3.La Boda

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***(Días después...)

Molly:¿Que el ministro viene...? -balbuceó la señora Weasley, desconcertada-. Pero... ¿por qué? No lo entiendo.

Pero no había tiempo para conjeturas; un segundo más tarde, Arthur Weasley apareció de la nada junto a la verja, en compañía de Rufus Scrimgeour, a quien era fácil reconocer por su melena entrecana.

Los recién llegados atravesaron el patio y se encaminaron hacia el jardín, donde se hallaba la mesa iluminada por los farolillos. Los comensales guardaban silencio mientras los veían acercarse. Cuando la luz alcanzó a Scrimgeour, comprobé que el ministro estaba flaco, ceñudo y mucho más viejo que la última vez nos habíamos visto.

Scrimgeour:Lamento esta intromisión -se disculpó Scrimgeour al detenerse cojeando junto a la mesa-Quiero hablar en privado contigo -añadió el ministro mirandome-Y también con tu hermano, Ronald Weasley y Hermione Granger.

Ron:¿Con nosotros? -se extrañó Ron-. ¿Por qué?

Scrimgeour:Se lo explicaré cuando estemos en un sitio menos concurrido. ¿Algún lugar para conversar a solas? -le preguntó al señor Weasley.

Arthur:Sí, por supuesto -respondió Arthur, que parecía nervioso-. Pueden ir al salón.

Scrimgeour:Condúcenos, por favor -pidió el ministro a Ron-. No es necesario que nos acompañes, Arthur.

Éste le dirigía una mirada de preocupación a su esposa cuando Ron, Hermione, Harry y yo nos levantamos de la mesa. Y mientras guiábamos en silencio a Scrimgeour hacia la casa, intuí que mis amigos estaban pensando lo mismo que yo: de algún modo, el ministro debía de haberse enterado de que planeábamos no asistir a Hogwarts este año.

Scrimgeour no dijo nada mientras cruzábamos la desordenada cocina y entrábamos en el salón.

Los cuatro nos sentamos en el sofá y Scrimgeour se sentó al frente de nosotros. Extrajo un rollo de pergamino, lo desenrolló y leyó en voz alta:

Scrimgeour:«Última voluntad y testamento de Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore...» Sí, aquí está: «... a Ronald Bilius Weasley le lego mi desiluminador, con la esperanza de que me recuerde cuando lo utilice».

El ministro sacó de la bolsa un objeto que ya conocía; era parecido a un encendedor plateado, pero poseía el poder de absorber toda la luz de un lugar, y el de devolverla mediante un simple clic. Inclinándose hacia delante, el ministro le entregó el desiluminador a Ron, que lo cogió y lo hizo girar entre los dedos atónito.

Scrimgeour:Es un objeto muy valioso -comentó Scrimgeour sin dejar de observar a Ron-, y es posible que sea único. Lo diseñó el propio Dumbledore, desde luego. ¿Por qué crees que te dejó un artículo tan exclusivo? -Ron negó con la cabeza, apabullado-. El antiguo director de Hogwarts tuvo a su cargo a miles de alumnos... Sin embargo, ustedes cuatro son los únicos a quienes tuvo en cuenta en su testamento. ¿A qué se debe eso? ¿Para qué debió de pensar que usarías ese desiluminador, Weasley?

Ron:Para apagar luces, supongo ¿Qué otra cosa podría hacer con él?

El ministro no tenía ninguna otra sugerencia. Tras mirar a Ron con los ojos entornados, siguió leyendo:

Scrimgeour:«A la señorita Hermione Jean Granger le lego mi ejemplar de Los Cuentos de Beedle el Bardo, con la esperanza de que lo encuentre ameno e instructivo.»

Scrimgeour sacó de la bolsa un librito que parecía tan antiguo como el ejemplar de Los secretos de las artes más oscuras que Hermione conservaba en el piso de arriba; la tapa estaba manchada y en algunos puntos despegada. Ella lo cogió sin decir nada, se lo puso en el regazo y se quedó observándolo. Me fijé en que el título estaba escrito con runas, pero nunca había aprendido a leerlas. Mientras hacía estas consideraciones, percibí que una lágrima caía sobre los símbolos grabados.

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