Capítulo 5

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Capítulo 5

Una vez, una sola vez, cuando todavía vivía en la casa de sus padres y estaba cursando el primer año de una carrera que nunca terminaría, Rodrigo vio a la esposa de su hermano esperándole en la acera al volver de la universidad. Ella nunca lo había visto, pero él sí a ella y gracias a las citas que había logrado espiar, probablemente sabía más de ella que la mayoría de sus amigos. La cara que tenía al  llegar al orgasmo en un parque a la noche oscura, en un rincón adonde las farolas no encendían, los dientes blancos capturando la débil luz de la luna, fue la primera imagen que saltó a su mente ni bien ella se volvió hacia él. Lo último que había sabido de la pareja era que se habían comprometido.

Le sonrió como si le reconociera, pero eso no le impresionó. Los rulos que no eran rulos Ortega podía ser fácilmente reconocibles y, además, si su hermano le mostró alguna foto de su pasado por fuerza su cara debió aparecer por ahí. Había perdido la cuenta de las veces que fantaseó que le metía un puño por la boca hasta el esófago y le destrozaba los intestinos desde el interior, de modo que por supuesto sólo quedaba actuar impresionado de que una mujer tan bonita le estuviera viendo directamente.

Y es que ella, maldita fuera por toda la eternidad, era preciosa. Los ojos del color suave de las avellanas, tan grandes que tenía cierto aire aniñado que, sin embargo, no le restaba sofisticación. El cabello lacio de color marrón oscuro caía como una capa de la realeza sobre sus delicados hombros. Todo complementado con un tono de piel moreno que le otorgaba vivacidad, no importara el gesto que hiciera. Lo mejor, sin embargo, debía ser que a pesar de todas estas características, ella todavía no andaba con el corazón en la mano como una ilusa que nunca hubiera crecido. Había inteligencia ahí, poca o mucha era difícil decir, pero estaba presente, templada por la tristeza.

Conocía su historia, desde luego. Desde los trece años había pasado por una racha de novios que nunca le duraban demasiado, hasta que uno de ellos la sorprendió (o eso decía ella, Rodrigo no podía creer que algo así viniera tan de sorpresa) torciéndole el brazo y entonces sólo tenía amigos con los que chapar de vez en cuando, simple e inofensiva diversión sin ningún lazo. Antes de finalmente conocer a su hermano, el cual apenas si hablaba de ella en casa a menos que se lo preguntaran, y cuando lo hacía Rodrigo podía percibir que el entusiasmo de su hermano era impuesto. De no ser porque a la larga sus conocidos se acabaron conociendo, ni siquiera tendría su nombre ahora presente.

Ella llevaba un saco y tenía las manos metidas en los bolsillos después de un breve apretón. No le acercó la mejilla para que se la besara y ni bien la vio más de cerca, se dio cuenta de que la tristeza había puesto pesas a cada lado de su atractiva sonrisa. Por unos segundos se entretuvo pensando que a lo que venía era a pedirle que sacara a su hermano de su casa. Las razones que tuviera para algo así le daban igual, mientras ese resultado no cambiara. 

Dejó que ella le declarara cuál era la relación entre ellos, por si acaso no lo sabía, y lo siguiente para Rodrigo fue preguntarle si su hermano estaba bien. ¿Por qué más iba a visitar al hermanito menor de su novio? Pero ella dijo que estaba bien. Mencionó como de casualidad que estaba de viaje por el fin de semana con unos amigos que hacían motocross, allá en Córdoba, y él no supo qué decir a eso. La acabó invitando al interior de su casa a tomar algo porque al menos estaba seguro que eso sí lo estaba esperando. Sus padres no estaban en casa tampoco, de modo que tenían el hogar para ellos dos.

Empezaron con la charla amable, como si fueran dos amigos con los que tenían pendiente ponerse al tanto. Le dijo acerca de sus clase, de la constante molestia de andar sacando las fotocopias y libros para cada clase, de lo insoportable que se le volvía todo con cada trabajo práctico y tarea que debía entregar para cada materia durante toda la semana. Pero no antes de que ella le comentara que adoraba sus clases de periodismo y estaba realmente fascinada con las cosas que le enseñaban. Odiaba a uno o dos profesores, a los que parecía que no podría importarle menos la clase y sólo estaban para cobrar el sueldo a fin de mes. Lo que de por sí no tenía nada de malo, pero sus padres estaban pagando por una educación, les estaban pagando y lo mínimo que podrían hacer sería ponerle un poco más de ganas al asunto.  Se sonrieron por un comentario gracioso que Rodrigo había hecho sobre que los prefería muertos del sueño y con cara de culo a pedigüeños y exigentes. Así no había ganas para estudiar de dónde sacarle. Entendía a lo que se refería.

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