03.- EL PASO DE LA FRONTERA LOVETOPIANA

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A bordo del Sierra Express, Utiel Requena − Valencia, 4 de mayo de 2033. Por fin, he entrado en Lovetopía. Soy el primer español en visita oficial al nuevo país desde su Independencia hace 18 años.

Mi AVE llegó hasta Cuenca. Aunque apenas se sabe, el gobierno lovetopiano ha prohibido que los vuelos comerciales crucen su territorio para evitar el ruido y la polución atmosférica. Los vuelos españoles con destino a Palma de Mallorca tienen que viajar vía Barcelona. E incluso los vuelos lovetopianos, aquéllos que van de Valencia a Asia o sobre el polo hacia Estados Unidos, se ven forzados a volar sobre el mar. A lo que habría que añadir que tienen que utilizar un remoto aeropuerto a 40 kilómetros de la ciudad.

Mi única alternativa ha sido viajar en tren hasta Cuenca para llegar a Valencia también en tren. Pero como no existe un trayecto directo, he tenido que realizar un trasbordo en un taxi privado.

El trayecto por carretera, desde Cuenca hasta la primera estación de ferrocarril lovetopiana en el extremo Oeste de su territorio, me ha permitido ver el abandono de las carreteras en esta parte de España. El asfalto apenas existe y los baches y las grietas impiden una conducción en línea recta. Varios puentes se presentaban derruidos. Y las antiguas señales son simples lienzos para las pintadas que te advierten de que abandonas la seguridad de España.

Como curiosidad, he visto restos de algunas pintadas realizadas en paredes en los márgenes de la carretera. Una de ellas decía "A besos entiendo, a veces no". Otra decía "Lo importante es reír, y reír juntos". Una tercera, escrita en mayúsculas y con acentos, a la antigua usanza, decía "LLEGUÉ HASTA AQUÍ POR QUERERTE". Sin duda, estas pintadas deben ser realmente antiguas. Quizás algún tipo de declaración de amor que responde a esos clichés románticos que fueron moda entre las parejas, hace muchos años, en España.

La frontera española está fuertemente vigilada por varias unidades del ejército. El puesto fronterizo, flanqueado con dos tanquetas, está situado en el antiguo viaducto de la autopista AP-3, pasada la señalización de las ruinas de Minglanilla. Esta señal parece haber sido pintada y repintada mil veces. Presenta un baile de correcciones que ora te permite leer "Peligro, territorio hostil", ora permite leer "Bienvenido a Lovetopía". Las campañas que combatieron el gamberrismo urbano en las grandes ciudades españolas no parecen haber triunfado en el entorno rural.

La presencia de armas entre los soldados es manifiesta. Tres vallas metálicas sucesivas de 6 metros de altura impiden cualquier intento de cruzar la frontera a pie. Las dos primeras vallas están separadas por un camino. El espacio entre la segunda y la tercera valla está claramente identificado como terreno minado. Una simple mirada a cada lado permite apreciar que las vallas siguen y siguen hasta escaparse del alcance de la vista. Cuatro soldados flanqueaban el taxi mientras un oficial cogió mi pasaporte y desapareció durante 10 minutos para recabar las oportunas autorizaciones de Madrid. Sobre el asfalto, una serie de bloques de hormigón crean un pasillo en zig-zag por el que apenas cabe un coche. Al fondo, el puesto de control lovetopiano se vislumbra como un lugar remoto y abandonado.

La frontera de Lovetopía, sin embargo, está señalada por una pintoresca valla de madera curtida a la intemperie. Cuando el taxi paró, no había nadie por los alrededores. El conductor tuvo que dirigirse a una pequeña caseta de piedra y hacer que los militares lovetopianos interrumpieran una animada conversación. Resultaron ser dos jóvenes con uniformes bastante mal planchados. Por las pintas, nadie afirmaría que fuesen militares profesionales. Pero sabían de mi llegada y examinaron mis documentos con el aire de la autoridad que conoce su oficio. Dejaron que el taxi pasara por la puerta sólo después de compartir que habían recibido una dispensa especial. Insistieron que era extraordinario permitir que un motor de combustión interna pudiera entrar en Lovetopía.

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