lugar no hay ni un solo niño. Pero por alguna extraña razón siento que no me harán daño ni tampoco dañaran a los demás, son como los guardianes que custodian los pasillos.

Ocho simples días en los cuales me había dado cuenta que encajaba en este lugar, un lugar lleno de personas asustadizas y un poco trastornadas. Solo un poco porque de verdad parecían personas normales o tal vez eran normales para mí.

Uno en especial había llamado mi atención, era un señor de unos 40 años; él suele cantar todas las mañanas, hace dos días lo vi por primera vez, lo observe desde lejos, varias personas se acercaron y empezaron a palmear y a corear la canción que al parecer todos sabían. La intriga me había ganado por eso me acerqué, el hombre me observo de reojo sin dejar de cantar.

Cuando terminó de cantar me dijo que me acercara, lo hice sin pensarlo, me había dicho que le llamaba la atención mi acompañante, miles de dudas se agolparon en mi cerebro ¿Qué acompañante? Yo estaba sola.

Él muy tranquilamente me dijo que lo que estaba detrás de mí, como instinto me había dado vuelta, seguía sin ver nada, él hombre me dijo —Es muy lindo, yo tengo uno y nunca me abandona, se llama Madison —me dio una sonrisa y yo solo asentí. Recuerdo que me despedí y me fui casi corriendo hasta mi habitación. Los siguientes días era lo mismo, verlo cantar y después caminar por todo el lugar, viendo a las personas reír y correr. Algunas veces parecían que hablaban solas e incluso parecía que jugaban solas pero en realidad estaban acompañados por algo que yo no podía ver.

***

Estaba sentada debajo de un árbol viendo a una mujer peleando con otra porque le había robado un brazalete, una de ellas le gritaba que Maxine le pegaría y se arrepentiría de haberse metido con ella la otra reía mientras lanzaba y atrapaba el brazalete.

Ella se va a arrepentir de hacer eso...

Me tenso y vuelvo mi mirada hacia mi derecha; no hay nada. Pero estoy segura que él está cerca, lo puedo sentir, además que su voz lo delata.

—¿Por qué dices eso? —digo y me siento estúpida al estar hablando sola, pero en realidad todos lo hace ¿Por qué yo no puedo?

Digamos que nadie se puede meter con los demonios de los demás. Y tal vez esa mujer y la tal Maxine tengan una buena relación y si ese es el caso la otra mujer va a sufrir. Los demonios solemos ser muy muy muy agresivos y tú lo sabes ¿O no, Jezabel?

Claro que lo sé...

No has contestado mi pregunta, y seguiré haciéndola hasta que me digas que sí.

Tengo pánico, esa simple pregunta me hace temblar y querer huir. La pregunta que cada noche escucho una y otra vez en mi habitación.

¿Quieres jugar conmigo?

Sé que dentro de esa pregunta hay miles de cosas, diversión no sería una de ellas, me parece que esos juegos serían más bien un tanto espeluznantes y tenebrosos.

Quería aceptar pero algo me decía que no lo hiciera   

Mis juegos te gustaran tanto o más que cortarte con esos trozos de vidrio que tienes debajo de la cama.

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