Epílogo

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Epílogo

Mijael Rabinovich tenía por costumbre describirse ante los interesados como un hombre de uno 1, 80 metros, ochenta y cinco kilos, en buen estado físico. Tenía 31 años cumplidos ese mismo año. El cabello castaño oscuro hasta parecerse al negro y rulos cuidados que caían hasta sus hombros, detalle del que se sentía secretamente orgulloso. Los ojos de color verde claro, por lo que la gente solía sentir que lo conocía con una sola mirada.

Se había hecho tatuajes en la espalda (una versión estilizada de Kronos devorándose a uno de sus hijos, máscaras de demonios orientales que, según las leyendas, se comían a quienes los ofendían de un bocado) y uno en la pantorrilla (símbolo tribal africano), además de un pequeño piercing en la ceja izquierda, la cual de todos modos estaba partida gracias a una vieja herida producida en la niñez durante un juego con sus primos mayores. El tono de su piel era caucásico, pero los días de natación en la piscina de su tía le habían permitido adquirir un tono como de miel diluida, otorgándole vitalidad y una juventud más madura.

Jamás se había enfermado de nada más grave que una laringitis. Él podría presentar un escaneo de los resultados de sus últimos estudios médicos si quedaba alaguna duda al respecto. Su sangre era de donador universal. Sólo bebía durante las reuniones sociales y nunca nada más fuerte que una cerveza o un vino tinto. Ningún cigarrillo había pasado por sus labios y no mantenía relaciones cercanas con ninguna persona que tuviera por costumbre fumar.

Erecto, llegaba a los diecinueve centímetros. En estado de reposo, diecisiete.  Cuatro centímetros de diámetro. En su computadora, bajo contraseña sólo por si acaso, guardaba fotografías ya hechas que atestiguaban ambos hechos, pero rara vez las utilizaba. En los círculos cibernéticos por donde Mijael solía moverse no todo el mundo estaba especialmente interesado en ver esas partes de su persona. Le pedían saber cómo era su cuerpo entero. De vez en cuando le pedían que se apretara los músculos frente a una cámara y que se pellizcara cualquier porción de grasa, de modo que se viera que no sólo era huesos.

Vivía solo, pero iba a comer a la casa de su madre por lo menos un par de meses al mes. No tenía pareja. Se consideraba bisexual. Trabajaba de diseñador gráfico independiente para lo que sea le llegara: videojuegos, páginas web, editoriales pequeñas online y cualquier actividad por la cual pudiera ganar su sustento. No estaba sujeto por ningún contrato que le exigiera un trabajo constante. Tenía suficiente dinero para viajar a cualquier parte del mundo.

Mijael siempre se había considerado y no tenía nada que ver con que sus padres le habían puesto ese nombre viviendo en Argentina. Durante gran parte de su vida había temido que fuera el único con esas ideas e imágenes saltando en su cabeza, desde la infancia, desde que podía recordar, hasta que empezó a hablar con la gente apropiada y dejó de considerarse un demente. Podía aceptar la posibilidad de que todavía lo era, pero al menos ya no se sentía un elemento fuera de lugar en el mundo. Era comprendido.

Llevaba años deseando realizar un viaje como el que ahora realizaba. Cuando bajó del avión en el aeropuerto Ezeiza, Mijael se concentró en hacer un repaso acelerado de su escaso vocabulario italiano, estudiado a las prisas en las últimas dos semanas. No sabía qué tanto iba a necesitarlo o durante cuánto tiempo, pero era la primera vez que salía de su país y no quería depender todo el tiempo de sus anfitriones para todo. Deseaba causar las menores molestias posibles de modo que la experiencia fuera lo más placentera para todas las partes.

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