Prologo

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¿Mi novio? Mi novio es un idiota, un patán, un cerdo engreído al que en estos momentos detesto. Le he soportado todo, todo lo que me hace sin chistar: que desaparezca por semanas, incluso meses, si se le da la gana; que no envié mensajes, ni haga llamadas; que me plante por irse de juerga con sus amigos; que le tire los perros a cuanta zorra se le cruce en el camino...

«No sé porque sigues con él».

Eso siempre me pregunta mi mejor amiga, pero ni siquiera yo lo sé.

¿Amor?

¿Quizás sea por sus regalos? No, eso no me compra, de hecho el problema es que regresa como el perro con la cola entre las patas, suplicando que lo perdone, y aunque duele aceptarlo, como siempre soy demasiado estúpida para decirle: ¡No!

Pero esta vez se ha volado la barda, no le fue suficiente llevarse a la cama a una golfa, sino que el muy cretino hizo un trío con dos zorras.

¡Maldito hijo de p...!

Pero eso no se quedará así, Carver Leiner, sabrá quién es Conny Damme. Levanto la botella de whisky y le doy un trago hasta dejarla seca. ¡Genial! Ahora tengo suficiente alcohol en el cuerpo para hacer lo que tengo en mente.

― ¡Es hora! ―me digo en voz alta.

Tomo la pequeña valija que se encuentra en el asiento del copiloto, abro la puerta de mi auto y cruzó la calle. Empuño la llave que abre las puertas de mi venganza. El candado cede y sonrió al saber que he logrado traspasar la imponente reja de la mansión Leiner.

«Esto le dolerá más que cualquier cosa que pudiera hacer».

Sonrió con malicia mientras avanzó hacía la casa. No hay nadie, lo sé porque he visto salir a todos los sirvientes. ¿Razones? No tengo idea. Pero, ¡mejor no podría ser!

Subo los escalones de la entrada y me detengo frente a la puerta, de nuevo uso el juego de llaves que le robe a ese cabrón de Carver. Empujo la superficie de roble e ingreso, mis tacones resuenan sobre el elegante recibidor mientras avanzo en busca del interruptor. Una vez que lo encuentro, enciendo las luces sin importarme si alguien del exterior se percata. Sería fantástico que viniera y presenciara mi obra de arte.

He estado en esta casa un par de veces, pero es suficiente para ubicar la localización de mi objetivo. Cruzó el pasillo hasta entrar a la sala principal, donde lo veo. Parece que me llamara. Se trata de su cuadro, hecho por un famoso pintor inglés, el cual se encuentra justo sobre la chimenea.

― ¡Gilipollas! ―Dejo mi bolso en el piso y sacó un par de frascos, que agitó energéticamente mientras observo como dar alcance a mi objetivo.

Miro alrededor y localizo una silla que podría ser de ayuda. No he bebido mucho, pero si lo suficiente para que mi ligera embriaguez no sea de ayuda y mis tacones menos. Dejo de lado los frascos y me inclino para quitarme los zapatos. Batallo con los broches, pero logro sacarlos. Sin embargo, hay otro problema. Mi atuendo. Llevo un vestido de noche, largo y que es regalo de mi adorada madre, si una gota de pintura cayera sobre el, me mataría. Dejo escapar un suspiro y comienzo a bajar el cierre. Me lo quito y lo dejo sobre la valija.

Estoy en ropa interior, tengo lo que necesito, así que es hora de actuar. Muevo la silla justo frente a la chimenea, tomo los aerosoles y subo hasta que mi rostro queda a la altura de su perfecto rostro de niño lindo, de playboy, de cretino. Retiro la tapa del frasco y comienzo a pintar el lienzo al recordar mis motivos. Sé que le dará un infarto cuando lo vea y eso me hará sentir de maravilla. Una vez que le he puesto cuernos, que bien le hacen falta, solo que no soy una zorra, decido cambiar el color y me doy vuelo desfigurándolo. Dibujándole bigotes, pintando su boca de forma grotesca...

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