—Es injusto—repliqué por enésima vez consecutiva.

—Sabes que ya no puedes hacer nada; si Caterina no te deja es porque no tienes el entrenamiento necesario. —explicó Aran.

En estos momentos, nos dirigíamos hacia el lugar de residencia de los vampiros del clan de nuestra ciudad. Caminaba con cierta dificultad, ya que había llovido horas antes y el suelo estaba completamente enfangado.  Aran andaba a mi lado, intentando hacerme entrar en razón.

El caso es que Caterina y yo habíamos discutido horas antes por el hecho de que, si las cosas se complicaran en nuestra visita, ella me prohibía intervenir en la pelea.

Ahora mismo, ella estaba a unos cuantos pasos por delante de nosotros, capitaneando el grupo. La fulminé con la mirada.

— ¡Pero yo quiero luchar! Huir es de cobardes.

—No es de cobardes, es de inteligentes cuando tu oponente tiene muchas más posibilidades de matarte y lo sabes. A parte, estás dando por sentado que habrá una pelea. Se supone que solo vamos a hablar; ten en cuenta el tratado de paz.

—Ese tratado no servirá de nada si al final resulta que ellos raptaron a la princesa Lia—resoplé.

—Mira el lado bueno, gracias a eso Caterina me ha dejado venir.

Puse los ojos en blanco.

—Para que me protejas.

—Exacto. No lo eches todo a perder.

Entrelazó sus dedos con los míos, dejándome completamente desarmada y con las palabras en la boca. Suspiré, rindiéndome definitivamente.

Con la otra mano empecé a toquetear con nerviosismo el mango de uno de los cuchillos de las muñequeras escondidas bajo las mangas de mi chaqueta de cuero, la cual me agobiaba por el calor que hacía. En ellas, con ayuda de Tam y de la cinta adhesiva, habíamos pegado unos tres cuchillos arrojadizos, seis en total, con sus respectivas fundas. También tenía más escondidos bajo la chaqueta, junto con una pistola de bolsillo (déjame decirte que en el bolsillo no cabía); uno en cada bota y tres colocados horizontalmente en mi cinturón para que no se vieran. Todo esto había sido por el hecho de que, según la mayoría de guerreros, mostrar las armas podría parecer ofensivo y meternos en problemas.

— ¿Estás nerviosa?—me preguntó Aran.

—No, qué va —respondí con ironía—. Vamos a dialogar con vampiros, uno de los cuales podría ser Amanda, y voy cargada de armas hasta los topes, cosa que nunca antes había hecho, pero tú tranquilo que yo estoy perfectamente relajada.

Suspiró.

—No sé si te puedo ayudar en esto. Que estés nerviosa es normal, si no lo estuvieras seria un tanto alarmante, pero sí que te puedo decir que Amanda no es la líder del clan, sino Sócrates. Si él no quiere que ella intervenga, no lo hará.

— ¿En serio? ¿El líder del clan de esta ciudad es un filósofo griego?— estaba atónita.

— ¡No seas tonta! ¡Sócrates es un nombre normal y corriente! Que se llame así no significa que lo sea— se rió de mi ocurrencia—. Aún que algunos dicen que el filósofo se convirtió en vampiro porque en la copa de veneno que causó su muerte cayeron unas gotas de sangre vampírica. La verdad es que no sé si es cierto, los vampiros nunca nos han hablado sobre ello.

—Increíble— reí.

—Te sorprenderías de todos los giros que puede dar la historia cuando conoces el lado sobrenatural.

Unos cuantos metros por delante de nosotros, Verónica se paró en seco con la mano metida en el bolsillo de su chaqueta.

—Mierda —masculló.

Tras aquellos ojos verdes¡Lee esta historia GRATIS!