11.Sin varita

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Hermione:Chicos...Ahí hay alguien. Alguien nos está observando. Lo noto. Allí, detrás de esos arbustos.

Nos quedamos quietos, escrutando los densos y negros límites del cementerio. Pero no veía nada.

Yo:¿Estás segura?

Hermione:He visto moverse algo, juraría que he... -Se separó de él para tener libre el brazo de la varita.

Miramos hacia atrás varias veces mientras salíamos del cementerio. Me alegré cuando llegamos a la cancela y pisamos la resbaladiza acera.
Nos arrastramos por una oscura calle por la que se salía del pueblo en dirección opuesta a la que los había llevado a Godric's Hollow. Distinguí el punto donde terminaban las casitas y el camino se perdía de nuevo en los campos, así que anduvimos tan rápido como nos fue posible, pasando por delante de varias ventanas en las que destellaban luces multicolores y a través de cuyas cortinas se adivinaba el contorno de árboles navideños.

Hermione:¿Cómo vamos a encontrar la casa de Bathilda? -preguntó Hermione, que temblaba ligeramente y no paraba de mirar hacia atrás-. ¡Chicos! ¿Ustedes qué opinan? ¡Chicos!

Nos tiró del brazo, pero no estábamos prestándole atención, concentrados en la oscura edificación que se alzaba al final de la hilera de casas. A continuación echamos a correr tirando de Hermione, que resbaló un poco en el hielo.

Harry:Es aquí, Hermione...

Yo:Donde murieron nuestros padres...

Gran parte de la casita seguía en pie, aunque cubierta por completo de oscura hiedra y nieve, pero la zona derecha del piso superior estaba destrozada. Tenía la certeza de que era allí donde la maldición había rebotado. Nos quedamos de pie frente a la verja contemplando las ruinas de lo que, en su día, fue una casita muy parecida a las que había al lado.

Dejamos de contemplar la casa al ver que una figura envuelta de arriba abajo se nos acercaba renqueando; las luces de la lejana plaza recortaban su silueta. Me pareció que era una mujer, aunque resultaba difícil distinguirla. Andaba despacio, probablemente para no resbalar en el suelo nevado, pero el hecho de caminar encorvada, su gordura y la forma de arrastrar los pies indicaban que se trataba de una persona muy anciana. La observamos acercarse. Pensé que tal vez entraría en alguna de las casitas por las que pasaba, pero su instinto le decía que no lo haría. Al fin la figura se detuvo, nos quedó mirando y nos hizo señas.

Harry:¿Es usted Bathilda?

La figura envuelta asintió y volvió a hacernos señas. Pasó por delante de varias casas, con nosotros detrás, y al fin entró por la verja de una de ellas. Harry, yo y Hermione la seguimos por el sendero que discurría por un jardín casi tan descuidado como el que acabábamos de abandonar. Al llegar a la puerta principal, la mujer sacó una llave, abrió y se apartó para dejarnos entrar.
Ella olía mal, o quizá el mal olor provenía de la casa; arrugué la nariz al pasar con sigilo por su lado. Ahora que estaba cerca de la anciana comprobé lo bajita que era; encorvada por la edad, apenas le llegaba a la altura del esternón. Cerró la puerta con una mano cubierta de manchas y nudillos azulados y se volvió hacia mi; sus ojos eran opacos a causa de las cataratas, y tenía la cara cubierta de capilares rotos y manchas de vejez. Me pregunté si podía verme con aquellos ojos enfermos; si así era.

Bathilda iba de un lado para otro encendiendo velas, pero la estancia todavía estaba oscura, además de sumamente sucia. La mujer parecía haber olvidado que podía hacer magia, porque encendía las velas a mano, torpemente, de modo que siempre estaba a punto de prender el puño de encaje de su manga.

Harry:Permítame que lo haga yo -se ofreció Harry, y le cogió las cerillas de la mano.

Ella lo observó mientras él acababa de encender los cabos de vela que había en unos platillos repartidos por toda la estancia.

La hermana de Harry Potter 4¡Lee esta historia GRATIS!