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Pen Your Pride

[1]: Bullying

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Anneliese Petrelli escuchó risillas de burla a su alrededor, pero poco le importaron. Quizá, en otro momento, aquello le hubiese enrojecido las mejillas de vergüenza, pero... su rostro entero ya estaba enrojecido, y no gracias a las risotadas de esos imbéciles: alguien le había arrojado capuchino caliente a la cara.

Estaba distraída, miraba el menú del comedor cuando sucedió. No tuvo tiempo de cubrirse, ni siquiera lo vio venir; cuando se llevó las manos a la cara, gritando de dolor, aún no estaba segura de lo que ocurría. El olor a café y las risotadas de sus compañeros la habían hecho comprender.

Annie no se movió de aquel lugar durante más de cinco segundos, permaneció ahí, parada a mitad del comedor escolar, cubriéndose el rostro con manos temblorosas y apretando los dientes a causa del dolor. Algunas voces comenzaron a silenciarse al notar que, lo que parecía una muy buena broma, en realidad le había causado daño.

Su respiración cálida comenzó a causarle dolor extra en cada exhalación, y tuvo que retirar sus manos para evitar que su aliento siguiera quemándola. Entonces vio al responsable. Justo frente a ella, a escasos tres metros de distancia, se encontraba Fabio Camitti, entre algunos compañeros suyos, de tercer grado, sosteniendo una taza vacía con el logotipo del Istituto Cattolico Montecorvino. Él sonreía de lado y Anneliese no necesitó esforzarse demasiado para saber quién había sido el culpable. Un flashazo le iluminó el rostro quemado y, mientras cerraba nuevamente sus ojos, pudo escuchar el característico «chick» que acompañaba a una fotografía en un teléfono celular.

Una nueva oleada de risas llegó a sus oídos y sintió unos profundos deseos de llorar.

Annie —escuchó la voz de Jessica.

Anneliese gimió. Esta vez no lo causó el dolor, sino la vergüenza, la impotencia, la frustración, la cólera y tristeza. ¿Por qué siempre tenía que ser ella el blanco de las burlas y bromas? Apretó los dientes y corrió a la salida, empujando sin pretenderlo a Jess.

El rostro le ardía, pero no le importaba, lo único que quería era salir del comedor, alejarse de todas las miradas curiosas; no veía por dónde iba, pero sospechaba que nadie se interpondría en su camino... a menos, claro, que fuera para meterle una zancadilla y hacerla tropezar.

Pero nadie lo hizo. Fue Annie quien chocó contra otra persona en la entrada. Elevó su vista y se encontró con los ojos grises de Angelo Petrelli, mirándola con el ceño fruncido.

La imagen que ella regalaba era deplorable: había comenzado a llorar y sus ojos azules estaban tan enrojecidos como la piel quemada, sus cabellos rubios estaban empapados, adheridos a al rostro y, su blusa escolar, de seda blanca, estaba toda teñida de color chocolate.

Ella sollozó, mirándolo a los ojos apenas durante un segundo; intentó continuar su camino cuando él la sujetó por una muñeca, con fuerza, y la volvió hacia él.

—¿Quién te hizo esto? —le preguntó.

Y en el comedor ya no se escuchaba voz alguna. No había risas, ni cuchicheos, ni siquiera el sonido de los cubiertos contra los platos.

—¿Quién fue? —la presionó.

Annie no respondió. Angelo se dio cuenta de que ella no podía hablar; buscó con la mirada dentro del comedor y se encontró con Jessica.

—¿Jess? —sólo mencionó su nombre, la pregunta estaba demás.

Y ella ni siquiera lo dudó; elevó su mano y señaló a un grupo de muchachos junto a la barra.

—Ése de ahí —soltó, simple, segura—. Y luego la fotografiaron —añadió, intentado demostrar que, de ninguna manera, había sido un accidente.

Ambrosía ©¡Lee esta historia GRATIS!