Capítulo 38

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Amor en Baoms.

🏹Baniely.
11 de noviembre, 2019
Slien, Alemania.

— Eres mi planeta favorito, Kahler Holbein.

Y sonreí, justo cuando se formó una mancha extraña de pintura azul que coloqué a propósito en su nariz.

— Uh, eres muy cursi.

— Un poco — dejé rastros de pintura en su mejilla, intentaba dibujar un corazón.

— Oye — tomó el teléfono para ver lo que había hecho con su rostro —. Esto parece un tomate azul.

— Tú, eres un tomate azul — observé detenidamente esa mirada azulada que me contemplaba con ternura.

— Tú tomate azul.

Le di una sonrisa, él hizo que el resto del día fuera estupendo, adoré pintar esas paredes, aún siendo una novata, fue interesante y divertido colaborar con un Holbein que deseaba ver rostros felices de niños amantes del universo. Algo tarde, pero finalmente comprendí que las haches si eran capaces de amar, juzgué a Heng; lamenté eso porque sabía que su vida estaba llena de tragedias, desprecio, actos que no debieron tolerarse, pero la hache más pequeña lo hizo, de una forma enferma, quizá cobarde.

Heng amó a su familia, por eso traicionó sus propios sentidos hasta destruirse a sí mismo.

Al viajar en Piotet, supe que el amor no estaba en ese chico atractivo que llevaba escrito mi falso nombre, porque no existían casualidades, todos mentíamos, teníamos secretos; como aquél chico que encontré casi a media noche en la estación, el auténtico Haiol que creí conocer y resultó ser el invierno que las almas más frías esperaban para congelarse, la estación peligrosa y más buscada. De pronto, perdí mi boleto, tuve poca fe, poco amor, pero en medio de esa perdición, alguien me tomó del brazo con una mirada que me invitaba a quedarme. La mano amiga de Kahler Holbein me sostuvo y permaneció conmigo hasta en los días más tristes. Las estaciones fueron parte del viaje para encontrarme a mi misma y vencer esa soledad que se convirtió en mi condena.
Encontré el amor en Kahler, la Estación Holbein que jamás busqué, el amor me encontró y finalmente nos atrapó a ambos.

— No sé que será de nosotros en las próximas horas, si pensamos demasiado nos haremos daño, por eso prefiero ser sorprendida.

Kahler asintió con felicidad, tenía esa tonta sonrisa en el rostro contagiosa.

— Es el día más normal que he tenido — una risa baja acompañaron sus palabras.

Kahler y yo, sentados en el piso de un hospital con paredes oscuras llenas de estrellas y planetas, nuestros rostros con  rastros de pinturas, el techo estrellado con fibra óptica, definitivamente el día más normal y tranquilo que tuve en mi vida. Él apreciaba la vista de ese techo fascinante, sus ojos tenían un brillo inexpresable, quizá de alguna forma se conectaba con los recuerdos de su madre.

— De nuevo estaba equivocado, las estrellas si pueden encenderse — comenzó a hablar emocionado, su cabeza descansaba en mi hombro. Pude oler mejor su cabello y olía a sandía, me reí por eso mientras lo acariciaba.

— Escucharte hablar sobre las estrellas me pone nostálgica.

— Lo lamento, estoy a favor de los puntos celestes.

— Recuerdo a Darel, él amaba las estrellas y me da rabia aceptar que jamás volverá a ver el cielo.

— Somos estrellas, tenemos un ciclo de vida en el que crecemos, pero igualmente colapsamos y explotamos como ellas, a veces nos apagamos más antes, el combustible se nos termina y llegamos al final, donde todo comenzó. Aún en medio de la oscuridad siguen brillando las promesas todos los días, esa paz que sentimos al levantar la vista al cielo, también es el anhelo de una vida sin dolor.

Estación Holbein © [Completa ✔]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora