Epílogo

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Prisión confinadora

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Por primera vez en su vida se enfrenta a eso que más teme sin siquiera darse cuenta. Y es que, muchas veces ciertos aspectos de la personalidad se moldean, se crean, no de la nada misma, sino de las circunstancias que pesan, las que lastiman en lo más profundo del alma. Aquellas que transforman, como la supervivencia más pura de la esencia del ser humano.

La personalidad magnética, el carisma, la simpatía, todo aquello que se ha creado dentro de él mismo para separarlo de lo que es por herencia, de lo que le ha dado la vida como un obsequio que a la vez termina siendo la maldición más grande, ser un miembro del clan Gojou. Todo lo demás, sin la fuerza sobre humana, sin los poderes monstruosos, es él. Todo lo que resta, que se siente minúsculo en comparación, es lo que Satoru es.

Y ahora, cuando no tiene bromas qué jugar, cuando no tiene nadie en quien volcar atenciones no solicitadas, se da cuenta realmente que esto es lo que más detesta. Que al mismo tiempo es lo que más teme.

La soledad.

En lo que Satoru se ha convertido no es más que un mecanismo para alejarlo de lo que hoy lo tiene completamente atrapado. Todo intento de borrarla, todo paso que da en busca de afecto, de compañía, no hace más que revelarle llana y claramente lo débil que siempre ha sido en realidad.

Allí, cuando está completamente solo, se pregunta desde cuándo se ha sentido así. Si este temor nació al mismo tiempo en el que la persona que amaba murió, o si comenzó cuando él se alejó. Pero, mientras medita, ya que no le queda más opción, se da cuenta que ha estado arraigado en él desde que tiene uso de razón, sólo que no se había dado cuenta de ello.

Cuando se nace y se convive con la soledad, es difícil darse cuenta de lo que es, de lo significa y de cómo se siente. Cuando se nace en el seno de una familia llena de carencias que no se expresan a través de lo material, cuando no hay una madre que abrace, que transmita amor, ¿cómo es posible para él determinar que se siente solo?

Con el pasar del tiempo, recuerda cada vez con más claridad el momento en el que sintió el amor por primera vez, pero él no fue el objeto de estos afectos. Satoru no era más que un simple espectador, aquel día en el que vio a una de las sirvientas del templo de la familia Gojou, colgando en cuerdas sábanas limpias mientras jugaba con su hijo. Observó desde lejos los juegos, las risas, los abrazos, lleno de hambre de algo que, en ese momento, no sabía que carecía. Satoru no sabía de expresiones de afecto, no sabía de amor ni de cariño, ni de caricias ni de abrazos. Él sólo sabía que estaba destinado a grandes cosas, sólo porque él era Gojou Satoru, y creyó que era suficiente.

Recuerda lo apático que era cuando niño, el poder que tenía su sola mirada, el temor que causaba con solo mirar fijamente por un tiempo prolongado y supo hallar placer en este regalo celestial. Pero, con el pasar de los años se vio más y más inclinado a buscar todo lo que le faltaba, lo que se le negó durante tanto tiempo.

La primera vez que hizo reír a uno de los hijos de las sirvientas le causó un dolor de estómago bastante particular. Una aceleración en su joven ritmo cardiaco, un estremecimiento que descubrió que... le gustaba. Le gustaba incluso más que los poderes.

La primera vez que alguien lo abrazó, la primera vez que alguien le dijo que era lindo, la primera vez que alguien lo besó, fueron pequeñas escalas en una búsqueda infinita que no terminó de saciar su hambre, ese apetito voraz que no se calma, el agujero que nunca se llena. De modo que no le quedó más opción, abrazar a personas que no desean ser abrazadas, bromear con temas con los que no se debe bromear, besar a personas a quienes no debería besar... Volviéndose más y más exuberante en sus exhibiciones.

DesencantoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora