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Caín Raven


El sonido del viento en el exterior acompasaba la sórdida risa de mi atacante nublando aun más mis sentidos con la sensación cálida de mi sangre bajando por mi espalda seguido del estremecimiento que produce la muerte cuando se está acercando. Nunca había imaginado que esta sería la manera en la que moriría. Pero creo que nadie espera imaginar como viviras el ultimo día de tu vida en el que una parte de ti, cree que todo acabara perfectamente, entre la misma monotonía de un día comun, hasta que te das cuenta, te has equivocado. Esa es la clase de ironías que me producen gracia y me habría encantado reír de mi suerte.

La silueta de mi atacante comenzó a tomar forma frente a mí mientras se acercaba. La oscuridad me impedía ver su rostro y sabía que era un gusto mórbido que mi última petición fuera conocer a quien me robaría la vida. 

—¿Voy a morir? —Pregunte mi cerebro no terminaba por conectarse entre su final más obvio y la salvación que soñaba. Me escuchaba plagado de temor.

Sujeté la herida sobre mi hombro con fuerza aunque esto no detenía el sangrado y tampoco sentía los dedos de aquel brazo a causa del profundo corte.

—No —respondió y su voz grave se quedo rápidamente grabada en mi memoria.

Un escalofrió me recorrió al sentir una mano fría sujetando mi mandíbula haciéndome abrir la boca a la fuerza demostrándome la capacidad física del extraño y dejando caer algo en ella. Cuando aquello tocó mi lengua descubrí un sabor era salado con regusto interior amargo. Como una medicina. Rocé con mi lengua mi paladar para recordar bien el sabor e intentar identificarlo  sin éxito; si era veneno esperaba que hiciera efecto rápidamente.

Cuando me liberó entre las sombras que se colaban de la oscuridad exterior, noté que comenzaba a alejarse con lentitud hasta que los sonidos de sus pasos desaparecieron.

No sé cuantos minutos o segundos pasaron para que finalmente aceptara mentalmente que estaba solo.

Respiré aliviado y me levanté sintiendo un largo mareo que me hizo notar lo desesperadamente que necesitaba ayuda si quería vivir. Quien fuera mi verdugo esa noche me estaba dando una segunda oportunidad que no iba a desaprovechar en medio de dudas y agradecimientos vacios. Apenas pude encontrar un poco de luz proveniente de los faros en el jardín colándose por la ventana note mi ropa bañada en sangre. Prácticamente ya no lograba distinguirse su antiguo color blanco en mi camiseta.  

Tome una bocanada de aire. El mínimo esfuerzo de tomar el teléfono me hizo golpear el suelo con mis rodillas por la debilidad. ¿Y lo peor? No había conexión. La línea estaba muerta.

Lo último que recordaba del mundo exterior era una tormenta de nieve. La primera noche del mes de diciembre y la nieve ya se estaba haciendo presente a gritos. Me levanté de nuevo y me dispuse a salir. Nadie me ayudaría dentro de mi casa, el único que podría era Laird Blake. Mi único amigo, el vivía a unos 500 metros de mi casa.

Había vivido la mayor parte de mi vida en las afueras de un pequeño pueblo en Karelia del Norte, Finlandia. Mi tío Enoc me había cuidado desde la muerte de mi madre, ella había fallecido horas después de mi nacimiento y mi padre, si es que podía llamarle así debía estar en Irlanda, el lugar donde había nacido hacia casi dieciocho años. No sabía la razón por la cual vivía tan lejos y porque jamás lo había visto, tampoco me lo preguntó ni forcé a mi tío a que me lo respondiera, siempre he sentido rencor por él gracias a su abandono y sin embargo quizás que estemos lejos y jamás nos hayamos visto la cara, es lo mejor.

Mis pasos sobre la nieve eran pesados y lentos y cada uno me provocaba un estremecimiento de dolor recorriéndome la espina, sumado al aire helado del exterior hizo que la sangre bajando por mi espalda se helara.

Sabía que la vida se me escapaba y las gotas de sangre que no se congelaban, caían a la nieve impregnándola de color escarlata. Cada vez eran más grandes con los pasos que mis pies fallaban y se predisponían a dejarme en el suelo. No quería rendirme.

La visión cercana de la casa me hizo recuperar ligeramente y determinarme mucho más a llegar. Solo faltaban unos metros y ya podía ver la gran ventana corrediza que daba al exterior desde el estudio. Las luces estaban encendidas y pude ver a Laird leyendo en el interior.

Con mi brazo sano intente abrir la gran ventana corrediza que en verano siempre estaba abierta para dar entrada y salida en la casa, aunque rápidamente me decepcione al ver que estaba cerrado. Desesperado toqué la puerta de vidrio rogando que me escuchara. Lo hice hasta que mi vista se nublo y ya no sentí el piso que me sostenía. Entonces deje de sentir frio.

Heredero Oscuro (El Ministro Oscuro #2)¡Lee esta historia GRATIS!