Capítulo 1.

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Había sido un día muy largo. 

Había dejado la casa desayunando un par de galletas de avena que tomó de la despensa y las acompañó con café en el trayecto al trabajo. Allá tuvo tres reuniones, siempre en compañía de su padre, más tarde varios papeles por revisar y algunos por firmar. 

Finalmente cuando entró a la zona residencial suspiró de alivio, estaba de vuelta en casa y a tiempo para comer algo decente. Su estómago rugía y la cabeza comenzaba a dolerle. 

Después de comer solo vería la televisión, aunque probablemente se quedaría dormido después de un rato y hasta la hora de la cena. 

Estacionó el automóvil frente a una de las viviendas más destacadas en toda la calle, el ejemplo perfecto de la casa de los sueños de cualquier individuo promedio; tenía mucha hambre y pereza para meterlo en el garage. Mientras caminaba al pórtico desanudándose la corbata, notó la pluma del buzón arriba, así que se desvió un poco para sacar la correspondencia de éste. El césped estaba recién cortado y el penetrante aroma de las gardenias le llenaba las fosas nasales a cada paso dado. 

Abrió la puerta con un "click" sordo, lo primero que vio fue, como de costumbre, la fuente de réplica de la Venus del Milo que decoraba la entrada de la casa en el corto tramo antes de dar vuelta a la sala de estar. En la pared frente a la fuente, enmarcada y deslumbrante, la foto de bodas. 

Sin embargo, tan pronto puso un pie en la alfombra, se quedó atónito. 

Decenas y decenas de bolsas adornaban la sala entera. Bolsas de zapaterías, tiendas de ropa, tiendas de artículos para teléfonos móviles, tiendas de música, tiendas de arte, tiendas de artículos personales y un largo etcétera. 

Y justo en el amplio sofá del fondo, sentado en medio de un abrigo recién abierto y una muñeca de porcelana todavía en su caja: su esposo mirándolo fijamente, una mano sosteniendo el pequeño plato y la otra levantando la taza de té que bebía. 

—Hola —saludó con una sonrisita mientras también alzaba la taza a modo de saludo. 

—¿Qué es esto? —preguntó levantando una bolsa de la larga lista que llenaba aquella habitación. 

—¿Esto? —se encogió de hombros—. Salí de compras. 

—¿Qué compraste? —trataba de acercarse sin tropezar con algo. 

—Cosas. 

—¡Ya sé que cosas! —rodó los ojos—. Pero ¿qué cosas? 

—Cosas —repitió como si fuera obvio. Su recién llegado esposo abrió la bolsa que tenía en la mano, sacó de ésta un diccionario de francés-mandarín. 

—¿Qué mierda? ¡Harry! 

—¿Qué? Necesitaba salir de compras. 

—Con esa perra, seguro. 

"Esa perra", Louis, tiene nombre —dejó la taza en la mesa de centro—. Todos tenemos un nombre, es algo que te enseñan desde que eres niño. 

Disenchanted || Larry Stylinson¡Lee esta historia GRATIS!