Travesuras en Navidad

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El hombre tenía más alma de niño que mi hermanito. Simplemente no tenía remedio. No hablaba mucho, pero cada vez que lo hacía, sus comentarios agudos, acompañados de un brillo especial en sus pequeños ojitos que chispeaban, eran precisos para generar risas y confusiones al por mayor. Cuando preguntó qué tal alumno era y Valerie y yo intercambiamos una mirada nerviosa, soltó una carcajada y, acomodándose mejor a mi lado, empezó a contarme sus anécdotas.

-Mira, jovencito, lo que tú tienes que hacer, son bromas originales. Nada de esas tonterías de ponerse de acuerdo para robar el examen o cosas así, eso no vale la pena. Yo te voy a enseñar lo que es una buena broma -me dijo.

Valerie, que estaba en frente de mí, nos había estado mirando cautelosamente mientras hablábamos, aunque no estaba seguro de que hubiera escuchado todo.

-¿Qué pasa? -preguntó con una sonrisa forzada que exigía que se le hiciera caso.

-Nada, mi niña -le respondió antes de girarse hacia mí de nuevo -escúchame bien, te voy a contar una broma que hice cuando estaba en... tercero... no, cuar... sí, cuarto de secundaria.

Me fue imposible contener una sonrisa maliciosa y me enderecé con toda mi atención puesta en cada una de las palabras del viejito. Esto solo podía ser bueno. A nuestro alrededor, todos estaban disfrutando de la cena conversando amenamente sin tener la menor idea de las ideas que correteaban por mi cabeza.

-Escondimos todas las tizas del profesor -susurró.

Mi cara de decepción debió ser más que evidente porque soltó un par de sendas carcajadas.

-No tomes ideas precipitadas, jovencito. Escucha. Yo crecí cuando aún no había tanta ciudad y vivíamos por el campo. Mis amigos y yo habíamos capturado un par de murciélagos de fruta y los habíamos escondido en el cajón del escritorio. En cuanto el profesor abrió el cajón en busca de sus tizas, los animales salieron a toda prisa y empezaron a revolotear por todo el aula buscando dónde esconderse. No volvimos a usar ese salón en un par de semanas -recordó con una sonrisa.

-¿Murciélagos? -sonreí fascinado.

Esa idea era brillante. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Claro que tendríamos que usar ratas o algo así, porque no era posible conseguir murciélagos por aquí...

-Abuelo ¿Qué le has dicho? -la voz preocupada de mi pobre novia me sacó de mis cálculos y planes.

-¿Yo? -la falsa voz de inocencia del señor fue perfección pura.

-No -le advirtió severamente Valerie con el sencillo monosílabo que no siguiera con sus historias.

-No he hecho nada -alzó las manos como demostrando su inocencia.

-¡Le estás dando ideas!

-Tampoco es que yo no pueda tenerlas solo, angelito -respondí en un susurro guiñándole un ojo consiguiendo así exasperarla.

Su abuelo empezó a reír hasta atorarse y empezar a toser, aunque en cuanto todos se voltearon hacia él para comprobar que estuviera bien, respondió con bastante calma y con los modales de lo que se llamaría un caballero, que todo estaba en orden.

-Disculpe, pero había pensado que era usted una persona realmente... seria en toda ocasión -le confesé.

-Bah -hizo un gesto despectivo con la mano -que uno sepa ser educado y respetuoso no significa que uno no sepa divertirse. La elegancia no tiene porqué perderse. Hay que saber hacer bromas con clase.

Asentí, sintiéndome totalmente de acuerdo. Era difícil que prestara mucha atención a lo que ocurría alrededor de la mesa mientras tenía a mi lado al abuelo de Valerie para conversar. Lo único que sí me distrajo verdaderamente de los nuevos planes que iba trazando fue el papá de Valerie que se paró de improviso.

-¿Pasa algo? -le pregunté a mi novia en un susurro.

-Se va a disfrazar de papá Noel para repartir los regalos -susurró poniéndose roja.

Simplemente me abstuve de comentar. Eso era ridículo. No tardé en sentir la mirada de mi madre clavada en mí y cuando nuestros ojos se encontraron, noté que me estaba advirtiendo que me comportara. Asentí muy levemente. No opinar. Tenía que mentalizarme.

-Castiel lo hará -oí de pronto.

En menos de un segundo clavé mi mirada en Valerie. Todos habíamos volteado hacia ella, quien sonreía con una leve curva maliciosa en sus labios.

-¿Qué cosa? -pregunté cautelosamente.

-Castiel se disfrazará de papá Noel este año -canturreo.

-¿Cómo? -parpadeé con fuerza.

Tuve que esforzarme por no exclamar algo como "ahora sí que enloqueciste" o "tienes problemas" o "alguien llame al manicomio por favor". Todos pasaban sus ojos de ella a mí y de mí a ella.

-Está bromeando -intenté reír.

-No.

Le lancé una mirada furiosa que a duras penas logré contener. Se estaba pasando. Demasiado. Y por fin pareció darse cuenta. A nuestro alrededor, nadie se atrevía a romper el silencio mientras nosotros discutíamos leyéndonos las expresiones. Fue mi hermanito quien rompió por fin la tensión con un comentario tan inocente como:

-¿Papá Noel es Castiel? ¡Pero si no tiene barba! Castiel, te equivocaste con mi regalo el año pasado. Lo compen... compe... compensarás ahora -se trabó un poco -¿verdad?

Todos reímos sin poder evitarlo. Mis carcajadas cayeron cuando me di cuenta de que el papá de Valerie estaba esperando a que yo tome una decisión. Iba a negarme rotundamente cuando recordé lo bien que le quedaba a Valerie el traje de ayudante.

-Lo haré -sonreí maliciosamente -si Valerie colabora.

-¿Ah? -su mamá me miró desconcertada.

Mi novia en cambio, tragó saliva al entender a lo que me refería.

-¿Aceptas?

-Uy, te acobardas -se burló su abuelo metiendo cizaña.

-Claro que no -protestó Valerie poniéndose de pie.

-Yo veo otra cosa -se encogió de hombros el viejito como quien no quiere otra cosa.

-Pues te equivocas -afirmó ella rodeando la mesa y tomándome de la mano, obligándome a ponerme de pie.

-¿Linda? ¿Qué ocurre? ¿A dónde van?

Valerie por poco no responde mientras me arrastraba escaleras arriba pero en el último tramo exclamó:

-¡Los alcanzamos en un rato en la sala!

The Real Bad Boy (PUBLICADO)¡Lee esta historia GRATIS!