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-Prólogo-

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Piensa en tu lugar feliz.

Piensa en tu lugar feliz.

Fran Sárter no era la persona más social del mundo, y eso se notaba a simple vista. No obstante, el cambio de escuela lo había hecho recluirse aún más: si antes no salía con amigos, ahora ni siquiera tenía algunos; si antes no usaba el celular, ahora lo había devuelto alegando que no tendría a quién llamar.

Pues ahora todo era peor...

Para sus padres, claro, ya que Fran vivía su vida a pleno.

Y aunque todos decían que era imposible habitar en tu propio mundo, él podía darles un gran argumento sobre por qué estaban equivocados.

Se pasaba la mitad del día (la que le permitían) encerrado en su cuarto, recostado en la cama mientras imaginaba historias y poemas invisibles.

¡Todo sin salir de su pieza!

Visualizando sitios solitarios; lugares en los que pudiese ser él mismo sin que nadie intentase convencerlo de lo contrario.

¿Quiénes eran los demás para subestimar eso?

Luego de diversos debates durante el verano, los señores Sárter llegaron a la conclusión de que su hijo mayor no sería un ermitaño y por esto comenzaría una nueva escuela.

Lo cual estaba por hacer a continuación: empezar en un lugar nuevo a los 16 años, a tan solo 730 días de graduarse y poder huir, a tan solo 730 días de obtener su libertad.

No es como si ahora no pudiese hacerlo pero, ¿cómo conseguiría en esta moderna infraestructura un rincón para estar solo? ¿Quién podría entender a un rarito entre tantos uniformes bien arreglados y peinados tirantes?

Nada sería lo mismo. Y eso a Fran lo asustaba.

—Anda cariño, pon buena cara —pidió su madre esperanzada.

Es la única que tengo, quiso contestar. En su lugar dijo:

—Lo intentaré, mamá.

— ¡Vamos, Franco! No es tan complicado hacer nuevos amigos a tu edad —exclamó su padre antes de que el auto se sumiera en un silencio incómodo.

Tal vez para ti no papá, eres el conductor del noticiero matutino. Sin embargo, palabras diferentes volvieron a salir de sus labios.

—Claro que no. Seguro me irá bien.

Aunque Fran no estaba tan seguro de eso.

Tras un cuarto de hora de camino arribaron al imponente edificio blanco, perfectamente limpio y con aberturas de aluminio.

Escuela de chetos. Pensó apenas la vio.

Él venía de una escuela pública, y no porque sus padres no pudiesen permitirse otra, sino porque le gustaba pasar desapercibido. Y, ¿qué mejor que una escuela de tres mil estudiantes?

—Adiós, cielo. Te pasaremos a buscar a la salida.

¿En serio? ¿Así pretenden que sea un ser social?

—Tranquila, ma. Volveré en el autobús. Seguro que algún compañero también y podemos volver juntos —intentó convencerla dándole en su punto débil: los amigos.

Su madre, quien había observado su aislamiento durante mucho tiempo, no iba a dejar pasar esa oportunidad planteada en una bandeja de plata. Después de todo, ¿en qué otra ocasión Fran ofrecería socializar por voluntad propia?

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