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Quiero que lo intentemos de nuevo. Quiero que lo intentemos y que fallemos si es necesario. Quiero todo de vos y creo que la única manera de dejarlo ir es si le demuestro a mi corazón que no puede obtenerlo.

Quiero que me mires a los ojos y me desprecies, que me digas a la cara razones que suenen más coherentes, a pesar de que no haya. Porque tenés todo el derecho del mundo a irte cuando quieras y las explicaciones que me diste fueron más que coherentes, pero no están, ni por asomo, cerca de ser suficientes.
No cuando suenan tan dulces y mis latidos pierden el ritmo pensando que me querés.

Dame razones para odiarte. No quiero que me digas que no nos hacemos bien, no quiero que me digas que tenemos cosas que trabajar para poder estar sanos con nosotros mismos y con el otro, no me digas verdades porque no me sirven. No me digas lo que ya sé cuando pasé tanto tiempo ignorándolo. ¡No me sirve! Nada de eso me sirve. Nada sirve.

No fue la falta de comunicación, sino que nunca hicimos nada con esas palabras más que barrerlas abajo de una alfombra que se deterioraba. Fue el hecho de que no supiéramos que hacer con nosotros mismos y empezamos a hacer las cosas por el otro para estar bien con nosotros mismos. Fue el entregarnos todo para darnos valor mutuamente porque nunca creíamos que fuéramos suficiente.

Nunca fuimos suficiente ni para nosotros mismos ni para el resto, y duele porque todo lo que validé de vos y todo lo que validaste de mí se desmorona en segundos porque no está construido sobre bases firmes.

Nunca construimos algo con pilares propios, los construimos con los de los otros, y cuando esos otros se fueron, así quedamos. Quedamos sin quedar porque no había nada nuestro que no perteneciera a los demás.

Y eso fue lo que me pasó con vos. Lo que me pasa con vos.

Te fuiste, y junto con vos un pilar.

No hay necesidad de que duela, no hay razones. Pero tampoco las hay para que no lo haga. Porque el amor no presenta razones, el amor nunca nos debió nada.
Es tan traicionero el corazón y tan obstinado que acoge el sentimiento en todo su esplendor aún sabiendo lo que le conviene.

Es tanta la ilusión que desestimamos las razones, la lógica y la pragmática, que sabemos que va a terminar en ruinas, que algo tan grande no puede sostenerse sin bases seguras, y de todas formas bailamos con una sonrisa el vals más miserable en el pequeño gran salón de nuestro pequeño gran castillo de humo.

Es tanta, pero tanta la ilusión que llegamos a alucinar con un final perfecto que no ocurre bajo ninguna circunstancia, bajo ninguna lógica ni posible realidad.

Quiero pensar que no fue nuestra culpa. Que no fue mía. Tal vez cupido envenenó la flecha, tal vez el hilo que nos unía no era de la exacta tonalidad de rojo.

Necesito un dios al que responsabilizar por el daño de algo tan abstracto como el amor, algo tan indomable, tan rebelde e ilógico como el amor. Mi corazón impera señalar a alguien con el dedo y arrastrar a las profundidades todas las responsabilidades que debería atribuirme junto con todas aquellas que debería adscribirte. Es simplemente que estoy desmesuradamente enojada, y aún peor: impotente.

Así que aquel que manipule el amor como la lana, aquel que tira y afloja y tiñe y destiñe, aquel ente de improbable existencia y de dudoso ser, no me queda más que maldecir tus artimañas y desear su retorno a ti. Aunque no existas, solo voy a fingir que sí.

Necesito a alguien a quien culpar porque no esperaba encontrar el sol en tus ojos, y no esperabas encontrar tu cable a tierra en mis brazos. Y fue tan lindo mientras duró la ilusión de que el sol no quema ni enceguece, y que tus descargas me hacían sentir un lugar seguro. Fue tan lindo tapar el sol con un dedo y pretender que no me desgastabas. Porque no hay nada más bello que sentirte un apoyo, un lugar protector, haciendo caso omiso a como es eso mismo lo que roe nuestra vitalidad.

Tal vez sea porque, en parte, necesitamos que nos necesiten. ¿Pero quién y cómo se mide la sanidad de esa necesidad? Está de más aclarar que no soy quien para y tampoco sé como hacerlo. Nunca fue así.

No quería tener el mismo efecto que vos tenías en mí. No quería necesitarte, no quería roer esa fina tanza que te conectaba conmigo. Decidí que era mejor callar.

Entonces, rebobinando sobre todo lo que pasó, llego a la conclusión de que no quería desgastarte con mis palabras pero terminé lográndolo con su ausencia.

Que mierda es todo, ¿no? Que mierda pensar que, si tan solo me hubieses dejado, hubiese hecho de vos una deidad, porque no había nada más que yo quisiera adorar.

Que retorcido es todo; que tengas que romperme el corazón en pedazos tan pequeños que no pueda arreglarlo más que fundiéndolo y reconstruyéndolo de cero.

Que manera tan despiadada que tiene el corazón de sanar: exhumar todo para volverlo cenizas y que con el tiempo podamos sacarlas al llorar.

Así que concedeme un último deseo y ya no te pido nada en lo que resta de mi vida.
Prometo irme y dejarte ir.
Prometo quedarme lejos, viéndote recuperar la felicidad y estabilidad que perdimos en el camino, aún si no es conmigo.
Prometo que si nos encontramos en otra vida, voy a hacer las cosas bien.
Si nuestras almas están destinadas, prometo con todo lo que soy, que la próxima vez vamos a hacernos mejor juntas que separadas. Lo juro por todo el amor que te guardo y todo el dolor que me causás.

Amame como nunca lo harías, así como no podés hacerlo. Juro que compartiré el sentimiento. Rompeme el corazón hasta los cimientos de una vez, solo para entender que no nos hacemos ningún bien.

Pese a que guardo las fotos y el collar, pese a que recuerdo como tratar el limonero que nunca voy a cuidar, y las recetas que nunca voy a cocinar, pese a que mantengo los escombros de tu pilar.

A pesar de todo, concedeme el deseo de volver a intentarlo, únicamente para fallar. Hacelo solamente para al menos darme el consuelo de saber que lo intenté con la intención de recuperarte, sabiendo que, doblando un poco a la derecha, se encuentra la verdadera intención de soltarte.

Tan solo para llenar el vacío que se asienta al dejarte con el sentir de que por lo menos intenté aferrarme.

Mi Marte, mi Roma, mi desgastado rojo, mi hermoso enraizado que luce flores marchitas de un fructífero limonero. Te amo, te amo, te amo. Pero espero nunca más volver a hacerlo.

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SoulmatesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora