Prólogo.

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—Su hija tiene un problema serio de conducta señores McGregor

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—Su hija tiene un problema serio de conducta señores McGregor. Ya es la tercera vez que ha sido amonestada. Y saben muy bien lo que significa eso. —la advertencia del director se escuchó dentro de su oficina.

Estaba sentada en la sala de espera cuando eso estaba sucediendo. Mis padres estaban dentro, escuchando las quejas del estúpido anciano de traje. 

No sé qué fue lo que pasó, simplemente sucedió. No fue culpa mía sino, de mis manos. Mis torpes manos. 

Me hice un bollito con mis piernas en el sofá de terciopelo color verde vomito de la sala, tratando de hacerme lo más pequeña posible. Tapé mis oídos con mis manos para dejar de escuchar los gritos de ese imbécil. Ellos querían que yo tuviera la culpa, pero no iban a conseguirlo. 

¡Porque yo no lo hice!

O quizás una parte de mi quería negarlo y otra aceptarlo. Pero no, no iban a conseguirlo. 

Los gritos de mis padres reclamando y tratando de defenderme se escuchaban. Pero la defensa no duró mucho, ya que otra vez el director volvió a hablar con voz prepotente. No, a hablar no sino, a gritar. 

Mis manos se volvieron puños contra mis oídos, que presionaba muy fuerte. Sentía mi cara morada por la furia, el calor de mis mejillas que aumentaban. Me estaba incendiando. 

Apretujé mis párpados cerrándolos con concentración. Imaginándome que estaba en otro sitio y no en la escuela, Imaginándome que estaba en un bosque.

¡Sí, en un bosque!

Corriendo con un precioso vestido blanco por el frió y encantado bosque de hojas rojas. 

¡Corre Alia! me decía a mi misma.

Imagina Alia, imagina. Sal de allí y corre por el bosque. Escucha crujir las hojas cada vez que las aplastas con tus pies descalzos. Imagina...

Pero imaginar no fue suficiente, ya que el eco de las voces de mis padres y del director se escuchaban como si me susurraran al oído. Mi respiración se aceleró y cada vez me costaban más introducir oxigeno a mis pulmones. 

Contrólate Alia, contrólate. 

No funcionó, y mi furia se propagó por toda la sala haciendo estallar la ventana de la dirección en mil pedazos. Escuché el grito de la secretaria del fondo. Vi cómo mi madre y mi padre se agarraron con fuerza del escritorio del director por el enorme susto. 

El anciano tenía la mirada perdida en el marco de la puerta donde el vidrio había estallado, como si buscara una explicación. Todos ellos posaron sus ojos en mí al mismo tiempo.

Mi padre se llevó la mano a la boca y mi madre presionaba sus dedos contra su pecho buscando aire para respirar. Yo los miré con furia, ya me dolía las fosas nasales por respirar tan fuerte. Mi boca se encontraba seca y una lagrima, sin que yo lo permitiera, resbaló por mi mejilla. Era consciente del don que tenia...pero no sabía cómo controlarlo, simplemente no sabía en que momento iban a reaparecer mis pequeñas habilidades. Mis padres no estaban al tanto y menos mi hermano mayor Jamie, que con su capacidad intelectual, era dudoso que entendiera sin que se riera en mi cara y me humillara con burlas estúpidas que no podría soportar.

Mis padres abrieron la puerta y miraban al suelo dando pequeños saltitos para no pisar los trozos de vidrio. El director llamó a limpieza por teléfono y no desviaba sus ojos de mí mientras lo hacia. No tenia pruebas de que yo había hecho esa pequeña maldad sin que pudiera controlarlo, y si dijera que yo lo hice sonaría ilógico y ridículo.

—Ya nos hemos cansados de tus actitudes Alia. Te vas a vivir con tu tía Megumi ¡Y no protestaras! —gritó mi madre, casi rompiendo en lágrima. —Eres una estúpida sin remedio.

 —Eres una estúpida sin remedio

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