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En una habitación vacía, el hombre empacaba sus cosas ante la mirada de su, ahora, ex-mujer.
Un oscuro secreto ella tenía y sabía que le costaría que él lo guardara. El conocimiento de esta circunstancia la llevó a formular su siguiente pregunta.
-¿Qué es lo que queres?
-A la beba.- dijo él, cortante, frío.
-¿Qué vas a decir cuando te pregunte por su madre?
-La verdad, que estás muerta.- dijo y jaló el gatillo.
Ella se desplomó y sus cabellos rubios se tiñeron de rojo junto con la alfombra.
El llanto que provenía de la habitación contigua lo hizo contenerse de hacer alguna cosa más y decidió dejarla así sin intentar, siquiera, ocultar el cuerpo.
Tomó su valija, era la última que le faltaba, sólo le restaban las cosas de su pequeña.
Entró en la habitación y la encontró llorando. Con apenas cinco meses de vida se veía tan pequeña cuando él la tomaba en brazos intentando calmarla.
-No llores, Lea,- susurró.-papá está con vos.
Sus cabellos rubios y sus hermosos ojos verdes se reflejaban ante el espejo mientras él guardaba todo lo necesario.
Tras meter todo en su auto, volvió a tomarla en brazos apoyándola en su pecho, sintiendo su respiración tranquila.
-Te prometo que vas a ser muy feliz, reinita.- susurró el hombre de 22 años, cabello negro e inmensos ojos verdes, mientras la ponía en su asiento para bebés.-Cueste lo que cueste.
Luego de subir en su lugar, se alejó de la gran casa de paredes rosas y el enorme jardín delantero. Condujo con precaución por las calles hasta el aeropuerto, en el cual su avión privado ya estaba preparado.
Con su beba dormida en brazos, avanzó por el lugar recibiendo miradas enternecidas y subió al avión, mirando por última vez la ciudad en la que había sido engañado, estafado, lastimado, usado y derrotado. Por otro lado, se llevaba en sus brazos a la única persona que dejaría entrar en su vida, a su pequeña felicidad, a su Lea Larm.
-Señor Larm. ¿Desea algo para tomar?- preguntó un hombre, él negó y volvió a centrar su atención en su hija mientras una suave sonrisa se formaba en sus labios y hacían que un hoyuelo se formara en su mejilla.
La mantendría a salvo, siempre, a pesar de todo. Jamás permitiría que algo le pasara a su reinita.

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