Capítulo 25

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La trascendental noche en que Keith Mathew se atrevió a rechazar, ya no solo a un Douglas, sino al Douglas, con mayúsculas, fue una noche tremendamente común. Un suceso tan extraño e inesperado debería haber ido acompañado de todo tipo de acciones encadenadas que lo anunciasen, como pasaba siempre en las películas. Pero aquel día no llovió. Ni nevó. Ni siquiera hizo un sol espléndido, a decir verdad, y una ligera capa de nubes blancas cubría, de vez en cuando, el azul del cielo. No hubo terremotos ni maremotos anunciados en la televisión y, por supuesto, no se avistó ninguna invasión alienígena que acaparase los telediarios de la tarde. 

Keith, más adelante, pensó que todo aquello era merecedor de algún diluvio atronador, a juzgar por la reacción anonadada de Chris. Quizás incluso de la visita de algún Papa Noel temporal y espacialmente desorientado que dejase regalos en sus calcetines viejos. Pero, por supuesto, nada de eso ocurrió, y mientras Keith entregaba la funesta noticia a Chris y este daba la impresión de aceptarla, incluso la casa Douglas se mostró de lo más aburrida.

Le encontró en su despacho, cubierto de papeles que se amontonaban sobre su escritorio y que él movía de un lado a otro, en un orden que nadie hubiese comprendido. Solo el sonido de las teclas del portátil podía escucharse en el silencio del lugar y quizás, si se prestaba atención, algún que otro resuello del frustrado magnate. En realidad, se percató Keith, ni siquiera le había oído entrar.

—¿Chris? –preguntó vacilante a la vez que golpeaba innecesariamente la madera de la puerta abierta. La rubia cabeza se irguió, como si de verdad hubiese sido sobresaltado, y entonces aquellos ojos, que bajo la luz del ordenador resplandecían con reflejos dorados, se clavaron en él.

—¿Keith? ¿Qué haces aquí?

Bien, aquello era un buen comienzo. Nada de ceños fruncidos, ni de tonos hoscos. Quizás el día se presentase tranquilo.

—¿Cómo lo llevas?

Una de las finas cejas se alzó, lo que por regla general no resultaba ser una buena señal. Pero Chris se mantuvo en silencio hasta que finalmente preguntó:

—¿Qué sucede?

Tan directo como siempre.

—¿Qué? ¡Nada! ¿Por qué iba a suceder algo?--Pero se estaba yendo por las ramas y aquello no podía ser bueno. Le vio levantarse de su asiento para acercarse hacia él, pero no podía dejar que le tocase. Ahora no—. Lo siento, Chris, pero en realidad no quiero ser tu amante.

Vaya. Aquello, desde luego, consiguió una reacción. Chris se detuvo en seco, frunció el ceño y se envaró. Su cuerpo, que hasta hacía un minuto se mostraba receptivo y relajado, de pronto se enderezó, la tensión tan palpable que Keith pensó poder tocarla si alargaba una mano frente a él.

—¿Por qué? —fue cuanto dijo. Su tono, ahora sí, afilado.

—No es buena idea.

—¿Por qué? —repitió—. Creo que encajamos más que bien en la cama.

Ya, claro...

—Ese, definitivamente, es uno de los problemas.

—No lo entiendo.

Y eso, terminó Keith por él, no era común en su diccionario. Pero él no tenía por qué amoldar su vida a los caprichos o decisiones de aquel hombre que tanto bien y mal le había traído.

—Chris, mi vida ahora mismo es una mierda. Sí; yo lo sé, tú lo sabes y todos en esta jodida casa, seguro que también. Tengo suficientes problemas como para añadir uno más. Simplemente, no quiero hacerlo.

—¿Entonces para ti yo soy un problema?

Si se esperaba una negativa, lo llevaba claro. Aquel ceño fruncido y el tono cortante no iban a amedrentarle aquella vez.

Crueles intenciones (ChicoxChico) [Douglas 1]¡Lee esta historia GRATIS!