La casa de los abuelos

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Mi abuela siempre dice que para morir, hay que vivir...

Me lo dice ella quien, entrando en un proceso propio de la edad adulta, poco a poco va olvidando algunas cosas de su vida a diario.
Los recuerdos que guarda, y me cuenta, son oro en polvo. A veces los repite hasta que los siento propios, o los imagino como una película de la cual ella es la protagonista.

Mi abuelo la acompaña, aunque a veces la pelea un poco.

No sé cómo explicarlo, pero puedo asegurar que en cada comentario cascarrabias que él hace, ella vuelve a sus 40 años.

En la casa de mis otros abuelos hay un vacío. Hace exactamente ocho años que mi abuelo se convirtió en un ángel de la guarda, y mi abuela está sola.

Durante mucho tiempo no podíamos nombrarlo, extrañarlo tanto le hacía mal. Hoy celebro que podamos compartir sus historias, hablar de él en familia, recordarlo y mantenerlo vivo como lo que fue: un roble, buena madera.

Cuando ella habla sobre él, sus ojos brillan tanto que nos deja anonadados. Fue su príncipe, la rescató, y ella lo sabe. Lo admiraba y lo ama.

Tengo la suerte de sentir lo importante que es disfrutar de tenerlos. Cada vez que vuelvo los visito. Sé que ese tiempo con ellos tal vez no pueda repetirse. Es así, un sentimiento fuerte, pero real.

Siempre sentí que los abuelos, aunque sean los abuelos de tus amigos, o los hermanos de mis abuelos, reflejan historias en sus ojos; y aunque una crece pasando por muchas etapas, ellos siempre son abuelos. Definitivamente las dos o tres generaciones que nos llevan por delante les sientan muy bien.

Al final de cuentas, ellos fecundaron las historias de amor que nos dieron la vida. Tengamos el placer de contarlas.

"La casa de los abuelos"
Córdoba, Argentina, 20 de enero de 2017.

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