Capítulo 26 | Despedidas

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Erie extendió la mano. Entre sus dedos se encontraba un sobre cerrado con el membrete del hotel. Con mano trémula, arranqué el papel de sus manos y me fui directa al balcón para poder leer su contenido mientras respiraba aire fresco, mi instinto me decía que lo iba a necesitar.

Mi querida Acalima:

Sé que tendrás un montón de preguntas, pero te pido que tengas paciencia y termines de leer la carta. Soy consciente de que no resolveré todas, pero por lo menos sí que aclararé las principales.

Como ya sabrás, he sido yo el que al final ha decidido el destino de cada uno. Me he ido a la India porque creo que tú te desenvolverás mejor en esta zona que ya conoces y te resultará más sencillo guiar a mi hermano aquí. No lo tomes a mal, pero entre tus virtudes no destaca el acatar instrucciones, y para evitar conflictos, he creído que es lo más conveniente.

También te preguntarás qué demonio me ha poseído para decidir que sea mi hermano y no Enlil quien te sirva de compañero. La respuesta es muy simple: aunque confío plenamente en Enlil y conozco las importantes ventajas que su compañía te reportaría, no delegaría tu bienestar y tu seguridad en otra persona que no fuera Erie. Si fuese necesario, pondría mi vida en sus manos y para ti no deseo otra cosa distinta; necesito saber que alguien cuidará de ti y estoy convencido de que él lo hará. Cuenta con mi ciega confianza y te ruego que tú hagas el esfuerzo para conseguir lo mismo. Sé que no os lleváis bien, y que en ocasiones la convivencia resultará complicada, pero puedes estar segura de que no te traicionará. Es el mejor soldado que conozco. Aunque no estés de acuerdo, estoy seguro de que estarás bien con él. Al igual que se lo he pedido a él, te ruego que te armes de paciencia. Estoy convencido de que si encontráis el equilibrio, empezareis a valorar las cualidades el uno del otro.

Como favor personal, te tengo que pedir que te abstengas de meterte en problemas. No saltes al vacío en fallas plagadas de hembras Tierra. Si no estás segura de algo, espera, observa y actúa. Sabes que siempre hay varias maneras de hacer las cosas: medita y escoge la mejor.

Acepta las sugerencias de Erie, él está bien adiestrado y si trabajáis juntos, pronto estarás en casa.

Creéme si te digo que dejarte es lo más complicado que he hecho nunca. No soportaría que te ocurriera algo, así que cuídate, por favor. No podría concebir un mundo sin tu brillo.

Marneus.

Doblé con cuidado el papel y lo volví a guardar en el sobre. A esas alturas ya no podía hacer nada por contener las lágrimas, estas campaban a sus anchas por mis mejillas sin encontrar resistencia. Desde que había conocido a Marneus, habían hecho más acto de presencia que en toda mi vida junta. Era irónico y paradójico que me acompañaran más cuando el dolor estaba en el corazón que cuando se reflejaba en la piel, pero así era. Prefería padecer un millón de golpes que la idea de no volverlo a ver.

Creía a pies puntillas todo lo que decía la carta: lo que había hecho era por protegerme, al fin y al cabo, desde que lo conocía, siempre se había comportado de manera sobreprotectora. Pero lo que Marneus había pasado por alto era lo que me costaría levantarme cada mañana y ver su cara, escuchar su voz cada vez que recibiera una orden, notar que caminaba a mi lado... Había previsto cada uno de los detalles en cuestiones de trabajo y salud física, pero no se había preocupado por lo que su decisión me podía hacer sentir. Sin querer, él había tomado el camino fácil. ¿Cómo se podía olvidar a alguien si de cierta manera lo tenía tan cerca?

Erie.— ¿Estás llorando?

Acali.— ¡Sorpresa! ¿Creías que teníais la exclusiva?

Erie.— No, pero pensaba que precisamente vosotros no...

Acali.— Pues ya ves que te equivocas.

Erie.— ¿Por qué lo haces? ¿Qué dice la carta?

Acali.— Instrucciones y que tengo que cargar contigo, ¿te parecen pocos motivos para echarse a llorar?

Erie.— No creas que yo estoy feliz por hacerlo. Para mí esto es una orden.

Acali.— Y como buen soldado, acatas.

Erie.— Exacto. Las ordenes de los superiores se acatan sean cuales sean.

Acali.— Si eso es cierto, no nos llevaremos mal del todo. Yo conozco esta zona por lo que estoy al mando.

Erie.— Será mejor que sigamos los planes que teníais organizados antes de este oportuno cambio de compañeros en vez de que improvises.

Eso me parecería un fantástico plan si no fuera porque eso supondría quedarme encerrada con un clon de Marneus, en su versión menos amable, entre aquellas cuatro paredes hasta que por la noche pudiéramos asaltar el edificio donde trabajaban las amazonas. Por suerte, el príncipe junior, no parecía estar al corriente de nuestras estrategias y sí, eso me daba cierto margen para la improvisación, y no iba a desaprovecharlo.

Quería acabar con aquel suplicio lo antes posible y sólo había una vía rápida para conseguirlo: tenía que colarme en el hormiguero, pero antes de hacerlo, necesitaba que alguna información más cayera en mis manos. Si quisiera suicidarme sólo tenía que lanzarme al océano, morir apaleada no estaba entre las posibilidades.

Acali.— Muy bien. ¿Estás listo para visitar a la familia? Vamos a la colonia de Point Reyes.

Erie.— ¿Cómo dices? ¿Ir a Point Reyes? No deben saber que estamos aquí.

Acali.— Lo sé. Pero necesitamos conocer de primera mano cuál es la situación que se vive entre las colonias. Marneus y yo estuvimos barajando las posibilidades, era ir a Point Reyes o a Lassen Peak. Al final optamos por la colonia de Agua. Según su opinión los de tu raza sois más discretos y sabrán guardar el secreto de nuestra presencia mejor que los míos. Lo sé, lo sé, es absurdo, pero bueno, como yo no estaba segura de que los míos no le asaran en cuanto pusiera un pie en nuestro territorio, se lo concedí.

Erie.— Eso tiene sentido.

Acali.— ¿Que lo asaran?

Erie.— No, lo de la discreción.

Acali.— No estoy de acuerdo, pero te consiento que pienses eso si quieres.

Qué sencillo resultaba conducir por dónde se quería a alguien mediante el halago, era la manera más eficaz de manipulación inconsciente. Meramente un simple juego de niños.

Erie.— No hay nada que pensar, vamos. Si estás preparada, salgamos de una vez. No se puede decir que sea temprano precisamente, no esperemos a que se haga más tarde, Fuego.


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Próximo capítulo: Un simple salto

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Una gota entre cenizasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora