Clara accedió rápidamente, no fuese a ser que su hijo se arrepintiese.

—Chau —saludó su papá de forma cortante después de que cerrara la puerta trasera. Le respondió con un gesto de cabeza y se quedó mirando cómo el auto salía del estacionamiento escolar.

Joaquín Sárter y él nunca habían tenido una relación particularmente estrecha.

Con fatiga, comenzó a caminar hacia la entrada, negando lentamente con la cabeza. No dejaría que su progenitor le arruinase el día.

Cruzó el umbral y observó a su alrededor: los pasillos estaban sumidos en una total tranquilidad y ni un alma caminaba por allí, señal de que el timbre ya había tocado.

— ¡Hola! —exclamó una voz chillona que se lanzó sobre Fran. Al parecer lo estaba esperando —. Eres Franco, ¿cierto? —sonrió.

Era una maza petiza y delgada con un bien arreglado cabello pelirrojo mantenido en la parte trasera de su cabeza con una cantidad incontable de invisibles; este caía sobre sus hombros con unas delicadas ondas. Unas pupilas marrones se mostraban grandes y rodeadas por infinitas pestañas y unas bien formadas cejas en una delgada pero rosada cara.

Una sonrisa de crema dental le daba la frutilla al postre.

A cualquiera le podría haber parecido hermosa, con un aura angelical. A pesar de eso, Fran sospechaba que abajo de la ropa tenía de todo menos alas.

—Sí —contestó escuetamente.

La felicidad no se movió del rostro de la "anfitriona".

— ¡Genial! Soy Ema —le estrechó la mano efusivamente —. Me han dado la tarea de guiarte por el instituto. Soy tu compañera en casi todas las clases.

Él se limitó a asentir.

—Okey —comentó ella dándose cuenta de que, el nuevo, no era un gran partidario de las conversaciones.

Caminaron juntos por un largo corredor y subieron unas escaleras. Se detuvieron en el primer piso.

—Por aquí, el tercer curso a la izquierda es el nuestro. En este momento estamos teniendo Literatura con la profesora Marquez. Creo que al horario te lo darán al salir así que no te preocupes por eso.

Ambos se acercaron a la puerta. Era alta y de color caoba, tenía vidriada desde la parte superior hasta llegar a la mitad.

La nueva conocida de Fran tocó suavemente con los nudillos en la parte de madera de la abertura, provocando un ruido sordo, casi como un eco.

—Adelante, Señorita Pulti.

—Profe, él es Franco Sárter, el nuevo alumno. Estaba guiándolo —mencionó, en tanto caminaba a su asiento.

Fran quedó parado junto al pizarrón, con su mochila colgada al hombro izquierdo y siendo sostenida por su mano. Podía notar las miradas sobre él por lo que, inmediatamente, un instinto asesino hacia la idea de sus padres embargó su cuerpo.

—No se quede ahí parado, Sárter —comentó la profesora —. Siéntese con el Señor Díaz, tengo entendido que se le da bien charlar —dijo despectivamente, señalando el sitio que se encontraba en la última fila al centro del salón —. Cuando se ubique proseguimos.

Sintiendo la transpiración en su nuca, caminó lentamente hasta el lugar que le habían asignado. El sonido de sus pasos fue remplazado por el de la chirriante silla, que se quejó cuando la corrió hacia atrás para acomodarse.

—Hola —susurró su compañero —. Soy Guido.

—Soy Franco —se presentó de igual manera.

El joven tenía el cabello negro y sus ojos eran marrones; poseía algún que otro grano en su frente pero nada que pareciese preocuparle demasiado. Además, gran parte de su cara estaba ocupada por unos anteojos de pasta negra, los cuales se acomodaba pasando unos minutos.

—Señor —Fran y Guido temblaron, preparados para el sermón sobre la charla durante la clase —...ita —completó, sacando un suspiro de la mayoría de los criminales no descubiertos —. Señorita Lécaris —repitió —, ¿está usted prestando atención?

— ¿Ah? —la aludida no parecía darse cuenta de donde estaba. Parpadeó rápidamente y pareció caer de nuevo en la realidad, puesto que se sonrojó —. Lo siento, Profe.

—Que no se repita si quiere aprobar mi materia.

—Claro que no. Perdón —volvió a decir la chica.

Nadie le prestaba atención al altercado; ya era común en esa estudiante que la atraparan en otro universo.

El único que estaba mirando era Fran.

—Alma —lo codeó Guido.

— ¿Qué?

—Que se llama Alma —esta vez acompañó el comentario con un guiño.

Alma repitió.

Un largo cabello castaño estaba distribuido en su costado derecho y se encontraba sostenido hacia atrás con una traba de color azul en forma de moño. Como se sentaba dos asientos más adelante no lograba observarla bien.

De qué color serán sus ojos.

Y, como si fuera obra del destino, Alma se giró y pidió un lápiz a la adolescente que estaba sentada atrás.

Verdes.

Así era.

Unos grandes ojos verdes se mostraban en la cara de la chica: tan claros que podían confundirse con el celeste o con el miel, según desde donde se mirase.

Entonces dirigió la vista hacia la dirección de Fran y le dedicó una espléndida sonrisa, para luego darse vuelta nuevamente.

No te enamores, susurró su inconsciente.

Pero era demasiado tarde.

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