CAPÍTULO 13

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Comíamos hablando sobre temas variados; las vacaciones, trabajo, ganas de volver al colegio, la manada...etc... Además les había comentado que desde aquella lejana mañana en la que todo cambió ya no tenía pesadillas. Mamá se alegró muchísimo y el abuelo me comentó que eso era lo que ellos ―él y la abuela― imaginaban que sucedería. Kange se había mostrado algo cauteloso cuando el abuelo le reveló en qué se convertiría. Para él todo eso eran historias, leyendas, mitos. Mi hermano pequeño no creía que aquello le fuese a suceder realmente.

―A veces se han saltado generaciones ―apuntó el abuelo mientras se llevaba una acelga a la boca― pero de todas maneras no es algo muy usual. Seguramente, por no decir que sé que va a ser así, vosotros dos también poseeréis el don. Eso es algo maravilloso, mi padre lo tenía y las veces que lo había visto entrar en fase era... ¡Oh! Fantástico.

Mi hermano Kange, a la vez que se limpiaba la boca, dijo:

―Yo no quiero serlo. No quiero que me salga pelo. No quiero ser un perro.

―Pues yo tampoco ―añadió rápidamente Kato, cruzándose de brazos.

El abuelo, sorprendido, les dijo que él estaría maravillado con poder tener tal capacidad. Les dijo a mis hermanos que no sabían lo que era bueno y además me dedicó una cálida sonrisa. La abuela Anha les comentó lo bonito que es cuando te enamoras de aquella forma y fue entonces cuando empezó con sus preguntas.

― ¿Cómo decías que se llama? ―me miró la abuela― ¿Cuándo lo conoceremos?

«Vaya, ya está la yaya... »

En unos meses―me limité a contestar―, quizá.

Eso último lo dije en voz baja y solamente mamá me escuchó. Me miró, sorprendida, e hizo como que no había dicho nada. Supuse que quería que lo hablásemos más tarde.

―Espero que no te suceda como en la leyenda ―musitó ella, presionando. Y lo hice―. Magena, cariño, no llores.

―Has sido tú, yaya, la que has sacado el temita. ¿No habéis pensado en que quizá estuviera esperando a que pasase un tiempo, conocerle mejor y luego que lo conozcáis vosotros? ―todos, incluso mis hermanos abrieron los ojos como platos―. No, desde luego que no...

Me levanté de la mesa y subí corriendo a mi habitación. Necesitaba un momento de paz y calmarme un poco. Tenía los nervios a flor de piel y, aunque aquello no había venido a cuento, necesitaba llorar. Era lo único que me pedía el cuerpo.

Desde mi transformación, no había tenido tiempo para lamentos. No había llorado al entrar en fase, ni siquiera cuando Benji se marchó. Mucho menos a la hora de dejarle a él junto mis primas o cuando sucedió lo de Koda. Tampoco había sentido la pérdida o el vacío, porque seguramente era reciente, la marcha y partida de la mayoría de los integrantes de la tribu. No sabía con certeza el motivo, simplemente quería desahogarme.

Entonces fue cuando él llamó a la puerta.

―Vete ―rugí, sollozando―, quiero estar sola.

―Soy yo ―dijo con su dulce voz―, tenemos que hablar.

Me sorprendí al escuchar la voz de mi abuelo. Como claro era, a él no podía negarle nada. Si bien adoraba a mis encantadores hermanos, para mí mi abuelo era mi todo. Era mi ejemplo a seguir, mi mentor, mi amigo... Lo más importante para mí era él y su sabiduría. A veces aparentaba ser un anciano hombre algo chocho pero realmente era muy inteligente y ayudó a su padre, Onawa, a erradicar a la mayoría de criaturas mágicas del bosque y favorecer su protección.

―Entra ―dije, secándome las lágrimas.

El hombre entró en mi alcoba y se sentó encima de mi cama. Esta se hundió por el peso pero no importó, el abuelo me miró con sus oscuros ojos y me dijo:

SANGRE DE LA LUNA¡Lee esta historia GRATIS!