Capítulo 1: La pesadilla

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El 31 de abril del año 2015, me encontraba en mi cama a las diez  de la mañana, en un séptimo piso de un edificio viejo en la ciudad de Ramos Mejía. Debido al paro nacional de transportes públicos no tenía la obligación de concurrir a mi trabajo en el centro de la ciudad.Ya habían pasado tres años desde que trabajaba como auxiliar en la tesorería del Banco Provincia ubicado en la calle Callao, en ese entonces tenía 20 años. Nunca estuve del todo conforme con mi labor en esos tiempos, el permanecer sentado en la oficina sin ventanas, escuchando el repiqueteo de los dedos sobre los teclados de las computadoras, la gente repitiendo su misma actuación día tras día como si la misma vida fuera un déjà vu del día anterior, ¡y hasta llegué a pensar que la vida era eso mismo! Un eterno ciclo repitiendo lo mismo una y otra vez hasta que uno mismo le pone fin cambiando drásticamente su camino; admito que aún sigo creyendo eso de vez en cuando.

Eran momentos en los que no encontraba mi verdadera pasión, un punto de inflexión en mi vida, un punto de inflexión que se prolongaba más de lo que mi paciencia soportaba. Imagínese estar sentado en su living-comedor, en una silla de madera durante 10 minutos con una sola pregunta en su cabeza repitiéndose continuamente: "¿Qué hago?".

Un mes antes yo me encontraba en la oficina del director general de gestión administrativa comentándole mis intenciones de renunciar. Había decidido cambiar mi vida con un salto brusco, algo que no me dé pie para volver a lo mismo, al mismo déjà vu de todos los días. Simplemente creí que un cambió externo que implique no volver a mi aislada oficina podría ayudarme a encontrar mi camino. Mi padre me había propuesto enseñarme el manejo de su negocio de venta de productos nuevos de todo tipo, desde amoladoras eléctricas hasta colchones inflables de 2 plazas y me pareció una buena oportunidad para aprender el arte del comerciante y así valerme por mi mismo sin depender de nadie. No sentía una atracción a ser comerciante ya que siempre tuve la impresión de que la riqueza solo es posible a costa de la pobreza, es decir, que si yo soy rico es porque hay alguien que es pobre, el oro no es infinito en este mundo y a pesar de que no soy ningún santo siempre quise progresar en cuestiones de solidaridad y compromiso social. A lo que iba con esto es que la meta de un comerciante es obviamente vender mucho y ganar mucho dinero, cuanto más mejor y yo no creo que ese sea un estilo de vida que me lleve a algún lugar bonito.

Sentado en mi escritorio, revisando correos electrónicos y entreteniéndome con las redes sociales de internet pasaba la tarde de aquel maravilloso día en el que no tenía nada que hacer cuando como un sacudón a mi pereza las luces se apagaron en mi departamento, al mirar por la ventana pude ver que el apagón era general en todo el barrio, el reloj de mi teléfono celular marcaba las 19:53 horas, ya el cielo era de un color azul negruzco y se veían unas pocas estrellas entre las nubes opacas. Estoy seguro que esas cosas ocurren para que uno tenga la oportunidad de reencontrarse con la naturaleza, por lo que me puse mis zapatillas, me lavé los dientes por si se daba el caso de que me encontrara con algún conocido y tenga que cruzar algunas palabras y salí por la puerta de mi sucucho. Presioné un par de veces el botón para llamar al ascensor hasta que me acordé de que los ascensores funcionan con electricidad; bajé las escaleras riendo de mi propia estupidez. Acostumbrado al uso del ascensor no nos percatamos de que el recorrido por la  escalera se hace mucho más largo y monótono teniendo en cuenta que vivimos en un séptimo piso. Bajaba las escaleras con un poco de prisa ya luego de haber tanteado en la oscuridad el espacio entre escalones, me gustaba la idea de pasear por las calles de la ciudad sin la presencia de las luces artificiales que dejan inútil a la luz de la luna y las estrellas que alumbran todo con su delicadeza y blancura casi mágica. Cuando bajás siete pisos por escalera no llevás mucho la cuenta del piso en el que te encontrás; la escalera va creando un espiral con un descanso entre piso y piso y no hay ningún cartel en mi edificio que indique el número de piso en el que uno se encuentra. A pesar de la poca costumbre de bajar por las escaleras, luego de un rato me pareció que ya tendría que haber llegado a la planta baja, estas escaleras no tienen el típico espacio en el centro por donde se puede ver hacia abajo o hacia arriba, lo que aun desconcierta más al que asciende o desciende por los peldaños. De repente me di cuenta que no se oía ningún sonido proveniente de los departamentos, como suelen ser los gritos de los niños jugando, o los televisores siempre prendidos pasando alguna telenovela o algún partido de fútbol, tampoco podía oír los motores de los autos y colectivos que pasan por la esquina de mi edificio casi contantemente, esto me extrañó un poco y con cada peldaño que descendía más me extrañaba sumado al hecho de que según mi sentido común ya tendría que estar en el subsuelo por la cantidad de escalones que había dejado atrás.

