Capítulo 4

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En los siguientes días Rodrigo apenas vio a su sobrino. Lo consideró una buena señal que fueran salidas con amigos o reuniones con grupos de estudio los que le mantenían ocupado. Ni bien llegaba a casa el chico volvía a despedirse y decía que iba a comer afuera, llevándose su mochila tras un cambio de ropa. A la noche regresaba cuando el cielo ya estaba negro en lugar de azul y se encerraba en su cuarto de nuevo.

Se sentía como vivir solo de nuevo, casi. No sabía lo acostumbrado que había estado a hacer comida para dos, preparar la mesa para dos persona y tener alguien con quien charlar sobre la mesa hasta que de pronto sólo contaba con su propia presencia. Incluso tener al agente Álvarez resultaba en una especie de magro consuelo para apagar el envolvente silencio.

Pero la peor consecuencia de esa distancia probablemente eran las pesadillas que le llegaban a la hora de dormir y durante el día, en los momentos más inesperados. El chantaje con el que había venido le tenía sin cuidado, apenas se acordaba de él. Ser castigado por los asesinatos cometidos y dejar que la justicia por fin pudiera cumplir su objetivo, después de tantos años de diversión y desenfreno, era en verdad la última de sus preocupaciones. Si eso llegaba a suceder aceptaría su destino sin protestas, sin pelear. Sólo su sobrino decidiría si quería publicar esas fotografías y contactar a alguien para dar testimonio del horror que vivía en su casa, y él perdiendo tiempo dedicando un pensamiento de sobra a la situación no iba a inclinar la balanza hacia ningún lado. Isaac no se lo traía a la mente y él no lo convocaba.

Eran las palabras que le había seguido al chantaje, esas espantosas palabras que su sobrino había pronunciado con precipitada inocencia, no dándole la importancia que debía, se habían convertido en miles de lujuriosos demonios que se subían por sus hombros y le susurraban malas ideas, parásitos horribles que le desgastaban su resistencia e hinchaban sus venas con un inevitable fuego.

Se despertaba a la mañana después de haber soñado que había sido su sobrino quien le devoraba esbozando una amplia sonrisa de satisfacción, sólo para ver que tenía una erección que quemaba entre sus dedos y palpitaba como un corazón vivo hasta que terminaba en su palma, dejándole una sensación palpable mezcla de culpa y asco. A veces, en medio de esa lucha de voluntad, una batalla que sentía cada vez más inservible, todavía oía la voz de su hermano pronunciando sus reproches y su rostro al darse cuenta de que su hermano menor, el mismo con el que había roto un importante tabú, estaba dañado más allá de cualquier remedio. Por desgracia no era con la suficiente frecuencia para recordar el por qué del rechazo.

Era su turno de trabajo en la carnicería un fin de semana. Las costillas de cerdo que cortaba encima de la tabla de madera se acababan de volver en el pecho ofrecido de su sobrino cuando escuchó a una voz llamándolo desde atrás.

-¡Rodri! –La voz de Emiliano.

Al darse vuelta su viejo conocido casi amigo estaba sonriéndole con el mentón, sostenido por el brazo apoyado en el mostrador. Le hizo un gesto de saludo y Rodrigo sintió una absurda sensación de alivio, casi de felicidad instantánea. Un recordatorio más efectivo de su hermano que su propia defectuosa memoria. Su hermano había sabido cuál era la manera correcta de actuar y comportarse. Tenía los dos pies bien plantados en la tierra, a diferencia suya. Su hermano evitaría que perdiera la cabeza. Le recordaría que era un tío con un sobrino que debía proteger.

-Mili –le dijo, fingiendo una casual simpatía-. ¿Qué estás haciendo por aquí? Hacía tiempo que no te veía.

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