Talamh, el reino perdido

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Hubo un tiempo en el que los draoith aconsejaban a los reyes cuál era el momento propicio para la batalla. Existió una época en la que los guerreros detenían su lucha al escuchar su mandato y los lugareños recurrían a ellos para solventar disputas. Los draoith de Érinn eran respetados y venerados. Pero eso fue en otra edad.

La situación había cambiado en el reino drásticamente. Relegados a la triste figura de bardos, los antiguos draoith se contentaban con rememorar las batallas pasadas, para así hacer perdurar la historia de los antiguos héroes a pesar de la prohibición del ceann Lassian, el regente de Arasán, la ciudad principal de Érinn. Los soldados del reino, conocidos como los Saighdiúir, eran los encargados de hacer cumplir esta ley.

Fíonn nunca había dado crédito a las locuras de aquellos mendigos. Tampoco sentía gran simpatía hacia ellos. Vivían de la caridad de los lugareños, aprovechándose de su caridad hasta que desaparecían para luego aparecer en otra ciudad.  Las proezas que cantaban en las plazas  no eran más que meras insensateces, simples cuentos para encandilar a los chiquillos, que se escapaban de las manos de sus madres para escuchar embelesados una y otra vez las mismas historias: la batalla de Natháir y los dragones de las Montañas Negras frente a los Marcach; el viaje de Natháir al reino de Oblivion o la favorita de los muchachos, el combate final entre Natháir y Dorcha.

Uno de esos draoith estaba sentado sobre una vieja caja de madera. Resguardado bajo el arco de una antigua puerta, descansaba después de un arduo camino desde Airgid, situado a más de tres jornadas de distancia. Con un manto de polvo como abrigo y la mirada perdida en el horizonte, mordisqueaba un pedazo de pan. La tregua fue breve, no obstante. Un par de muchachos le habían descubierto y demandaban que les contara las leyendas de Natháir. Éste hizo un gesto con las manos pidiéndoles paciencia cuando se vio rodeado. Sin escapatoria, se enderezó sobre su asiento, carraspeó para aclarar su garganta y dio comienzo a la narración.

Natháir era un guerrero Sciatháin, guardianes del reino y protectores de la súile, el poder mágico que habita en todas las criaturas. El súile es capaz de percibir los anhelos de la criatura y lograr hacerlos realidad. Es por ello que los Sciatháin debían velar por la seguridad de las criaturas, ya que el súile de una criatura podía dominar al de otra hasta doblegar completamente su voluntad. Siempre que esto sucedía, los Sciatháin debían extraer el súile de la criatura para que no se corrompiera y dejarlo a buen recaudo, bajo la protección de Deilgneach y el resto de los dragones de las Montañas Negras.

El draoith dedicó una sonrisa a Fíonn, que le observaba apoyado en uno de los palos de madera roída haciendo las funciones de columna, en un vano intento de sostener uno de los míseros puestos de frutas que había en la plaza. La tela que cubría el techo del puesto estaba hecha jirones y sus pedazos caían con el leve soplo del viento sobre él. Fíonn se mantuvo serio mientras sostenía el gesto del draoith. Éste no dejaba de mirarle, como si tratara de leer su mente a la vez que mantenía el suspense de su joven público. Sonrió nuevamente y prosiguió su relato, centrando la mirada en los niños.

La voluntad de algunas criaturas es más débil y Dorcha lo comprobó en sí mismo. Aún siendo un Sciatháin, sus anhelos por ser el más poderoso del reino se apoderaron de él. Su súile doblegó la voluntad de muchos y muy pronto formó un ejército imparable. Algunos Sciatháin se unieron a él y lograron imponer su voluntad en Érinn. Pero la codicia de Dorcha no tenía límites: ansiaba disponer del poder de los súiles que habían entregado a los dragones, pero no sabían dónde estaban ocultos. Torturó y dio muerte a todos los que estaban en su contra hasta que sólo Natháir le podía hacer frente. Ordenó a su ejército que siguiera a Natháir a través del reino. Removió cielo y tierra para encontrarlo, evitando entrar en los dominios de los dragones. Por más que lo deseara, no osaba enfrentarse a ellos. Natháir lo sabía y por ello se había refugiado en una de sus numerosas cuevas. Lleno del valor que le había inculcado su súile, Dorcha decidió adentrarse en las Montañas Negras. Tras días de infructuosa lucha en la que únicamente logró el exterminio de los dragones, uno de los rastreadores de Dorcha dio con el paradero de Natháir. Envalentonado ante la próxima victoria y sin la amenaza de los dragones, Dorcha dirigió a su ejército a través de las Cordilleras Sombrías, que daban acceso a las Montañas Negras. Vio cómo Natháir se arrastraba hacia una gruta cuando Deilgneach apareció ante él, sorprendiendo así a su ejército y cubriendo la huída de Natháir. Con un vuelo raso acabó prácticamente con todo el ejército. Dorcha logró zafarse de las garras de Deilgneach y se dirigió hacia la gruta por donde había desaparecido Nathair. Siguió su rastro hasta toparse con una pared. Resiguió con las manos el muro pedregoso hasta encontrar una pequeña hendidura. Se arrodilló para ver qué había en su interior. No pudo evitar sonreír al ver el resplandor…

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