Parte 7

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"¡Ojalá la Diosa Madre se encargue de ti!"

Éstas son las palabras que se repiten en su cabeza mientras contempla las dos tumbas que yacen ante ella. Las ha limpiado cuidadosamente y puesto en cada una un ramo de flores. Pero no hay consuelo en estas acciones. Nunca lo hay.

La mujer revive cada instante que pasó con sus muchachos: los mejores años de su vida. ¿Por qué no pudo conformarse con eso? ¿Por qué tuvo que permitir que la envidia la dominara?

De nada le sirve ahora arrepentirse; el mal está hecho, y la sentencia pesa sobre sus hombros como la tierra que cubre un sarcófago.

Soledad... soledad eterna...

La mujer llora frente a las tumbas de sus hijos.

Desplazándose cual fantasma entre panteones y esculturas, de camino al portón del cementerio, descubre una fosa y una lápida que aún no ha sido puesta en su sitio.

Ella reconoce el nombre grabado en la piedra.

********************

Casi toda la población de Laguna Verde había asistido al entierro de Clara Milano, pero esto tenía su lógica, porque con noventa y siete años la anciana conocía a cada habitante del pueblo y era conocida por ellos. A Isabel la reconfortó que tanta gente hubiese querido a su amiga; por otro lado, sin embargo... sentía un poco de alivio.

La mujer se llevaba a la tumba muchos secretos compartidos, entre ellos el que le pertenecía.

El hijo de Clara, un señor muy elegante, dijo unas palabras sobre su madre con una voz entrecortada por la emoción. Detrás de él se hallaba su familia: esposa, hijos, nietos. El legado de la difunta... y de un pacto en el que más valía no pensar.

Pero Isabel no pudo evitar que el segundo relato de Clara se repitiera en su mente inquieta...

—No fue sino mucho después del exilio de Cordelia que me atreví a indagar acerca de la Diosa Madre —había dicho la anciana—. A decir verdad, cualquier señora del pueblo podría hablarte de ella en la actualidad, pero ninguna accedería a responder tus preguntas. Las más jóvenes, si acaso tienen alguna idea, no creen en la Diosa.

»Sin embargo, ella existe. Los primeros habitantes de la región le rendían culto, y en muchas otras culturas aún se la venera, aunque en diferentes formas. Muy pocos saben invocarla.

»La Diosa no es una persona como nosotros entendemos ese concepto. Si tuviera que definirla, la describiría como una fuerza de la naturaleza, una fuerza con la capacidad de razonar y actuar. Una fuerza femenina que en parte reside dentro de nosotras para guiarnos y darnos valor en un mundo gobernado por los hombres.

»El poder de la Diosa es positivo... y también tiene su lado negativo. Pregúntale a Cordelia Santos...

Clara guardó silencio. Isabel, con su mano apoyada sobre un vientre que ya no daba señales de vida, esperó. Comprendía lo que su amiga le estaba diciendo; más aún, en el fondo descubrió que en realidad sí conocía la existencia de la Diosa Madre: era como el aire, del que uno no está pendiente aunque se encuentre por todas partes y se inhale en cada respiración.

La anciana se preparó, con gran esfuerzo, para continuar.

—De mi propia abuela recibí la estatuilla. Fue ella quien me enseñó el conjuro para invocar a la Diosa. En ese entonces no lo necesitaba y ni siquiera deseaba aprenderlo, pero ella me aseguró que podría llegar a serme útil, así que memoricé el conjuro cántico por cántico y luego traté de olvidarlo. No lo conseguí.

»Años después, mi hijo enfermó de escarlatina. La fiebre lo estaba matando y yo ya no tenía esperanzas... salvo una. Pero también sentía miedo. Miedo del conjuro, y de la estatuilla que había escondido en un baúl sin dedicarle una segunda mirada. Miedo del precio. Oh, sí: hay un precio. No se puede invocar gratuitamente a la Diosa Madre; siempre hay que pagar por ello. Y mi abuela me advirtió que el precio podía llegar a ser muy alto...

La madre maldita¡Lee esta historia GRATIS!