Capítulo 9: "Mi situación".

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   Me desperté por un estornudo de mi hermana. Como siempre, ella estaba despierta con el móvil. Me puse una camiseta de manga corta morada, y unos shorts grises. Bajé en chanclas, y con cincuenta en la mano. Me preparé el desayuno, y mientras me bebía la leche, abrí el libro. Leí la parte en la que él y ella se van a tomar café. Christian le dice a Ana que debería mantenerse alejada de él. Después, Ana acaba los exámenes, y se va de copas. José, el mejor amigo de Ana, intenta besarla en el bar, ya que ella estaba borracha, pero llega Christian y lo impide. Este libro cada vez te gusta más, eh...

   Todo marcha bien el el libro. Hasta que Christian lleva a Ana a una habitación de hotel, ya que ella se desmaya en brazos de él, y le dice que no puede mantenerse alejado de ella, y que no lo hará. Y que esa misma noche, le enseñaría su secreto. Y se lo enseña. Le abre la habitación roja.

   Me giro y está mirándome fijamente, como suponía, con expresión impenetrable. Avanzo por la habitación y me sigue. El artilugio de plumas me ha intrigado. Me decido a tocarlo. Es de ante, como un pequeño gato de nueve colas, pero más grueso y con pequeñas bolas de plástico en los extremos.
—Es un látigo de tiras —dice Christian en voz baja y dulce.
Un látigo de tiras... Vaya. Creo que estoy en estado de shock. Mi subconsciente ha emigrado, o se ha quedado muda, o sencillamente se ha caído en redondo y se ha muerto. Estoy paralizada. Puedo observar y asimilar, pero no articular lo que siento ante todo esto, porque estoy en estado de shock. ¿Cuál es la reacción adecuada cuando descubres que tu posible amante es un sádico o un masoquista total? Miedo... sí... esa parece ser la sensación principal. Ahora me doy cuenta. Pero extrañamente no de él. No creo que me hiciera daño. Bueno, no sin mi consentimiento. Un sinfín de preguntas me nublan la mente. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Con qué frecuencia? ¿Quién? Me acerco a la cama y paso las manos por uno de los postes. Es muy grueso, y el tallado es impresionante.
—Di algo —me pide Christian en tono engañosamente dulce.
—¿Se lo haces a gente o te lo hacen a ti?
Frunce la boca, no sé si divertido o aliviado.
—¿A gente? —Pestañea un par de veces, como si estuviera pensando qué contestarme—. Se lo hago a mujeres que quieren que se lo haga.
No lo entiendo.
—Si tienes voluntarias dispuestas a aceptarlo, ¿qué hago yo aquí?
—Porque quiero hacerlo contigo, lo deseo.
   Después de marcharse de la habitación roja del dolor, ella le revela que es virgen. Entonces...

—Ven —murmura.
—¿Qué?
—Vamos a arreglar la situación ahora mismo.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué situación?
—Tu situación, Ana. Voy a hacerte el amor, ahora.
—Oh.
Siento que el suelo se mueve. Soy una situación. Contengo la respiración.
—Si quieres, claro. No quiero tentar a la suerte.
—Creía que no hacías el amor. Creía que tú solo follabas duro.
Trago saliva. De pronto se me ha secado la boca.Me lanza una sonrisa perversa que me recorre el cuerpo hasta llegar a...
—Puedo hacer una excepción, o quizá combinar las dos cosas. Ya veremos. De verdad quiero hacerte el amor. Ven a la cama conmigo, por favor. Quiero que nuestro acuerdo funcione, pero tienes que hacerte una idea de dónde estás metiéndote. Podemos empezar tu entrenamiento esta noche... con lo básico. No quiere decir que venga con flores y corazones. Es un medio para llegar a un fin,
pero quiero ese fin y espero que tú lo quieras también —me dice con mirada intensa.
Me ruborizo... Madre mía... Mis deseos se hacen realidad.
—Pero no he hecho todo lo que pides en tu lista de normas —le digo con voz entrecortada e insegura.
—Olvídate de las normas. Olvídate de todos esos detalles por esta noche. Te deseo. Te he deseado desde que te caíste en mi despacho, y sé que tú también me deseas. No estarías aquí charlando tranquilamente sobre castigos y límites infranqueables si no me desearas. Ana, por favor, quédate conmigo esta noche.
Me tiende la mano con ojos brillantes, ardientes... excitados, y la cojo. Tira de mí hasta rodearme entre sus brazos. El movimiento me pilla por sorpresa y de pronto siento todo su cuerpo pegado al mío. Me recorre la nuca con los dedos, enrolla mi coleta entorno a la muñeca y tira suavemente para obligarme a levantar la cara.
Está mirándome.
—Eres una chica muy valiente —me susurra—. Me tienes fascinado.
Sus palabras son como un artilugio incendiario. Me arde la sangre. Se inclina, me besa suavemente y me chupa el labio inferior.
—Quiero morder este labio —murmura sin despegarse de mi boca.
Y tira de él con los dientes cuidadosamente. Gimo y sonríe.
—Por favor, Ana, déjame hacerte el amor.
—Sí —susurro.
Para eso estoy aquí. Veo su sonrisa triunfante cuando me suelta, me coge de la mano y me conduce a través de la casa.
Estoy temblando como una hoja. Ya está. Por fin, después de tanto tiempo, voy a hacerlo, y nada menos que con Christian Grey. Respiro entrecortadamente y no puedo apartar los ojos de él. Se quita el reloj y lo deja encima de una cómoda a juego con la cama. Luego se quita la americana y la deja en una silla. Lleva la camisa blanca de lino y unos vaqueros. Es guapo hasta perder el sentido. Su pelo cobrizo está alborotado y le cuelga la camisa... Sus ojos grises son audaces y brillantes. Se quita las Converse y se inclina para quitarse también los calcetines. Los pies de Christian Grey... Uau... ¿Qué tendrán los pies descalzos? Se gira y me mira con expresión dulce.

