Parte 2

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La mujer está a un paso de la laguna que le da su nombre al pueblo y que se extiende cual espejo de clara esmeralda. El lugar es hermoso: un círculo de sauces rodea el agua, donde habitan peces y ranas que alimentan a las aves. Se respira allí una paz como en ninguna otra parte... pero para la mujer solitaria ese sitio contiene el peor recuerdo de su existencia.

Ese día, el día fatal, estaba allí con sus hijos de diez y once años. Ella los miraba desde la orilla a la vez que leía un libro, y los niños jugaban en el agua que no les pasaba de la cintura.

No había ningún peligro en la laguna. El peligro estaba en otra parte.

Ella amaba a sus hijos más que nada en el mundo. Eran su razón de ser, lo único que en verdad le importaba. La mujer vivía para ellos y los niños vivían para su madre. Nada alteraba su felicidad.

De pronto el viento sopló entre los sauces, haciendo ondular sus ramas colgantes y el pasto largo que crecía debajo. A la mujer se le puso la piel de gallina; ¿qué era eso que sentía en el aire? Alguien la observaba... y no con buenos ojos.

La mujer soltó su libro y quiso llamar a los niños, pero no llegó a hacerlo: en ese mismo instante una súbita humedad en sus muñecas la hizo bajar la mirada, y entonces vio que estaba sangrando por unos cortes profundos. El fluido vital escapaba por las venas abiertas en sendos chorros imparables, al tiempo que su corazón se aceleraba a fin de bombear lo poco que restaba dentro de ella.

Quiso gritar, pero no pudo. Un mareo se había apoderado de su organismo, el primer signo de que su final estaba próximo. Trató de alertar a sus niños, de ordenarles que escaparan; su voz no le respondió.

Los cortes habían dejado de sangrar... porque toda la sangre estaba en la hierba. La mujer se desplomó de cara sobre el charco, salpicando gotitas a su alrededor; el suelo olía a cobre y tierra, una mezcla que ya empezaba a atraer a los gusanos...

La mujer despertó. No había herida alguna en sus antebrazos, y sus hijos estaban bien.

Sin embargo, la misteriosa presencia no se había marchado, y tampoco el viento, que ahora sopló sobre la laguna... creando ondas que se alargaron hasta los chicos.

—¡Niños! ¡Salid de ahí! ¡Deprisa!

—¿Qué sucede, mamá?

La mujer vio cómo se formaba un remolino en el agua, y asimismo el viento la rodeó, tironeando de sus ropas y su cabello. Entonces comprendió la situación: se avecinaba el castigo por su pecado.

—¡Venid aquí! —repitió, y para sus adentros rogó porque la pena sólo la afectara a ella, sólo a ella, por piedad. Sus hijos eran inocentes...

Los niños salieron del agua sin problemas. El remolino no podía causar daño en una laguna tan superficial, y se extinguió por sí solo en unos segundos.

Asustados, pero ilesos, los chicos se unieron a su madre en un abrazo.

—Tranquila, mamá, todo está bien —dijo el mayor. La mujer sollozaba de alivio.

—Sí, mamá, no hay nada que... —empezó el menor, pero no consiguió terminar la frase. El niño se apartó de su madre, los dos lo hicieron; tenían el ceño fruncido, la piel pálida y los labios azules.

—Niños, ¿qué...?

La mujer tocó de nuevo a los chicos, y apenas lo hizo ambos cayeron fulminados sin emitir sonido alguno. Por un momento ella los contempló azorada, intentando asimilar lo ocurrido.

Los niños, sus adorados muchachitos, yacían de espaldas con las pupilas fijas en el vacío, inmóviles y fríos.

Muertos.

La madre maldita¡Lee esta historia GRATIS!