- No puedo creer que esté tan loca como para ir a la boda en la que seguramente va estar mi ex-novio- musité en un suspiro mientras terminaba de hacerme una trenza frente al espejo del baño. Brad, que estaba apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y que llevaba observándome desde que había empezado a peinarme, rió ante mi comentario.

- A eso no se le llama locura, nena. Se le llama tener un par de huevos, o en tu caso, un par de ovarios- comentó con sorna. Solté una risita y negué con la cabeza.

- Ah, vale. Me dejas más tranquila- murmuré irónicamente. Pasé la trenza alrededor de mi cabeza como si fuera una corona y la sujeté con varias horquillas, creando así el peinado llamado "trenza holandesa". Según Matt, este peinado era el más elegante y más adecuado para una boda, ya que al apilar las trenzas en la parte superior de la cabeza, se marcaba y resaltaba el rostro, dando un aspecto fresco y sofisticado.

Dejé un par de mechones sueltos para que remarcaran mis pómulos y di por finalizado mi trabajo, el cual era parecer lo más presentable para la boda de Jay y Marcos.

- Woah, ¿Sólo con esas pinzas has hecho ese peinado?- preguntó Brad asombrado, señalando mi trenza holandesa.

- Se llaman horquillas, y sí- respondí mientras guardaba los peines y el maquillaje que había usado de nuevo dentro del neceser.

- Joder con las mujeres. Cada día me sorprenden más- murmuró todavía impresionado. Negué con la cabeza divertida y me dirigí al único dormitorio que tenía la habitación donde nos encontrábamos.

Sí, al único dormitorio que había.

Mi sorpresa llegó poco después de haber aterrizado en Doncaster, justo cuando fuimos al hotel donde se hospedaban gran parte de los invitados de la boda de Jay. La madre de Louis, con toda su buena fe y pensando que Brad era mi pareja amorosa, nos había asignado una habitación con un sólo dormitorio.

A Brad no parecía molestarle mucho ese "error", pero a mí me resultaba muy incómodo dormir en la misma cama con un hombre que no fuera Harry.

Al principio me negué a dormir en la misma cama con Brad. Era una cosa demasiada íntima para dos personas que se conocían desde hacía tres meses y más, cuando la otra persona había confesado un mes antes que yo le gustaba, y yo no lo había rechazado del todo.

Cuando Brad me soltó la bomba en un descanso del trabajo, lo único que se me ocurrió decirle fue que, en ese momento, no me encontraba con ganas de embarcarme en otra relación, pero que, con el paso del tiempo, todo era posible. Le había dado esperanzas, más que nada por compromiso (creo) y eso, en parte, era lo que más incómodo lo hacía.

Brad gastó todos sus argumentos tratando de convencerme, tratando de hacerme creer que no era una gran cosa dormir juntos, pero yo seguía sin verlo. Me ofrecí hasta a dormir en el pequeño sofá-cama que había a un lado de la habitación, pero al final, más por sueño que por gusto, cedí a dormir juntos.

Cuando fue la hora de acostarnos, tracé una línea imaginaria entre nosotros y le dejé bien claro que como la sobrepasara, ni aunque sólo fuera un centímetro, lo echaría a patadas de la cama. Pero quién iba a imaginarse que yo iba a ser la que iba a terminar sobrepasando la línea e iba a acabar durmiendo plácidamente sobre su pecho. Lo abracé en sueños y sin percatarme, pero mentiría si dijera que no me había gustado.

Moví la cabeza saliendo de mi pequeño trance sobre los extraños sucesos de anoche y me sitúe frente a la cama, donde reposaba el bonito vestido que había decidido que me pondría. Después de que Brianna y yo nos recorriéramos casi todas las tiendas de Londres por más de tres horas, logramos dar con la prenda perfecta.

Mi príncipe azul |H.S|¡Lee esta historia GRATIS!