—Vamos a quitarte la chaqueta, si te parece —me dice en voz baja.
Agarra las solapas y muy suavemente me desliza la chaqueta por los hombros y la deja en la silla.
—¿Tienes idea de lo mucho que te deseo, Ana Steele? —me susurra.
Se me corta la respiración. No puedo apartar mis ojos de los suyos. Alza una mano y me pasa suavemente los dedos por la mejilla hasta el mentón.
—¿Tienes idea de lo que voy a hacerte? —añade acariciándome la barbilla. Los músculos de mi parte más profunda y oscura se tensan con infinito placer. El dolor es tan dulce y tan agudo que quiero cerrar los ojos, pero los suyos, que me miran ardientes, me hipnotizan. Se inclina y me besa. Sus labios exigentes, firmes y lentos se acoplan a los míos. Empieza a desabrocharme la blusa besándome ligeramente la mandíbula, la barbilla y las comisuras de la boca. Me la quita muy despacio y la deja caer al suelo. Se aparta un poco y me observa. Por suerte, llevo el sujetador azul cielo de encaje, que me queda estupendo.
—Ana... —me dice—. Tienes una piel preciosa, blanca y perfecta. Quiero besártela centímetro a centímetro.
Me ruborizo. Madre mía... ¿Por qué me dijo que no podía hacer el amor? Haré lo que me pida. Me agarra de la coleta, la deshace y jadea cuando la melena me cae en cascada sobre los hombros.

-¿Prima? - La voz de Daisy me sacó de la lectura. Dejé el libro encima de la mesa, y le eché el desayuno. Poco a poco, fueron bajando todos. Hoy teníamos que ir a casa de William, así que en cuanto comimos, fui a ducharme. Cuando me duché, me mojé el pelo, y me lo volví a alisar. Me preparé el vestido rojo que me había regalado Zayn el día de mi cumpleaños, junto con unos zapatos del mismo color a juego. Empecé a vestirme mientras Alli se duchaba. Cuando ya estaba vestida, me coloqué dos horquillas doradas en el pelo, y me pinté los labios de rojo intenso. Bajé las escaleras y me senté en el sofá a esperar.

   Salimos a las siete. Danna llevaba un vestido de tirantes morado, igual de corto que el mio, y Riley uno azul cielo palabra de honor de vuelo. Me monté en el asiento del copiloto, y miré hacia la ventana mientras íbamos a casa de William. Mi tío aparcó en una mansión que había en las afueras. Era impresionante. ¿Esta es la casa de William?

-It's like, oh my god. - Dijo Riley. Traducido es: es como, oh Dios mío. Danna estaba flipando, al igual que yo. Entramos, y por dentro era mejor que por fuera. William y sus padres nos recibían con una sonrisa. Me acerqué a William y me abrazó.

-Estás preciosa. - Me susurró. Me dio un beso en la mejilla y fui a saludar a sus padres. Nos sentamos en una gran mesa, y mis tíos y sus padres empezaron a hablar.

-Vaya con WIlliam. - Dijo Danna. - Tiene un caserón... - En ese momento, William me miró, y me guiñó un ojo.

-Voy a mi habitación, se me ha olvidado algo. - Dijo él. Claro que se te ha olvidado algo... dijo irónico mi subsconciente.

-Voy al baño, ¿dónde está? - Le pregunté a la madre de William.

-Está en la primera planta cielo. - Me contestó con una sonrisa. Subí las escaleras, y miré en todas las habitaciones, hasta que William me cogió los brazos, me llevó hasta la que parecía ser su habitación, y me besó apasionadamente.

-¿Hasta cuanto te has leído del libro? - Me preguntó con una sonrisa pícara.

-Hasta que Ana y Christian casi hacen el amor... - Me puso uno de sus dedos en mis labios.

-¿Eres como Ana? - Me preguntó seriamente. - ¿Eres virgen? - Me ruboricé, y asentí con la cabeza. Él sonrió y me besó de nuevo. - Pues, antes de que te leas nada, te voy a preparar para lo que vas a leer. Tu situación va a cambiar ahora mismo.

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