Capítulo 1 - Max

Como toda historia y como todo héroe tendremos que remontarnos al principio. Pero a fin de cuentas no soy muy héroe que digamos, aunque sí que tengo historia. Sé que es muy típico decir que soy un huérfano. Sé que es muy dramático decir que mis padres murieron en un accidente. Pero, qué queréis que os diga, eso fue lo que pasó.

Dicen que de niño uno recuerda las cosas de forma distinta a cómo ocurrieron. Que nos refugiamos en sucesos y hechos que no suelen ser reales para afrontar los problemas o que simplemente olvidamos lo que verdaderamente pasó.

Yo tenía doce años por aquel entonces. Alice, mi hermana, once. Éramos una familia normal, con dos gatos y un conejo. Teníamos un pequeño piso amueblado de Ikea de una sola habitación, que todos llamábamos el pequeño palacio. Papá era poeta, pero la mayor parte del tiempo recogía la basura del metro, y mamá artista, aunque le encantaban las plantas y tenía un pequeño puesto en Coven Garden con el que subsistíamos. A todos nos gustaban los menús del McDonald’s los martes por la noche y siempre jugábamos a las adivinanzas.

Puede que no fuéramos tan normales después de todo. Nuestra cocina era nuestro salón, nuestro jardín y también el dormitorio de mi hermana y mío. Las plantas se acumulaban en el pequeño balcón empotrado de al lado de la nevera. Los libros de papá se apilaban en pequeñas montañas por las esquinas de la habitación. Caballetes y lienzos estaban apoyados en las paredes. No teníamos tele, ni ordenador, ni internet, ni móvil. No nos lo podíamos permitir, pero no nos hacían falta. El sofá-cama era algo incómodo, se salían los muelles y notabas con facilidad el somier, pero nunca nos quejábamos. Papá y Mamá no estaban mejor en su minúscula habitación, pero al menos ellos tenían puerta. Éramos felices aunque no te lo creas, éramos una familia y con eso nos bastaba.

Recuerdo que por aquel entonces me gustaban los lunes. Siempre he sido un niño raro. Me gustan los días nublados, el sabor de los jarabes y cómo huele la tierra después de que llueva. Los lunes era el día que íbamos al colegio, que salíamos del pequeño palacio y volvíamos al mundo real. Y aunque quería mucho a mi familia, a veces uno necesita un respiro.

Nos os cuento esto porque sea un cursi sentimentaloide. Aunque tal vez lo sea un poco. Es porque era lunes cuando todo ocurrió.

Me desperté temprano y empujé a Alice como pude de encima de mí. Un viento frío entraba por la ventana y movía las hojas de las hortensias de mamá. Aún era de noche cuando vi al gato. Estaba apoyado sobre la barandilla de casa, pero no era ninguno de los nuestros. Tenía el pelaje gris plata, jamás había visto un gato así.  Sinceramente, dudo que vosotros lo hayáis visto. Aunque quién sabe. La luna se reflejaba sobre su lomo y emitía pequeños destellos, era casi espectral. Tenía los ojos amarillos, no ámbar, sino amarillos brillantes, reflectantes, intensos. Me miraba fijamente y, a pesar de todo, parecía tan humano, que sentí un escalofrío.

Tal como había aparecido, desapareció. Fue en un simple parpadeo. Con él se fue el viento, y me quede yo allí, en el sofá cama pensando que todo había sido un extraño sueño.

Me levanté en silencio y fui al baño. De camino miré hacia el cuarto de mis padres. Dormían profundamente, mi madre se abrazaba tiernamente al cuello de mi padre. De pronto me sentí incomodo mirando esa escena en la que yo no estaba invitado. Entorné un poco la puerta, ellos se levantaban una hora antes que nosotros para irse al trabajo y no quería despertarlos aún.

Me tumbé de nuevo al lado de Alice mientras esperaba que amaneciera.

Dormir con tu hermana no es que sea lo más común del mundo, pero éramos pequeños y, la verdad, no nos importaba. Llevábamos toda la vida compartiendo el sofá cama y era raro cuando uno de los dos no dormía allí.

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