Manto blanco

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Era una noche de invierno, la niebla cubría con un manto cualquier ángulo que la vista pudiera alcanzar y el frío se adentraba en tus huesos y se arraigaba en ellos, haciéndose uno con el tuétano. En las noticias habían anunciado que, probablemente, sería una de las noches más crudas de todo el año. No me importó, pese a los intentos de mis padres de que me quedara en casa, crucé el umbral y desaparecí entre las gotas de agua causantes de ese fenómeno atmosférico. Necesitaba verlo, hacía la friolera de una semana que no nos veíamos fuera de la universidad y no podía aguantarlo más. Durante ese tiempo, sus mensajes también habían disminuido, cada vez eran más cortos, más fríos, más distantes. Sabía de sobras lo que se avecinaba pero a la vez no sabía nada. Por mi cabeza habían pasado muchas hipótesis, le había dado tantos giros a la situación que ya no era capaz de ver que posibilidades eran factibles. Mientras caminaba hacia donde él se encontraba, no pude evitar pensar en como podría cambiar mi vida esa noche. Decidí abandonarme a la música y dejar que ella tomara una decisión, que una vez más fuera ella la que controlara lo que pienso. ¿Cuántas veces había ella encontrado la luz entre esta ráfaga de oscuridad? Seguí caminando hasta que empecé a vislumbrar una silueta borrosa entre la densa niebla. Sin duda alguna, era él. Estaba de pie pero se mantenía en movimiento, iba de un lado hacia otro. Sonreí, sabía de sobras que nunca le había gustado el frío, y acto seguido la sonrisa se esfumó de mi cara.

 Me acerqué a él y me rendí en sus brazos. Mientras yo me deshacía, él se mantenía rígido y pude notar la tensión que había en su cuerpo, aunque él llevara aquel abrigo de piel que compramos juntos antes de que empezara el invierno. Busqué su mirada, ansiosa por ver el deseo, pero cada intento fue más fallido que el anterior. Se negaba a hablar, pero al final empezó a hacerlo. Ojalá no lo hubiera hecho. Hablamos, nos gritamos, él sacó todo lo que llevaba dentro. Yo me callé gran parte. Volví a mirarlo y no reconocí a la persona que tenía delante. Pronunció las palabras prohibidas que hicieron que esa noche mi vida cambiara por completo. Creo que me cogió de la mano, pero no estoy muy segura, únicamente miraba un punto fijo del suelo. Él continuó hablando, cada excusa se clavaba más, pero ninguna palabra me había herido tanto como las primeras. Aún ahora no sé en que momento dejó de hablar, tampoco sé cuando empecé a alejarme de él ni que recorrido hice mientras se cerraba una de las mejores puertas que había cruzado, pero a medida que me alejaba podía oír como se derrumbaba el hogar que habíamos construido juntos con el tiempo.

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