Capítulo cuatro: "Portales"

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Advertencia: capítulo largo.


El primer destino fue dejarla a Max en su casa. El camping de los tráileres seguía bastante desolado, pero por lo menos la policía ya no rondaba por el lugar. Aunque, para ser sinceros, a ninguno le gustaba pasear por allí. Los llenaba una sensación espantosa, esa que te da cuando sabes que andas por una escena del crimen o cuando estas consciente de que algo que no puedes ver tiene la fuerza para matarte en cualquier momento.

—Más vale que te apures —le dijo Steve a la niña.

—Veinte segundos —aceptó.

Todos observaron como Max se alejaba hacia su casa con sobres en sus manos.

—Esa cosa tiene baterías, ¿no? —le preguntó Harrington a Dustin.

—No voy a responder esa pregunta —dijo desde el asiento de atrás. Steve lo miró por el espejo retrovisor—. Sí, tiene baterías.

Darlene miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos, como le sucedía casi siempre en los últimos días. En su cabeza seguía Steve.

—Está bien —masculló Harrington observando de reojo a la muchacha—. ¿Todo bien?

Darlene se volteó a verlo molesta.

—¿Puedes dejar de preguntarme eso? —gruñó cansada.

Steve miró a los muchachos para fijarse si estaban igual de desconcertados que él. Lo estaban.

—Sólo estoy preocupado por ti, ¿bien?

—Pues no entiendo por qué.

—Tal vez porque hay un maldito monstruo de mierda que te hace ver visiones y esa porquería. No lo sé —se inquietó ante la mirada de Darlene—. Luces rara todo el tiempo.

—Ya te he dicho que no estoy bajo la maldición de Vecna, no sé qué más quieres que haga

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—Ya te he dicho que no estoy bajo la maldición de Vecna, no sé qué más quieres que haga.

—Que cambies la cara entonces. Estamos haciendo esto porque tú has querido.

Darlene miró a su alrededor. 

—No, era lo que quería Max. Yo no quiero esta mierda —espetó furiosa.

Steve soltó una risa sin gracia.

—Tú nunca quieres esto, pero siempre estas —increpó sintiendo que perdía la paciencia—. ¿Sigues con esa mierda de sentirte importante y eso?

Darlene lo miró con un dolor descomunal. ¿De verdad iba a usar una confesión en su contra? Se lo había contado cuando se encontraban encerrados en ese ascensor ruso, en un momento de intimidad y confianza, pero ahora se arrepenetía.

—¿Hablas en serio?

—¿Hablas en serio?

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Darlene | Steve HarringtonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora