Capítulo 26: "Eres preciosa".

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-¿Tienes hambre? -le pregunté mientras él me acariciaba lenta y suavemente la mejilla. Asintió con la cabeza.

-¿Pido una pizza? -asentí con la cabeza, y él me dio un beso en la mejilla, mientras se levantaba. Me centré en la película, en cada cosa que decían, que me hacía emocionarme. Me levanté para poner la mesa, sin quitar la vista de la película. Mientras colocaba los vasos, William me golpeó en el culo, y después lo masajeó. Oh dios mío...

-¿Qué haces pervertido? -le pregunté burlonamente. Él me beso en el cuello y rodeó mi cuerpo con sus brazos.

-Me gusta tu culo... -me susurró al oído. Reí-. Me encanta tu culo.

-Y a mí me gustas tú, y me encantas tú -le dije. Me giró, y acarició mis hombros lentamente, pasando hasta mis codos. Pasé mis manos por su pelo, y lo acaricié. Estaba áspero, pero no me importaba.

-Eres preciosa... -sentí su aliento chocar contra mis labios, haciendo que me mordiera el labio inconscientemente. Pegó sus labios a los míos, y dejé de morderme el labio. Movió su boca, y gemí, haciendo que él pasara de mis caderas a mis glúteos. Rodeé mis piernas en su cintura-. Me hubiera encantado quitarte ese vestido blanco... -gemí en sus labios, al sentir su erección. ¿Estoy preparada para hacerlo?  En ese momento, llamaron al timbre. Dejé de rodear su cintura, y fui a abrir la puerta.

-Hola, buenas noches -saludó el repartidor. Le regalé una sonrisa. Cogí la pizza, le pagué, y fui hacia adentro. Me senté en el sofá, al lado de William.

-¿Has pagado tú? -me preguntó arqueando una ceja. Asentí con la cabeza-. No tendrías que haberlo hecho.

-Pero lo he hecho -le contesté. Abrí la pizza, y me llevé un trozo a la boca. Mastiqué ese queso fundido, tan sumamente bueno, junto esos trozos de jamón. Cerré los ojos y disfruté de aquel sabor tan maravilloso. William empezó a reírse a mi lado, y abrí de momento los ojos.

-Pones una cara tan graciosa... -me dijo William. Intentó acercar su mano a mi cara, pero me aparté. Me terminé de comer el trozo de pizza, y cogí otro. Notaba que el rubio me miraba, pero yo no quería mirarle. Estaba centrada en la película-. Como no me hables esta noche vas a tener lo que te mereces... -le miré-. ¿Te acuerdas de lo que te dije una vez? Si me das lo que yo quiero, te daré lo que te gusta. Pero si no me das lo que quiero, te daré lo que te mereces. Y por ahora, esto no lo quiero -y en ese momento, me di cuenta. Abrí los ojos, y me di cuenta de que en la vida real no se dicen esas frases de película, que nadie cruzaría un océano para abrazarte cuando tengas frío, que las historias de amor solo existen en canciones, que las personas cuentan mentiras, que siempre será más fácil perdonar que olvidar y que las cosas nunca vuelven a ser lo mismo. Cuando pensé en eso, se levantó, me abrió las piernas, y rápidamente me bajó las bragas-. Me hubiera encantado quitarte ese vestido... -me repitió. Acercó su lengua a mi feminidad, y la pasó por mi clítoris, y gemí inconscientemente. Metió su dedo índice, mientras lamía. Jadeé, mientras eché la cabeza hacia atrás y me relamí los labios, mientras mis párpados se cerraban. Noté que llegaba... me iba a correr. Pero en ese momento, se apartó de mí. Abrí los ojos, y cerré la boca. Le arqueé una ceja.

-No he acabado... -le reclamé. Él puso una pícara sonrisa.

