Capítulo 1

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Rodrigo se levantó con la alarma sonó a las 8:30 de la mañana, se vistió y se hizo la cama. Las ventanas estaban bajadas pero así estaban bien para él. Encendió y apagó las luces apenas las utilizaba o las dejaba de utilizar. Tomó el desayuno en frente del televisor en la sala mientras pasaban las noticias. Por fortuna no encontró nada que mereciera su atención.

Llegar a la fiambrería desde su casa no le tomó más que unos diez minutos. Como de costumbre sólo había llegado unos minutos después de que el dueño abriera. El olor del queso, jamón y vinagre en el aire era la primera cosa que recibía a todos sus clientes, pero él percibía también el sudor de sus compañeros, las papas fritas baratas de las estanterías. Faltaba la carne cruda y eso porque él debía traerla desde la parte trasera. Él era uno de los dos únicos carniceros de los que disponía el establecimiento. El otro, un gordo calvo con dientes ausentes que hacía difícil la comprensión de sus palabras, no tenía que reemplazarlo más que los fines de semana o en los muy raros casos en que necesitaban a alguien más encargarse de los otros servicios a clientes.

Nunca habían tenido un día en que estuvieran llenos para llenar la fiambrería, lo que probablemente significara que cualquier día iba a tener que buscar trabajo en la competencia que se ubicaba sólo a un par de cuadras y adonde incluso tenían un rollo de números en papel amarillo para que todos pudieran tener una oportunidad de ser atendidos. Pero de todos modos en realidad disfrutaba su trabajo. Era tranquilo la casi totalidad de los días y no existían presiones mayores que mantener los cortes preparados para quien los quisiera. Le gustaba poder tomarse su tiempo en el congelador decidiendo cuál animal despellejado colgado era el que estaba en mejor condiciones para ser servido. Mientras su colega podía simplemente escoger aquel que tuviera más cerca, él utilizaba sus dedos para averiguar la suavidad de la carne incluso debajo del congelamiento. Lo más seguro era que lo hubiera visto con malos ojos de saber que presionaba la nariz contra ellos y aspiraba, muy profundo y por completo, todavía encontrando los restos de la sangre de la cual ya los habían librado hacía tiempo.

En el caso de que no hubiera candidatos especialmente aptos para ese día, era tiempo de la sierra. Al principio había odiado la vibración terrible que le hacía sentir en sus manos y la forma en que le hacía pensar en gente bruta, sin inteligencia ni sensibilidad alguna, sólo destruyendo el mundo sin importarles crear nada bello en su lugar. Pero al cabo de un tiempo logró dominarla, logró acostumbrarse a su azote de poder y ellos dos se habían vuelto buenos amigos. Puede que no del tipo al que llamaría para ir a tomar una cerveza una noche en que le hiciera falta la relajación compartida, pero sí del tipo al que llamaría primero durante una emergencia entre la vida y la muerte. Eso era suficiente para él.

Parecía que igualmente ese día iba a suceder sin mayores novedades. La modesta televisión que sobresalía de un soporte en la pared pasaba una repetición de un episodio de los Simpson que, a pesar de que todos debían haberlo visto más de una vez en sus vidas, todavía los hacía mantener la atención en la pantalla y reírse en ciertos chistes. Él también, para qué negarlo. Había peores mañana de pasar una mañana un día de semana.

Alrededor del mediodía, antes de que decidieran cerrar hasta la tarde para permitirle a todo mundo tomar la siesta en paz, mientras entregaba dos kilos de lomo a un vecino suyo, un inofensivo viejito que dada la oportunidad podía conversar hasta que tuvieran que echarlo, la minúscula campana encima de la puerta volvió a tintinear. Antes de verlo, percibió el aroma de su desodorante y su nariz se arrugó en un leve gesto de desagrado que se apresuró en enterrar.

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