Ser una Dax. (editado)

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I.

Me miré en el espejo. Mi cabello negro caía liso, aunque un poco rebelde, por mi espalda hasta llegar a mi cintura. Los mechones que se correspondían con mi flequillo estaban cuidadosamente colocados detrás de mis orejas para despejarme un poro el rostro. Llevaba un coletero en la muñeca por si me agobiaba mucho aquella mata de pelo fino, pero abundante. Me lo había cepillado ya varias veces para cerciorarme de que no quedaba ningún nudo que pudiera causar estragos. Mis ojos eran grandes, negros, rasgados y de largas pestañas. La nariz respingona, la cara ovalada aunque redondeada y los labios gruesos y rosados. Por aquel entonces tenía quince años y casi cuatro meses, por lo que mi cuerpo aún se estaba desarrollando. No era muy alta para mi edad, pero tampoco me quedaba muy atrás. Tenía la piel blanca y los dedos de las manos muy finos y con uñas largas y bien cuidadas.

Me eché un último vistazo en el espejo del baño y salí. Pasé por la cocina donde ya había tomado el desayuno y entré en el salón-comedor. Allí estaban mi estuche y mi carpeta, los cuales metí en un bolso negro que reposaba en una silla. Me acomodé la camisa blanca, me sacudí los pantalones cortos negros y miré las sandalias blancas que me había puesto aquel día.

- No te irás sin despedirte, ¿verdad?-preguntó una voz a mi espalda.

Me di la vuelta, miré a ambos lados para asegurarme de que nadie me veía y fui a reunirme con el gran lobo negro que estaba en la puerta del comedor para darle un abrazo.

- Buenos días, Ámarok.-lo saludé mientras le acariciaba las orejas.

Ámarok era un lobo negro que mi madre y yo encontramos cuando fuimos por primera vez al planeta Tierra, a unas montañas muy grandes cuando yo tenía apenas dos años. Me había dado mucha pena dejarlo allí solo sabiendo que pronto llegaría el invierno, así que le pedí a mi madre que nos lo llevásemos y ella aceptó. Creció conmigo y los dos éramos como hermanos. Además, a los pocos años descubrí que era capaz de comunicarme con él gracias a uno de mis poderes. Nadie más podía entender lo que el lobo decía. Él era muy especial, pues a menos que resultara gravemente herido, Ámarok no podía morir. Era inmortal.

- Me voy ya, lobito.-le dije mientras caminaba por el pasillo.- Sino, llegaré tarde.

- Que tengas un buen día.-me deseó.

Miré a la derecha, hacia la habitación donde dormía mi madre, Clara. Estaba a oscuras con la persiana bajada del todo. Un bulto debajo de las sábanas me indicaba que estaba profundamente dormida en posición fetal. Sonreí y me dispuse a salir de casa.

- ¡Espera!

Am (como a veces llamaba al lobo) se acercó hasta mí trotando suavemente.

- Voy a salir a cazar ahora.-me dijo.- Así cuando tu madre despierte podré ayudarla en lo que quiera.

Asentí y los dos salimos fuera. Mi madre era militar. Ocupaba uno de los altos cargos del ejército. Así se gobernaba Neptuno: de forma militar. Nuestro ejército es algo diferente al vuestro. Sí, tenemos armas de fuego y también nucleares, pero casi nunca las hemos utilizado. Las guardamos por si acaso fuésemos atacados, pero nunca las utilizaríamos contra nosotros mismos. El único motivo de tenerlas es para usarlas contra otras especies que viven en nuestro Universo. Estamos todos muy unidos, aunque eso no significa que todos seamos amigos ni mucho menos.

Como mi madre formaba parte del ejérrcito, trabajaba de noche y dormía de día. Pasaba muchas horas sin ella en casa, pero eso no me importaba porque estaba con Ámarok.

Mi casa estaba situada a las afueras del pueblo. Era grande, sin duda. Su fachada era amarilla y las puertas y ventanas eran de un naranja intenso. Tenía un bonito jardín delantero y una valla blanca rodeaba todo el terreno. Pero las propiedades de mi madre no acababan ahí, sino que la explanada donde vivíamos también era suya. Un camino estrecho de tierra destacaba entre la hierba. Iba desde la puerta de mi casa hasta el pueblo y lo recorría de calle en calle. Nosotros no disponíamos de carreteras hechas de asfalto y materiales artificiales. No usábamos coches ni medios de transporte contaminantes. Nuestros combustibles eran naturales y no dañaban ni contaminaban, pero costaban demasiado como para utilizarlos día sí y día también sin necesidad. Íbamos a pie al pueblo y cuando teníamos que recorrer distancias algo más largas, utilizábamos caballos o carretas. Amábamos la naturaleza y hacíamos lo que fuera por dañarla lo menos posible.

Silene I: El Mundo Oculto del Espejo¡Lee esta historia GRATIS!