-He dicho que te daría lo que te mereces... ¿recuerdas? -arqueé una ceja y volví a mirar hacia la película, mientras me colocaba de nuevo las bragas. Tenía una cara de decepción, me la notaba-. A la cama -me ordenó de momento. Pasé de él.

-No quiero -le contesté. Después, me cogió en brazos. Chillé, le pegué patadas, pero no me soltó. Entramos en su habitación, y me puso en su cama. Quise irme, pero se puso encima de mí y me agarró las manos. Jadeaba bruscamente.

-Como no te estés quieta te follo aquí mismo -me dijo bruscamente, mientras notaba su erección chocar en mí. La empujó, y gemí. Nos quedamos unos segundos en silencio, mientras que observaba su rostro.

-¿Y por qué no lo haces? -la pregunta salió de mis labios antes de que pudiera hacer nada. Otros segundos en silencio. Él abrió los ojos, y se apartó de la cama y de mí.

-No estás preparada -susurró. Arqueé una ceja-. Cuando lo estés lo sabrás, y yo también -cerré los ojos y me quedé pensando unos segundos. Antes me he cuestionado si estaba preparada... Abrí los ojos. Eso es porque no lo estoy, no aún.

-Lo sé -aunque fue un susurro casi inexistente, él lo escucho. Se giró, y me miró con sus ojos del color del mar. Quiero saber en lo que está pensando. ¿En qué piensa? Necesito leer su alma, necesito saber que piensa, que siente hacia mí.

-Estoy pensando en que sería maravilloso que me abrazaras -dijo como si me hubiera leído la mente. Abrí la boca sorprendida, y me quedé paralizada unos segundos. Cuando parecía que él iba a darse por vencido y levanté de la cama y me acerqué a él, y rodeé su cuerpo, mientras él me acariciaba el pelo suavemente-. No te separes de mí -susurró. Lo agarré con más fuerza. No tenía intención de separarme de él-. Nunca -sonreí. Miré su cara, su bonita cara. Y sus ojos, que me miraban con cariño, con dulzura.

-No tenía pensado separarme de ti -le susurré-. Nunca -juntó nuestras bocas, haciendo otra vez que un escalofrío recorriera mi columna vertebral. Le desabroché rápidamente cada botón de su camisa rosa, pero no se la quité.

-Eres preciosa... -repitió en un susurro mientras me acogía con su cálida musculatura. Me acarició las mejillas, y yo lentamente le acariciaba el pelo. Me separé de sus labios, y le abracé. Él pasó las manos por debajo de mi camiseta, rozando mi espalda con sus suaves manos. Me separé de él completamente, y abrí lentamente su cama. Me metí dentro de ella, y le hice un hueco. Él se acostó a mi lado, y me acarició la mejilla, mientras observaba esos ojos del color del mar.

-Me encanta cuando me miras a los ojos y sonríes -sonreí. Tenía razón. Pero recordé en lo que pensé antes. Él no me quería, no iba a enamorarse de mí-. ¿Te pasa algo? -negué con la cabeza rápidamente mientras me acostaba de espaldas a él-. Puedes contármelo. Dijiste que nos lo contaríamos todo.

-¿Quieres saber lo que me pasa realmente? -le pregunté borde-. Que tú no cruzarás nunca ningún mar para estar conmigo, para abrazarme, para sentirme -dije más débil de lo que quería sonar.

-Te dije que no quería que te separaras de mí -me recordó-. Y si alguna vez nos separamos, iré tras ti, ¿me escuchas? -asentí con la cabeza lentamente-. Y ahora, ven aquí y me besas -sonreí, y me rodeé. Le miré a los ojos, y le sonreí.

-Tonto... -susurré.

-Estúpida... -me dijo abrazándome. Después, los dos nos quedamos dormidos, él bajo mi calor, y yo bajo su calor. Esa noche, soñé con ojos azules, confesiones atrevidas, y con un mundo en el que él me quisiera y todo fuera de color de rosa.

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