29.La hora ha llegado

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Al mismo tiempo, Harry y yo sacamos la cabeza del pensadero y, un instante después, yacíamos tumbado sobre la alfombra. La verdad, al fin. Tumbados boca abajo, con la cara sobre la polvorienta alfombra del despacho donde una vez creí estar aprendiendo los secretos de la victoria, comprendí que no íbamos a sobrevivir. Nuestra misión era entregarnos con serenidad a los acogedores brazos de la muerte. Pero antes de llegar a ese punto teníamos que destruir los últimos vínculos de Voldemort con la vida, de modo que cuando saliéramos al encuentro del Señor Tenebroso sin alzar la varita para defendernos, hubiera un final limpio y se diera por concluido el trabajo que no se había terminado en Godric's Hollow: ninguno de los tres viviría, ninguno de los tres sobreviviría.

El corazón me latía con violencia. Pensé que precisamente el miedo a la muerte me hacía bombear con mayor vigor para mantenerme con vida, pero se pararía, y pronto. Mis latidos estaban contados... ¿Cuántos emplearía para levantarme, salir del castillo por última vez y cruzar los jardines en dirección al Bosque Prohibido?

Me pregunté que sería de Ron y Hermione...

Esos pensamientos golpeaban:«Debemos morir.» Teníamos que acabar.

Pensaba más en Ron, ¿se conseguiría a otra chica? ¿Y eso que recién nos declaramos?

Ya había transcurrido casi la mitad del plazo que Voldemort nos había concedido para entregarnos.
Me puse en pie y le tendí la mano a Harry, la aceptó. El corazón me golpeteaba las costillas como un pájaro desesperado; ninguno de los dos miró atrás al cerrar la puerta del despacho.

El castillo estaba desierto. Al recorrerlo, me sentí como un fantasma, como si ya hubiera muerto. Los personajes de los retratos todavía no habían regresado a sus lienzos y el edificio se hallaba sumido en un siniestro e inquietante silencio, como si toda el alma que le quedaba se hubiera concentrado en el Gran Comedor, donde se apiñaban los difuntos y los dolientes.

Nos pusimos la capa invisible y bajamos varios pisos, hasta que descendimos por la escalinata de mármol y llegamos al vestíbulo. Quizá una pequeña parte de mí confiaba en que nos detectaran y nos detuvieran; pero como siempre, la capa funciona a la perfección. Llegamos a las puertas del colegio sin contratiempos.
En la entrada, Neville estuvo a punto de tropezar con nosotros; volvía de los jardines con Max y otro compañero, los tres cargando con un cadáver. Lo miré y noté otro golpe sordo en el estómago: Colin Creevey, pese a ser menor de edad, debía de haber vuelto al castillo a escondidas, igual que Malfoy, Crabbe y Goyle. Muerto parecía minúsculo.

Wood:¿Sabes qué Neville? Podemos con él Max y yo-dijo Oliver Wood, y los dos lo llevaron al Gran Comedor, en mi Yo normal, habría saltado a sus brazos y sonreír por volverlo a ver, pero mi Yo de ahora, solo se encogió de hombros.

Neville se apoyó un momento en el marco de la puerta y se secó la frente con el dorso de la mano. Parecía un anciano. Luego bajó de nuevo los escalones de piedra y fue a recuperar más cadáveres.

Eché un vistazo al Gran Comedor. La gente iba y venía por la estancia intentando consolarse mutuamente, reponiendo fuerzas o arrodillándose junto a los muertos; pero no vi a ninguno de mis seres queridos. Quería que nos detuvieran, que nos obligaran a volver y me enviaran a casa... Pero ya estaba en casa. Hogwarts había sido el primero y el mejor hogar que había tenido. Voldemort, Snape, Harry y yo-los niños abandonados- habíamos encontrado un hogar en este colegio...

La cabaña de Hagrid surgió en la oscuridad. No había luces encendidas, ni se oía a Fang arañando la puerta ni ladrando para darnos la bienvenida. Recordé las visitas a Hagrid.

Seguí adelante y llegué a la linde del Bosque Prohibido. Una vez allí, me detuve.

Un enjambre de dementores se deslizaba entre los árboles. No me quedaban fuerzas para hacer aparecer un patronus, ni controlaba ya mis temblores. Al fin y al cabo, morir no era tan fácil. No me sentía capaz de continuar, pero sabía que debía hacerlo. Aquel largo juego había terminado.

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