La oscuridad ya no era obstáculo para bajar corriendo, cuando me di cuenta que algo raro estaba ocurriendo mi sangre se colmó de adrenalina y tal vez sentí un poco de miedo de la situación que se tornaba cada vez más paranormal y ajena a mi compresión racional. Mi instinto me indujo a detenerme cuando me convencí totalmente de que esas escaleras bajaban infinitamente, o tal vez hasta algún lugar que yo no me atrevía a descubrir.Los pasillos de cada piso del edificio eran estrechos, como de un metro y medio de ancho y del largo del edificio. En cada piso entraban ocho departamentos por lo que había ocho puertas y otras dos que eran una del depósito de bolsas de basura y la otra del cuarto de conexiones y mantenimiento  de tuberías de gas, en el centro de cada uno de los corredores había una ventana que servía más que nadade ventilación, pues era pequeña y la luz del día no llegaba a ser suficiente para que uno pueda encajar la llave en la cerradura de su puerta sin pulsar el interruptor de las luces eléctricas, pero en ese momento era ya de noche y la claridad del cielo nocturno ni siquiera se percibía por aquellas ventanillas. El silencio y la soledad en la que me encontraba me sumieron en una sensación de encierro, mi respiración era forzada y sentía el sudor frío en las sienes y en la frente, pero todavía no sabía lo que estaba ocurriendo, lo que implicaba esa situación, seguía creyendo que era todo un malentendido de mi parte, un error de mi imaginación. Tuve la brillante idea de mirar a través de la ventanilla del corredor para saber a qué distancia me encontraba de la planta baja y deshacer de una vez toda esa ilusión que me oprimía.

                La ventanilla del corredor era pequeña, de unos cincuenta centímetros de alto y más o menos un metro de ancho, estaba ubicada en la pared de tal manera que yo tenía que colgarme del alfeizar con mis manos y elevarme usando mis brazos para llegar a ver hacia afuera cómodamente. Cuando estuve a la altura necesaria miré impaciente hacia afuera y vi lo que no quería ver pero que ya mi imaginación estaba manifestándome mientras me dirigía a la ventana, o mejor dicho, no vi nada, era la absoluta oscuridad. Contemplé por un momento el cuadro negro tratando de divisar alguna forma, un mínimo asomo de luz.

Apoyé mis pies nuevamente en el suelo, permanecí quieto por unos segundos, consternado. Me dirigí a la puerta del departamento más cercano que tenía  y golpeé un poco nervioso, sin esperar ni cinco segundos volví a golpear esperando una respuesta del otro lado pero no oí más que mi respiración. Seguí intentando con otros departamentos pero sin resultado. Sabía que allí no había nadie, pero tenía que intentarlo. Pensé en volver a mi departamento pero no podría diferenciar en que piso se encontraba ya que todos tenían la misma estructura y disposición de las puertas, luego pensé en subir a la terraza del edificio y salí corriendo hacia las escaleras como impulsado por una descarga eléctrica, estaba viviendo una verdadera pesadilla pero esta vez no podía despertar. Corrí subiendo por las escaleras lo que a mí me pareció una eternidad, pero no fue más de lo que mis pulmones soportaron hasta que  tuve que aceptar que la subida era tan interminable como la bajada. Me senté en el suelo contra la pared de un pasillo, se me ocurrió en ese momento llamar a mi madre con mi teléfono celular, la busqué en la agenda y presioné el botón para llamar. Para mi consuelo escuché el tono de llamada saliendo del audífono de mi celular, sonó el pitido una, dos, tres, cuatro veces y finalmente cesó, indicando que alguien atendió del otro lado. "¡Hola! ¡Mamá! ¿Me escuchas? " . Oí ruidos que parecían ser de interferencia en la frecuencia, seguía gritandole al aparato esperando escuchar la voz de mi madre pero en vano. Corté y la llamé nuevamente pero otra vez ocurrió lo mismo. Traté con llamar a mi novia, Lucía, pero se escuchaban los mismos ruidos saliendo del parlante de mi teléfono. Ya no tenía muchas posibilidades, estaba atrapado en el interior de un edificio donde la única posible salida era una escalera que subía y bajaba infinitamente o al menos eso parecía.

Me puse de pié nuevamente y recorrí el pasillo caminando lentamente, tanteando las paredes ya que no se veía absolutamente nada, yo usaba la tenue luz de la pantalla de mi celular como linterna pero apenas llegaba a alumbrar lo que tenía a diez centímetros. Entonces me percaté de algo que me estremeció, el pasillo no terminaba donde debería terminar, cuando me di cuenta de eso no pude moverme por unos segundos, el bello de mi piel se erizó y sentí escalofríos recorriendo toda mi espalda. Ya me lo imaginaba, al igual que con las escaleras, el pasillo no tenía fin. Me sentí diminuto, en el medio de las tinieblas sin saber adónde ir, era un espacio inmenso oculto para mis ojos que no se podían adaptar a esa ausencia total de luz. Mi imaginación comenzó a crear pensamientos en mi que no eran para nada agradables.

Aquel lugar terminó por aterrarme en el momento en que sospeché que en aquella inmensa oscuridad tal vez no estaba tan solo como yo lo creía.


Continuará

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