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Prólogo

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“El camino al corazón de un hombre es a través de su estómago”

-Dicho popular.

Prólogo

Amaba a su hermano y él lo amaba, pero ese no era el problema.

En las noches demasiado cortas en que por fin conseguía que el mayor se olvidara de momento de todas las precauciones y conseguía quedarse en su cuarto hasta altas horas de la noche, el menor pasaba las manos por su cabello castaño plagado de rulos incompletos, tan parecido al suyo y al de su padre. El otro creía que era un mero gesto de cariño y se inclinaba hacia él. No podía saber que el menor estaba pensando en el gusto que le daría abrirle el cráneo y comerse hasta la última porción de su cerebro. Masticaría sus ojos marrones con manchas verdes y tiraría con los dientes de los labios delgados y húmedos con su saliva, lamiendo los dientes puestos al descubierto hasta arrancarlos con los suyos y tenerlos tintineando unos con otros dentro de su estómago.

Siempre había tenido esas ideas dando saltos incontrolables dentro de su propia mente, demandando atención con súbitos estallidos de excitación si hacía falta. Siempre aprovechaba cualquier momento para tomar la mano de su hermano y degustar sus dedos, a duras penas controlando el deseo imperioso de pegarle un mordisco. Recibirlo en su boca estaba bien, era algo que a los dos le placía. La urgencia de probar algo más que el resultado final, algo venoso estallando contra su paladar hambriento, se volvía acuciante hacia el final y sólo una idea conseguía que su control regresara: a él probablemente no le gustaría.

Al principio había sido un mero entretenimiento fantasioso. Había hombres que fantaseaban con poder conocer hermosas alienígenas de varios tentáculos y pieles de color azul. Los había que se ilusionaban atrapando a una víctima en un callejón oscuro para poder hacer con ellas lo que quisieran sin sufrir ninguna consecuencia. Los había que querían ser esa víctima. Los que involucraban funciones del cuerpo para nada atractivas para su olfato sensible. La existencia de distintas lluvias para apelar a lo más profundo, aquello que no tiene otra razón de ser que porque ha calentado el interior de alguien.

Todo tenía nombre, incluso lo suyo. Internet se los había dicho junto a varios ejemplos. Antropofagia. Canibalismo sexual. Vorarefilia. Esta última incluía a personas que querían ser el plato principal. Es decir, había alguien o muchos alguienes a quienes sólo tendría que pedírselo y ellos dejarían que abriera sus corazones, explotara sus pulmones y probara el sabor de sus amígdalas. Hubiera sido mejor que nunca lo hubiera sabido.

Así no se le habría ocurrido la locura de pensar que era, de hecho, posible y él no era el único del mundo, que podía encontrar comprensión sólo buscando en los rincones apropiados. Hubiera sido mucho vivir y no saber nunca que esa gente existía, lejos de él, completamente desligados de la realidad diaria en la que su hermano siempre estaba, desnudo como a punto de participar de otro tabú, uno todavía más indignante que el simple incesto, diciéndole “quiero que admires tu cena.” Y lo habría admirado, sin duda. Lo habría adorado como un dios pagano y le habría rendido entera pleitesía a cada porción de su piel morena antes de conocer la rojez de los músculos desnudos.

Por supuesto que era una locura. Entenderlo y saberlo eran asuntos completamente irrelevantes cuando lo tenía tan cerca, cuando lo escuchaba respirar a su lado y se daba cuenta de que nada, absolutamente nada, podía detenerlo. Soñaba con ello incluso despierto. Cuando cumplió los diecisiete años y en casa comenzaba a hablarse de la posibilidad de que su hermano fuera a vivir por su cuenta, para asistir a la universidad en otra provincia, todo empeoró: la necesidad, las fantasías, el hambre, el vacío, los celos, la inseguridad, el deseo, la frustración, la impotencia, la rabia.

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